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Columna publicada el 26-04-2004
La política internacional nunca ha sido para la Izquierda una parte de la política nacional, su proyección natural y lógica. Como, siempre que se trate de España, carece de la idea de nación (si de trata de alguna de sus partes, especialmente catalana, vasca o gallega, entonces sí se pone nacional y hasta nacionalista), nunca ha defendido en serio sus intereses estratégicos. Naturalmente, como todos los Gobiernos del mundo, al llegar al Poder, lo intenta con mayor o peor fortuna en los intereses económicos que afectan a subvenciones sectoriales o empresariales, ya que están en juego su prestigio y sus votos. Pero como carece de una idea nacional, que supone defender unos principios morales que legitimen y proyecten España hacia fuera, lo habitual en los gobiernos de izquierda es que basen su política exterior de oposición en criterios ideológicos y de propaganda según los clásicos moldes soviéticos (antiamericanismo, anticapitalismo, complacencia con las dictaduras comunistas, tercermundismo, antiglobalización y desprecio total a las fronteras históricas, tanto en lo geográfico como en lo religioso o cultural).
Una vez llegados al Gobierno, lo corriente es que pasen de una primera etapa de doctrinarismo que prolonga sus eslóganes de Oposición a otra, una vez pagada la novatada, que se rige por el pragmatismo más ramplón (recuérdese la admiración de González por Deng Hsiao-Ping: “gato blanco o gato negro, lo que importa es que cace ratones”) en función de los réditos políticos y electorales que puedan obtener a corto plazo. De ahí la forma apresurada de negociar los términos de la incorporación a la UE y de aceptar hoy la Constitución de Giscard, sin tener en cuenta lo conseguido por el franquismo y UCD años atrás o por el PP más recientemente en el Tratado de Niza.
Lo primero que hizo el PSOE al llegar al Poder en 1982 fue abrir sin contrapartidas la verja de Gibraltar, con Morán abriendo en directo los telediarios para demostrar que con nuestra buena voluntad se iban a acabar los contenciosos absurdos mantenidos por la Derecha patriotera y cazurra. Ni que decir tiene que el resultado fue catastrófico y que, nada menos que veintidós años después, ni a las buenas con el PSOE ni a las menos buenas con el PP se ha conseguido nada. Salvo, claro está, hacerles la vida más fácil a los llanitos y proporcionarles un argumento económico sustancial para negarse a ser españoles, que es que viven de no serlo y prácticamente fuera de la ley.
El caso de Marruecos es todavía peor, por la gravedad de su triple amenaza: terrorista, migratoria y expansionista. Zapatero, aún en la Oposición, traicionó con desvergonzado oportunismo al Gobierno y a los intereses de España prestándose a las maniobras de González y Polanco para desgastar a Aznar. Ni en la crisis de los embajadores ni en la toma de Perejil, ambas provocaciones marroquíes, tuvo el Gobierno del PP el respaldo leal del PSOE, sino todo lo contrario. Tras llegar al poder gracias al atentado islamista cometido por marroquíes el 11-M, Zapatero no ha vacilado en cursar un viaje de buena voluntad sin contenido alguno a nuestro vecino del sur y secular enemigo. Ni una palabra se nos ha dicho sobre el control de la inmigración ilegal y el narcotráfico, estrechamente ligadas entre sí y ambas protegidas por el régimen alauí. Ni una palabra sobre la base social que la inmigración marroquí en España ha prestado y presta al terrorismo islámico que hace apenas un mes ha provocado la mayor masacre de nuestra historia. Ni servicios secretos, ni mezquitas, ni resistencia a aceptar la legalidad española (por ejemplo en los derechos de la mujer), ni manipulación de los inmigrantes por colectivos oficiosos como ATIME... Nada. Al menos, nada que sepamos y que nos permita tener alguna razonable esperanza.

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