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Columna publicada el 21-03-2003
Nunca un Gobierno legítimo de España –desde luego, ninguno en democracia- ha tenido una posición más sólida en un conflicto internacional y ha estado, sin embargo, tan radicalmente desasistido de los medios de comunicación como éste del PP. Tanto en los medios llamados públicos –radio y televisión– como en los privados, la oposición al Gobierno es abrumadoramente mayoritaria y esa oposición no se basa en criterios morales, por mucho que se exhiban, ni en argumentos políticos, de los que la oposición a Aznar se ha mostrado, debate tras debate parlamentario, pavorosamente deficitaria. Al revés: esta enemiga generalizada al Gobierno del PP se basa, precisamente, en la conciencia de su debilidad y aislamiento ante la opinión pública y se refuerza por la convicción de que, aunque Aznar tuviera más razón de la que tiene, para cualquier medio y casi cualquier periodista es mucho más rentable atacarlo que defenderlo.
Estamos ante la primera cosecha mediática de lo que Aznar ha sembrado concienzudamente durante los tres últimos años. Tenemos ante nuestros ojos la prueba de la luctuosa soledad y la patética fragilidad del liberalismo español para convencer a la opinión pública en favor de sus principios y en favor de un Gobierno seriamente liberal-conservador, por mal nombre centrista. Y si bien es harto improbable que el Faraón monclovita reconozca como suyos los amargos frutos de su dimisión intelectual y moral, es inevitable que en su partido no se observen los pavorosos resultados de una política de medios de comunicación que, desde 1989 (como denunciamos en los ensayos Aznar y el poder y Aznar y los medios de comunicación, publicados en La Ilustración Liberal y recogidos en el libro Con Aznar y contra Aznar) ha utilizado todos los resortes del Poder para combatir a los que desde medios privados e independientes defienden una idea liberal de España en todo coincidente con el programa del PP pero no sujeta a la obediencia perruna que Aznar exige a los medios y a los empresarios del gremio o asimilados para favorecerlos o, al menos, respetarlos.
Los hechos hablan por sí mismos: sólo ABC en la prensa de papel, la COPE parcialmente en radio y Libertad Digital en Internet defienden sistemática y argumentadamente la causa de los aliados y, por ende, la posición del Gobierno en la guerra de Irak. Casualmente, tres medios distinguidos por la inquina y la persecución de Aznar y su Gobierno, aunque sean los favoritos de sus votantes o acaso por eso mismo. En cambio, el empresario privado más favorecido, Jesús de Polanco, al que Aznar ha concedido el “monopolio perfecto” de la televisión de pago para una década, compite con el medio al que más fondos públicos dedica su Gobierno, las televisiones públicas, en el linchamiento de su postura y el respaldo a la oposición radical y demagógica del PSOE, Izquierda Unida y los nacionalistas. En cuanto a las dos cadenas privadas de televisión, Tele 5, propiedad de Berlusconi, ataca con ecuánime ferocidad la postura de los Gobiernos italiano y español. Y Antena 3 (con Onda Cero) está en venta, suponiéndose que Telefónica la deja en manos de amigos mediáticos del Gobierno, es decir, que puede seguir como hasta ahora: entre la indiferencia hostil y la calculada hostilidad. Es lógico: el Gobierno sólo aprecia mediáticamente a quienes lo desprecian.
El balance es –o debería ser– aterrador para alguien menos poseído de sí mismo que Aznar y para un partido menos poseído por Aznar que este PP de la guerra de Irak. A lo único que aspiran uno y otro es a que la guerra termine antes de las elecciones y a que la gente olvide en diez días la propaganda anti-Aznar de diez semanas. Pero, al margen de que la guerra contra el terrorismo durará muchos años, si éste o cualquier otro gobierno no es capaz de defender su postura durante una guerra, ¿cómo suponer que podrá hacerlo cuando termine? ¿Y dónde? ¿Desde qué prensa, desde qué radio, desde qué televisión? La abrumadora mayoría mediática en contra del Gobierno español y, hasta extremos racistas y abiertamente totalitarios, en contra del norteamericano, ha convertido ya al primer partido de España, el PP, en un apestado político, cuyas sedes se asaltan y cuyos dirigentes son públicamente llamados “asesinos” sin que reaccionen y sin que los medios supuestamente “afines” se movilicen y lo movilicen en su propia defensa.
Los medios de comunicación de Aznar lo son de su clamorosa incomunicación. Y lo que él personalmente se ha ganado de sobras, ni lo merece su partido ni lo merece España. Mucho menos la libertad de opinión y la opinión liberal, tan humilladas por Aznar que, en su patética debilidad, constituyen a un tiempo su ruina y su venganza.

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