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Columna publicada el 26-08-2002
Poco después de proclamar la eternidad, la inmutabilidad y el perenne verdor constitucional del socialismo, el dictador caribeño ha decretado la liquidación del sector productivo tradicional de la isla: el azúcar. Se trata –según palabras del comisario encargado por el Líder Máximo para acometer la hazaña– de la adaptación del cultivo de caña y su conversión en azucarillos a la realidad cambiante y competitiva de los mercados. Pero como hace mucho que los mercados dejaron de interesarse por el azúcar en general y por el cubano en particular, que es caro para lo que vale y malo para lo que cuesta, lo que realmente ha puesto en marcha el castrismo es el despido masivo de los trabajadores del sector. No menos de cien mil. Que en un país muerto de hambre y sin capacidad de crear empleo –lo prohíbe de hecho y constitucionalmente el socialismo vigente– no es pequeño fardo para las esqueléticas espaldas del Erario.
El azúcar fue durante muchos años el símbolo de la capacidad productiva del régimen comunista implantado por Fidel Castro. Símbolo que no se compadecía con la realidad, pues todas las marcas de productividad que el Monstruo de Birán quiso alcanzar machacando a los trabajadores y obligando a los estudiantes a dejar sus libros y trabajar en la zafra (además de los miles y miles de presos políticos que purgaron sus pecados políticos y sexuales cortando caña) acabaron en fracasos. A pesar de las grandes innovaciones tecnológicas que han tenido lugar en estos cuarenta años y pese a las gigantescas inversiones que el sobreprecio “político” del azúcar vendido a la URSS y demás países socialistas ha permitido en el sector, nunca ha recuperado Cuba los niveles de producción y beneficio anteriores a la revolución. Lo cual, como prueba de la superioridad del socialismo sobre el capitalismo, no está nada mal. El socialismo ha arruinado hasta el monocultivo y con esa tarjeta de visita se presenta en el mercado moderno a vender las sobras. Otro momento estelar del castrismo. Y van...
Pero lo que tiene el socialismo de miseria económica no le priva nunca de su factor grotescamente político, es decir despótico y arbitrario. Lo primero que ha dicho el dizque Gobierno de la Isla es que los parados del sector no serán tales, porque el socialismo garantiza el empleo para todos. ¿Y cómo, si no es capaz de garantizar la subsistencia del sector del azúcar? Pues mediante una recuperación de la misma fórmula socialista que permitió enviar a los estudiantes a la zafra de los diez mil millones (es la misma que acabó con el sistema escolar en China durante la Revolución paradójicamente llamada Cultural, es una hazaña paralela al exterminio en Camboya de todos los que llevaran gafas, símbolo de trabajo intelectual y de imperdonable alejamiento del campesinado revolucionario), la famosa abolición de las fronteras entre el trabajo manual y el intelectual. Pero, ahora, al revés. Unos cincuenta mil trabajadores en paro del sector reconvertido o liquidado por el castrismo deberán dedicarse a estudiar. Sí, sí, a estudiar. Se acabó aquello de que obreros y campesinos fueran el modelo para los estudiantes. Ahora, al campesino expulsado por la inhóspita realidad agrícola, el sistema socialista cubano no le dará de comer, pero le convertirá, quiera o no, en universitario. A Cuba le sobran titulados superiores del sector público (no hay otro) y salvo a los que envía como “consejeros”, es decir, como comisarios a otros países que se adentran en los placeres revolucionarios del colectivismo, no tiene para pagarlos. Si en Cuba –salvo para los extranjeros– no hay dinero ni para comprar aspirinas, tampoco puede habarlo para pagar a tantos miles de médicos, de profesores, de “trabajadores intelectuales” de la Revolución.
Sospecho que estas decenas de miles de agricultores desahuciados por el mercado y condenados a trabajos forzosos por el socialismo (aprender marxismo-leninismo, repetir de memoria los Discursos Completos de Fidel) no tienen otra salida que la mendicidad internacional. Acabarán en la nómina del Inserso o como paniaguados del sistema de pensiones de cualquier país capitalista, inhumano y explotador del hombre por el hombre. Menos mal que llegó el comunismo a la Isla. De otra forma, esa vida ejemplar de los parados universitarizados de Cuba acababa a manos del imperialismo del colesterol. La dieta hipercalórica ¡No pasará!

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