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Columna publicada el 27-12-2000
En una serie de siete artículos, el editor de Libertad Digital analiza el Pacto por las libertades y contra el terrorismo firmado por el PP y el PSOE, respaldado ya por muchas fuerzas políticas o sociales y extraordinariamente bien acogido por la opinión pública, pero también esquinada y rabiosamente combatido por una parte de la izquierda y todo el nacionalismo. Del futuro del Pacto depende buena parte del futuro de España.
3. La contradicción nacional del PSOE
La firma del Pacto PP-PSOE por las libertades y contra el terrorismo ha provocado la reacción inmediata de las tres fuerzas políticas que desde hace tiempo vienen tratando de destruir la estructura nacional del Estado Español, para disolverlo en una supuesta federación de estados, cuya composición es tan vaga como sus fronteras y cuyo sistema político es imposible de definir e incluso de imaginar. Se sabe lo que quieren destruir. No se sabe lo que podrían construir porque, en rigor, no han tratado jamás de construir nada. Y además porque sobre el solar español la única construcción coherente desde hace muchos siglos se llama España. Lo demás sería, con toda seguridad, una sucesión de tribalismos enfrentados y confederaciones quiméricas que desembocarían en algo muy parecido a la antigua Yugoslavia. Porque el racismo, el totalitarismo, el salvajismo marxista-leninista y el fanatismo tribal de unas clases políticas a medio camino entre la secta y la mafia pueden observarse en la España actual, o en la anti-España, con la misma nitidez que en la Yugoslavia que estalló tras la muerte de Tito.
También se da en España el factor que realmente desencadenó la pulverización del Estado y la sucesión de masacres: la fragmentación del partido único, el comunista, en varios partidos comunistas de tipo nacionalista, que reprodujeron las costumbres totalitarias del comunismo titista a escala serbia, croata, eslovena, bosnia, macedónica o kosovar. En el caso español, el partido cuya fragmentación arrastraría consigo la de todo el Estado es el socialista, el PSOE.
Después de haberse presentado y en cierto modo haber significado formalmente durante los años ochenta y comienzos de los noventa, hasta el apogeo del 92, el partido que garantizaba desde la Izquierda la continuidad nacional frente a la fragmentación de la Derecha en nacionalismos, regionalismos, caudillismos y tribalismos varios, el Partido Socialista se ha revelado como una volcán de contradicciones, sometido por oportunismo político y vaciedad doctrinal a la identificación y posterior deglución por cualquier nacionalismo regional, que además tiene la tentación de encabezar.
No es la primera vez que el PSOE se une al separatismo para luchar contra la derecha democrática: ya lo hizo en 1934 con la Esquerra Republicana de Catalunya y el resultado fue la Guerra Civil. Ahora se reproduce esa alianza pero con una variación sustancial: que el nacionalismo catalán está dentro y no fuera del PSOE. Es Maragall, no Maciá ni Companys, el que encabeza, en calidad de proyectado heredero de Jordi Pujol al frente de la Generalidad de Cataluña, un vago proyecto confederal que no es sino el camuflaje o celofán de la proclamación del Estat Catalá. Lo que llama Maragall “federalismo asimétrico” equivale a la “República Federal Española” o Confederación de Pueblos Ibéricos que, con la lastimosa e injustificada exclusión de los celtas, ya intentaron los catalanistas durante la II República. Los celtas impusieron de nuevo, como es bien sabido, la unidad celtíbera. Este ibero barcelonés tiene, sin embargo, un respaldo mucho mayor en otros nacionalistas antiespañoles camuflados o crecidos dentro de las organizaciones del PSOE, tanto en la Comunidad Valenciana como en Aragón, en Galicia como en las Baleares.
Y esa contradicción del PSOE es la clave del futuro del pacto y también del futuro de España. O se termina con la tradición de pacto político y sumisión intelectual de la izquierda ante el nacionalismo, representada no sólo por los nacionalistas declarados, sino sobre todo por Felipe González y su generación, por “El País” y sus comisarios “progres”, por los que han hecho de la negación de la Historia de España su única bandera nacional, o es inevitable que la liquidación de la idea de España y la fragmentación organizativa del partido lo conviertan en la base teórica y real de la voladura del Estado Español.
Si el PSOE no rectifica su deriva teórica y política, el Pacto será una ocasión, acaso la última, perdida por la izquierda para seguir ocupando un papel esencial en la España de las libertades. Pero la inercia doctrinal es muy grande y el partido debe acometer una recuperación tanto doctrinal como organizativa de su condición nacional española. No es fácil que lo consiga porque ni siquiera es seguro que lo intente. Pero ahí está la clave de todo.

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