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Columna publicada el 31-08-2001
Si entre los hispanos en USA los mexicanos forman el grupo mayor –veinte millones, más de la mitad– y de ese aplastante número se desprende su futuro valor político; los cubanos –sólo un millón, más dos generaciones de descendientes cubanoamericanos– han demostrado que la importancia de la organización interna y su proyección política exterior es esencial para conseguir respeto y poder, o viceversa. Además de los mexicanos, también los portorriqueños o los dominicanos podrían tener mucho más poder que los cubanos. No es así y tampoco parece que las cosas vayan a cambiar pronto. Sin embargo, en la nueva oleada de inmigrantes hispanos hay un grupo, el colombiano, que se perfila claramente como un nuevo “caso cubano”, actuando además sobre las mismas pautas sociales y políticas de los que huyendo de Fidel Castro, pero sin renunciar nunca a su Isla, han sabido construir en los propios Estados Unidos un presente próspero y prepararse un futuro atractivo, muera cuando muera el Caimán.
Hasta hace pocos años, colombiano era casi sinónimo de narcotraficante y la estética de Miami Vice constituía un estigma difícil de superar para cualquier joven profesional bogotano, no digamos ya de Cali o Medellín. Sin embargo, el afianzamiento en la Florida de un número importante de colombianos de clase media, de ideología liberal-conservadora y dispuestos a abrirse camino en los USA sin renunciar a influir en el futuro de su país de origen, con el que, igual que los cubanos, se niegan a romper del todo. Un estudio de Eduardo Gamarra para la Universidad de la Florida acerca de la diáspora colombiana y del que se ha hecho eco El Nuevo Herald revela una realidad poco conocida pero que de algún modo se palpa en el ambiente.
Cuando se hacen planes de futuro sobre Miami, se habla de los cubanos, por supuesto, pero inmediatamente después se añade “y los colombianos, claro”. Los números respaldan esa impresión: legalmente hay un cuarto de millón de colombo-americanos, pero según su consulado le realidad doblaría esta cifra. Pero lo impresionante es que unos doscientos mil se habrían instalado en la Florida sólo en los últimos tres años. Y ya hay una generación de jóvenes políticos que ha empezado a competir por el poder político local, generalmente aliados a los cubanos de Miami.
La primera figura es la de José Luis Castillo, creador de la Fundación Colombo-Americana, a imagen y semejanza de la FNCA de Mas Canosa. Partiendo de los 70.000 colombianos de origen con ciudadanía americana, de los que sólo votan 23.000, Castillo se ha lanzado a una cruzada de educación política. Política más que educación, porque el nivel social y cultural de la inmigración colombiana es alto, comparable al de la primera inmigración cubana. Junto a Castillo, la de Juan Carlos Zapata ha sido la primera imagen –ambos muy jóvenes, estilo republicano, muy all american boy– que ha saltado a los carteles electorales para competir por el distrito de Kendall, de fuerte implantación colombiana. Otros, como Fabio Andrade, están aún en la difícil tarea de organización, pero seguramente su futuro está en la representación política.
¿Por qué los colombianos? Por las razones sociales y culturales citadas pero también ideológicas y políticas. Mientras mexicanos y portorriqueños se han convertido en clientela fija de la izquierda del Partido Demócrata, los colombianos de Florida vienen vacunados de izquierdismo y tercermundismo. Quieren, como los cubanos del exilio, un lugar al sol, respeto social, poder, influencia y la parte de pastel que les corresponda en el Sueño Americano, pero además saben que su fuerza como grupo está precisamente en hacerse norteamericanos sin perder su raíz colombiana. Por supuesto, también quieren influir en la política colombiana de los USA. Y están en el camino de conseguirlo.

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