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Columna publicada el 23-08-2002
Hace ya mucho tiempo que la política norteamericana del “Big Stick” para su “patio trasero”, también conocida como “diplomacia de las cañoneras”, quedó reducida a contadas intervenciones militares motivadas por la Guerra Fría (Granada) o el narcotráfico (Panamá). Se suponía que la gran alternativa puesta en marcha por los republicanos y no dificultada por los demócratas iba a ser la del Tratado de Libre Comercio (TLC), que reduciría las tensiones sociales y fronterizas con México y sustituiría a la política kennediana de la “Alianza para el Progreso” y los distintos “cuerpos de paz” que la han continuado por un concepto mucho más realista y eficaz de las relaciones exteriores: abrir mercados y cerrar negocios juntos. La respuesta iberoamericana, tras el tira y afloja del Gobierno de México con la izquierda paleolítica, fue muy positiva. No sólo Centroamérica y el caribe, tras los pasos mexicanos, sino Chile e incluso el MERCOSUR quisieron también entrar en el TLC.
Pero de eso hace ya tres o cuatro años. Ahora, la crisis iberoamericana ha afectado de forma gravísima a la libertad de comercio, y no sólo por los pecados iberoamericanos y por los mercados electorales que los políticos de los USA cultivan mediante aranceles y otros obstáculos tan mezquinos como desvergonzados. Y hay algo más que el forcejeo por los tomates exportables y el banano desestabilizador. El dinero se ha convertido en la principal mercancía exportada e importada por los Estados Unidos y por Iberoamérica. Y el resultado no puede ser más terrorífico, para la política, para la economía y para la ética.
Créditos como el recientemente acordado a Brasil y otros del FMI y del BM auspiciados por Washington no sólo se han constituido en la garantía de continuidad de todos los regímenes corruptos de Iberoamérica, sino que además garantizan la continuidad del negocio de los grandes bancos norteamericanos de prestarles a esos dictadorzuelos y demagogos un dinero del que finalmente se hace cargo el Presupuesto USA mediante créditos que son un verdadero premio a la insolvencia.
Pero como recientemente denunciaba Carlos Ball y siempre hemos criticado en Libertad Digital, no se trata sólo de un error teórico, sino de la más sucia y vulgar corrupción, aunque perpetrada al más alto nivel y adornada con toda la retórica de la sensiblería tercermundista que es la fuente de financiación de los peores demagogos. La Administración Bush facilita dinero a Brasil y otros gobiernos mucho más manirrotos para que puedan seguir pagando, al menos, los intereses de los créditos irresponsables de la banca norteamericana. Cuando lo correcto sería dejar que los banqueros asumieran esas pérdidas y que los gobernantes asumieran la correspondiente quiebra. Al no hacerlo, USA no sólo asume la corrupción iberoamericana sino que, como sucede con el dinero español de Chávez, contribuye decisivamente a afianzarla y a extenderla. De todas las ruinas iberoamericanas, seguramente ésta es la que, en principio, dificulta más la reconstrucción.

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