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Columna publicada el 09-06-2003
El rumor se ha confirmado plenamente. En el pantano de Valmayor y a la altura del municipio de Valdemorillo, es decir, en plenas aguas territoriales de Polanco, hay dos caimanes cuya procedencia no ha podido establecerse aún pero cuya voracidad ha sembrado el pánico en la acalorada concurrencia. A una señora que paseaba con su perro le salió el reptil con afán de zamparse al can y a la señora. Unos jóvenes que pretendían ignorar la prohibición de bañarse en la sugerente masa líquida se pegaron el susto de su vida cuando vieron a otro cocodrilo echarse al agua desde la fangosa orilla, con intenciones que no se quedaron a averiguar pero que, según el código genético de la especie, no podían ser buenas. A falta de serpiente del lago Ness, ya tenemos los caimanes de Valmayor. Nuestra integración en Europa avanza a pasos agigantados.
Naturalmente, al rumor primero y al pasmo de la noticia confirmada les sucede ahora la especulación sobre la naturaleza de los saurios. Y, como no podía ser de otra forma, se relaciona su existencia con la cercanía de las posesiones del Señor de Sogecable. Los derechistas mordaces dicen que los dos caimanes son Cebrián y Díaz Polanco, que andarían a dentelladas por la herencia del hombre más poderoso de España y parte de Iberoamérica. Los izquierdistas sin remedio aseguran, en cambio, que ha sido el propio Polanco el que echado esos caimanes al pantano para que las multitudes achicharradas por el calor no estropeen los predios silenciosos en los que Don Jesús puede merecidamente descansar de sus tareas. Y los centristas revirados, que alguno queda sin fichar por Prisa, sintetizan ambas hipótesis: serían Cebrián y el sobrinísimo quienes habrían echado al agua los caimancitos para que nadie se acerque a su Señor mientras velan armas sucesorias.
En otro tiempo y en otro lugar, hubiéramos considerado inverosímil cualquiera de estas atrevidas hipótesis. Pero una vez confirmado que los caimanes existen y que las denuncias de los ciudadanos asustados eran rigurosamente ciertas, debemos rendirnos a la evidencia. El poder institucional de Don Jesús ha alcanzado tal magnitud que empieza a reunir los aspectos más abracadabrantes del realismo mágico y la incandescencia creadora de lo simbólico, con el pasmado pueblo español siempre como telón de fondo. No puede, pues, considerarse acertada la política de las autoridades de la Comunidad de Madrid, y en concreto del Canal de Isabel II, que pretenden cazar a los saurios dentro de las aguas territoriales de Don Jesús sin que conste la existencia de permiso expreso del prócer cántabro. Además de violar claramente el Derecho Internacional, puede entorpecerse una iniciativa repobladora de sus aguas mediante especies exóticas cuyo sentido último sólo él puede conocer, pero cuya conveniencia no podemos poner en duda. Si Polanco no quiere caimanes en sus aguas, ya tarda Trillo en enviar a la Armada a exterminarlos. Pero si, como sospechamos, se divierte con ellos, sería un delito de lesa patria matarlos o llevarlos al zoo más próximo. Con un agravante: si lo que sucede es que los dos delfines de Don Jesús se han vuelto caimanes, liquidarlos podría producir una nueva vacante en la Academia, y en estos momentos ya tiene Prisa colocados o en vías de colocación a todos los aspirantes posibles a los sillones letrados actualmente vacantes. No puede fabricar académicos a tanta velocidad.
Prudencia, pues, señor Simancas, que no sabe usted lo que se está jugando.

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