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Columna publicada el 27-01-2002
La hora grande de José María Aznar, su momento de auténtica gloria –y ahí no caben regateos mezquinos– ha sido este congreso del PP, el último bajo su presidencia. La definitiva decisión, que hasta el sábado no se concretó de forma irreversible, de abandonar tanto el aspirantazgo a la Presidencia del Gobierno como la presidencia del Partido colocan a Aznar por encima de la inmensa mayoría de los políticos de nuestro tiempo y de la moderna historia de España. Pero si su partido se beneficia de forma indudable e inmediata de esa sensación de solidez política y moral que le confiere el extraordinario desempeño presidencial, los trámites de la sucesión de Aznar siguen siendo tan complicados como antes.
El post-aznarismo que ha abierto de par en par el gesto de despedida del Presidente tiene varios aspectos inquietantes y de aventurada concreción. Por una parte, la autoridad moral y política de Aznar se ha tornado resueltamente indiscutible. Él decidirá el nombre del sucesor y pocas resistencias encontrará en un partido del que se ha convertido no sólo en jefe y caudillo sino en mito perdurable. ¿Pero cómo se rueda ese sucesor sin que la sombra de Aznar lo anule y disminuya? ¿Y desde cuándo? Uno tiene la impresión de que Aznar ha suspendido deliberadamente el juicio hasta que se acerque ese otoño del 2003, pero la situación nacional, especialmente la deriva abiertamente separatista del PNV y la previsible complicidad del PSOE, deberían mostrar junto al Presidente, a su designado sucesor. Y el partido debería poder desarrollar una autonomía ideológica y política más allá de un liderazgo que hoy resulta electrizante pero que mañana puede ser agobiante y harto pesado de digerir.
En ese sentido, las aportaciones ideológicas de este “Congreso de las ideas” –donde han brillado por su ausencia– son de una mediocridad preocupante, de un difuso que pasma y de una utilidad absolutamente discutible cuando dejen de servir al perfil político de José María Aznar. No hay que olvidar que el PP actual viene de unos años de oposición al socialismo teóricamente muy ricos. Desde entonces, ha ido descafeinando sus ingredientes nacionales y liberales hasta dejarlos en los huesos ideológicos del centrismo, que es un perfecto menú para la anorexia, pero no para la nutrición y la supervivencia. Aznar ha deja un partido que sólo sirve para el Poder y que no puede imaginarse desde fuera ni desde dentro fuera de él. En ese sentido, el post-aznarismo no es más que lo que deje Aznar, es decir, La Moncloa por conservar y un ejemplo personal y político que –por su propia naturaleza– es imposible de seguir.
Artículos anteriores:
1- Los méritos de Aznar (25-01-2002)
2- Los errores de Aznar (26-01-2002)
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