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Columna publicada el 15-08-2001
Si, tras la dimisión del subsecretario de Hacienda, hemos conocido irregularidades del señor Giménez-Reyna que obligan moralmente a dimitir al ministro señor Montoro y si, tras la comparecencia parlamentaria de la presidenta de la CNMV, hemos conocido datos que la dejan personalmente en evidencia y también la obligan moralmente a dejar el cargo, es inevitable que el inmediato superior de Montoro y Valiente, el que nombró a ambos o en todo caso debe responsabilizarse de su comportamiento, el ministro de Economía y vicepresidente económico, Rodrigo Rato, se vea inevitablemente arrastrado en esa cadena de responsabilidades. Y, en consecuencia, moralmente obligado también a dimitir.
¿Estamos yendo muy lejos? En absoluto: simplemente tratamos de extraer racional y coherentemente las consecuencias políticas de los actos de cada cual en el Caso Gescartera. Y la evidencia es que han fallado todos los controles del Fisco y de la Bolsa. O han seguido fallando como en tiempos del PSOE. Tanto da. Después de más de cinco años en el Gobierno, los únicos que se creen que pueden echarle la culpa al PSOE de lo que hacen y de lo que no hacen son los capitostes del PP, para los que parece que no corre el reloj. Pero vaya si ha corrido. Tanto que asombra ver a quienes en los medios de comunicación defendían la deducción de responsabilidades políticas cuando el ministro de Hacienda era del PSOE y casi felicitan al del PP por no haberse “quemado” en el asunto de Gescartera. Por de pronto, "ABC" y "El Mundo" ya se han peleado a propósito de la dimisión de Pilar Valiente, se pelean por la de Montoro y, si fueran coherentes, estarían de acuerdo con la responsabilidad de Rato. No lo hacen de momento, pero sólo porque la supervivencia política de Rato se identifica con la del propio Aznar. Cuando dimititan Valiente y Montoro, que dimitirán, y si Aznar sigue repitiendo lo de “caiga quien caiga”, muchos recordarán de pronto quién era ministro de Hacienda antes que Montoro y vicepresidente económico siempre. Al tiempo.
Situadas las responsabilidades políticas a ese nivel, y en él se situarán cuando avance la tarea de la comisión parlamentaria de investigación, estamos en el mismísimo umbral de la Presidencia del Gobierno. De ahí que Rato tenga en estos momentos una doble característica: la de fusible si la sobrecarga de electricidad política aumenta, como Valiente y Montoro, y la de presidenciable del PP y posible sucesor de Aznar, circunstancia ésta en la que Rato no podría permitirse la dimisión sin ser consciente de que liquida su carrera política. Si era cierto, como anunció a finales del año pasado el director de “El Mundo”, que el Vicepresidente, ay, Segundo estaba harto de la hermética distancia de Aznar y renunciaba a la sucesión, le conviene, como a Valiente y Montoro, dimitir cuanto antes. Si no era cierta su renuncia, le costará más. Pero a diferencia de los dos precitados, que podrían irse a casa sin más y ahorrarse el calvario del otoño, Rato ahora es un escudo indispensable de Aznar o una pieza que Aznar sacrificaría en último lugar. ¿Sería capaz de hacerlo? Tan capaz como fue Rato de dejar a Pilar Valiente en evidencia y en ridículo. Tan capaz como fue González de echar a Guerra, a Serra y a Solchaga, además de meter en la cárcel a Mariano Rubio. En la medida en que lo de Gescartera se convierta en un hecho y en un símbolo, Rato tendrá que irse. Porque no tendrá más remedio y por otra razón muy de fondo. Es posible que Rato quiera dejar la política. Aznar,
evidentemente, no.

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