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Columna publicada el 21-08-2003
El comportamiento de Zapatero en los prolegómenos y desarrollo de la guerra de Irak aventó cualquier hipótesis optimista, comprensiva e incluso compasiva sobre el político leonés. Se comportó como un redomado hipócrita, mintió acerca de Irak todo lo que quiso y más, se alió con todos los grupos totalitarios de izquierda, españoles y antiespañoles, respaldó el golpe civil contra la democracia fraguado en las calles, se burló de los ataques a cientos de sedes del PP, respaldó a los titiriteros en su asalto al Parlamento, se alineó con Llamazares detrás de todas las pancartas y delante de los retratos de los diputados del PP con el rótulo de "Asesinos", no dudó en apelar a la ONU como fuente de autoridad y en rechazarla, no vaciló en proclamarse enemigo de la dictadura de Sadam y defenderla, en propugnar para España la posición (la traición, mejor) francesa y alemana contra todos los demás países de la UE y de la OTAN, utilizó siempre la retórica antiamericana más totalitaria, añeja y casposa, al clásico modo soviético, utilizó como arma arrojadiza contra el Gobierno a los muertos accidentales de la guerra, como Parrado y Couso, y, en resumen, no perdonó la más baja demagogia ni le hizo ascos a la alta traición.
Zapatero no dudó entonces, ni duda ahora, en utilizar la guerra de Irak como simple herramienta para desgastar al Gobierno de España y al PP, para ganar en Bagdad lo que pierde en Madrid. Zapatero evita cualquier condena de la horrenda dictadura sadamita, no habla de las inmensas fosas comunes y las masacres del genocida iraquí comprobadas tras la toma de Bagdad; al contrario, como todos los medios de comunicación y los políticos que buscaban la derrota de los USA y de Occidente, Zapatero insiste en que se "mintió" sobre las armas de destrucción masiva de Sadam, cuando es obvio que a ellos no les engañó nadie, dice que no se respetó la legalidad internacional identificada con la ONU cuando el propio Zapatero anunció en el Parlamento que no la aceptaría si respaldaba la guerra y sigue ahora defendiendo la vuelta a una inexistente "legalidad anterior" que, en la práctica, identifica con la evacuación de las tropas de la Coalición, empezando por las españolas (a las que sigue llamando "fuerzas de ocupación" y no de liberación), con la condena de los países que derribaron la dictadura de Sadam, y con su reposición, puesto que presenta su derrocamiento como el origen de todos los males. Curiosamente, olvida la participación de España en la primera guerra contra Sadam, gobernando Felipe González, ese protoamnésico voluntario.
En suma, Zapatero es un político que desde hace casi un año anda en busca de cualquier guerra... para rendirse. Se empeñó en acabar con el Gobierno legítimo y en echar del Poder al PP utilizando toda la quincallería falsamente pacifista de la izquierda prosoviética. Fracasó en tan sucio empeño, pero pese al rechazo de los votantes, no es capaz de asumir un error, porque no lo fue tanto como un crimen, e insiste en su estrategia antisistema contra el Gobierno de España, contra los USA y Occidente, contra todo lo que, en la escena nacional e internacional, significa libertad. Zapatero, desertor vocacional, ha vuelto con la excusa de los atentados contra la ONU a esa política de mentiras, a la baja demagogia y a la alta traición. Así espera sobrevivir hasta marzo de 2004. En realidad, su última esperanza no es Maragall, ni Simancas, ni Chaves... se llama, como el año pasado, Sadam Husein.
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