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Columna publicada el 13-08-2002
Lo primero que llama la atención del dictadorzuelo venezolano es que habla igual que Felipe González. No sólo en la forma, ya que el ex-presidente español comunica sus revelaciones a la Humanidad en una jerga vocal entre porteña y caribeña, inédita en nuestra lengua desde Tirano Banderas, sino en el fondo. O, para ser precisos, en la falta de fondo, en la maraña de circunloquios y alusiones, amenazas y sobreentendidos que instalan al destinatario del mensaje en un atemorizado estupor. Entre Cantinflas y Omar Torrijos –o sea, González– pero con alusiones continuas a la patria, el pueblo y las armas, o sea, como Fidel Castro. ¿La confusión al servicio del terror o viceversa? El dolor de cabeza no tiene que estar reñido con el espanto. De hecho, en Venezuela deben de ser ya la misma cosa, eso que en obligada simplificación han dado en llamarse “chavismo”: cefalea pánica.
Oí y vi el programa “Aló, Presidente” en el que amenazó a los jueces del Supremo por no encausar como él desea a los militares que se alzaron contra él (o él contra los militares, que al parecer es la duda más que razonable de los jueces). Y sólo un profesional de la fuerza embriagado por los efluvios mefíticos de una verborrea interminable puede llegar a tal extremo de contradicción: resulta que supuestamente en defensa de la legalidad, el representante máximo del Poder Ejecutivo acusa al Poder Judicial en la televisión de su país de estar corrompido y algunos de sus jueces manejados desde fuera del país. Y dice que tiene nombres y que puede darlos si hace falta. ¡Pero no da ninguno! Tampoco presenta ninguna prueba. Sólo dice que le han dicho cosas muy graves sobre el Supremo y añade que prefiere no creer lo que de muy buena tinta le han contado, pero que, ojo, si no actúan como el pueblo, el Ejército y él esperan, lo contará. Que, de momento, se limita a advertir al pueblo de Venezuela. ¿Pero de qué? El espectador que conserva un poco de salud mental y no ha olvidado los rudimentos del pensar grecolatino, no deja de preguntarse: ¿de qué advierte Chávez? ¿Con qué amenaza? Porque lo único claro es que amenaza. De inmediato añade que él sólo quiere que los jueces actúen con libertad, ya que otra cosa sería “un golpe de Estado contra el Supremo”. Y vuelve otra vez a lo de que me han dicho que dicen, el pueblo no permitirá, el Presidente advierte a Venezuela y al mundo... Así dos o tres horas.
En un país donde se quiera preservar el Estado de Derecho, si se tienen pruebas de tan graves corrupciones como las denunciadas por Chávez, sólo hay un camino: el juzgado de guardia. Y si no se presentan esas pruebas ante los jueces, porque no se tienen o porque no existen, amenazar con ellas por televisión a los jueces (precisamente los que deben decidir si los militares que depusieron un ratito a Chávez sólo se resistían a la masacre ordenada por él contra los manifestantes de la Oposición o intentaban subvertir algún orden legal todavía existente) supone, pero de verdad, el golpe de Estado de un Poder devenido personal contra los demás poderes institucionalizados. Si esto viene sucediendo desde hace años, se comprende la confusión de quienes deberían juzgar siguiendo exclusivamente los criterios de legalidad. ¿De qué legalidad? Esa vertiginosa confusión, ese deliberado caos, esa tómbola en que se ha convertido el equilibrio de Poderes sobre el que debería asentarse la libertad y la seguridad de la ciudadanía constituyen la manifestación venezolana del mal que aflige a toda Iberoamérica. Chávez, el cantinflesco, castrista felipoide caudillote de la verbiforme República Bolivariana de Venezuela, simboliza todas las violencias ejercidas secularmente contra el imperio de la Ley. Es el resumen presente y la garantía futura de todos, absolutamente todos los desastres. Incluido el dolor de cabeza.

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