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Columna publicada el 20-08-2003
Las tres corrientes antisistema que funcionan guadianescamente en la vida nacional (nacionalistas, comunistas y socialistas de la línea González-Polanco) se unieron a finales del 2002, a cuenta del desastre medioambiental provocado por el hundimiento del "Prestige" y, tras una violenta campaña demagógica contra el PP, consolidaron su alianza en torno a la guerra de Irak en los primeros meses de 2003. Si la unión en torno al chapapote fue eminentemente táctica y no cuajó del todo por la oposición de intereses entre el nacionalismo izquierdista del BNG y el izquierdismo casi nacionalista del PSOE gallego, ambos a la busca del voto del PP, la segunda alianza fue ya realmente estratégica, marcó la deriva populista y extremista del PSOE de Zapatero, y, con la ayuda amplísimamente mayoritaria de los medios de comunicación, intentó una especie de golpe de Estado civil contra el Gobierno de la nación, el Partido Popular y las instituciones de la democracia representativa. La violencia se enseñoreó de las calles. Al modo del Frente Popular en 1936, las sedes del PP fueron asaltadas en toda España, en muchos casos con participación directa de los jefes locales socialistas y comunistas. El PCE revivió su condición más radicalmente antisistema y, en el clásico estilo de la KOMINTERN de los años de Stalin, instrumentalizó grupos de artistas e intelectuales que, con los actores, millonarios o lampantes, a la cabeza tomaron la puerta y la tribuna del Congreso y, respaldados acríticamente por los medios de comunicación, fueron los mascarones de proa de una especie de rebelión ética contra la legalidad política.
La Derecha, como en el 36 se quedó paralizada, sin atreverse durante dos semanas a denunciar siquiera los asaltos a sus sedes. Aznar mantuvo su apuesta de alineamiento con USA y Gran Bretaña, pero fue incapaz de dar la batalla en la opinión pública, donde el PP se convirtió en un apestado. Lo que ganaba en el Parlamento lo perdía en los medios de comunicación. Al empezar la guerra, utilizando la postura tradicionalmente antibelicista del Vaticano como elemento deslegitimador, la violencia contra el PP y los USA llegó al paroxismo. El Presidente fue afrentado por los informadores en las mismísimas Cortes con la excusa de las muertes accidentales del cámara Couso y el reportero Anguita Parrado, desvergonzadamente utilizadas por la Izquierda. Zapatero anunció en las Cortes que aunque hubiera un respaldo de la ONU al ataque de la coalición internacional no lo aceptaría, pero a la vez insistió hasta la náusea, a dúo con el PCE y la izquierda nacionalista, ETA incluida, que la guerra era "injustificada, ilegal, ilegítima e inmoral", alineándose con la doblez y la mendacidad de Francia y Alemania, rescatando todos los tópicos del 68 contra la guerra de Vietnam y preparando realmente un plebiscito para echar al Gobierno en las elecciones municipales de Mayo, que en teoría deberían tener lugar en plena guerra iraquí.
La opinión pública se acostumbró a ver a Zapatero detrás de una pancarta, del brazo con Llamazares, pero no iban solos: las encuestas les acompañaban. Sólo tres medios (ABC en Prensa escrita, algunos programas de la COPE en radio, y Libertad Digital en Internet) respaldaban la postura del Gobierno español y de la Coalición Internacional. A las tres semanas de guerra, la situación del Gobierno y la opinión liberal-conservadora, agazapada en sus casas, era desesperada. Aznar resistía casi en solitario, Rato y Trillo cerdeaban, la SER batía cada día todas las marcas de la manipulación totalitaria, pero El Mundo no le iba a la zaga y Telecinco, como en el ensayo general del chapapote, los superaba a todos. En fin, gracias a los titiriteros que, con Almodóvar a la cabeza, aplaudían a Castro y Chávez e injuriaban a Bush y Aznar en la Puerta del Sol, o utilizaban la gala de los "Goya" para uniformarse con la pegatina del "No a la Guerra", grito tras el que cualquier candidato del PP era insultado o zarandeado públicamente, Bagdad iba a ser Saigón. Y, por supuesto, Zapatero ya se veía en la Moncloa.
Entonces, tras sólo veinte días de combate, Tommy Franks entró en Bagdad.
Lea también: 2. Las fuerzas antisistema, de ayer a hoy

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