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El Reino de la Venda en los Ojos

Del Rey que abdicó y rabió al Marqués de la Derrota Cantada

Para una gran mayoría de españoles, la noche del viernes 13 de junio de 2014, la del 1-5 ante Holanda, habrá sido la prueba inequívoca de que, pese a tanta propaganda audiovisual, tanto bombo deportivo y tantísimo autobombo periodístico, España está madura no sólo para cualquier derrota, sino para la más inesperada y absoluta catástrofe. Puede no ser la única. Este jueves por la mañana, tendremos nuevo Rey. Pocas horas antes, el miércoles por la noche, España habrá dejado de ser campeona del Mundo. Y antes de acabar el año es más que probable que España, el viejo Estado, la antiquísima y gloriosa nación que conoce todo el mundo empiece a desintegrarse definitivamente. El chasco del fútbol habrá sido el comienzo.

¿Y cómo es posible que un país en muchos sentidos estupendo, con dos mil años de civilización romana, cristina y europea a las espaldas, la duodécima potencia económica del mundo, con una alta renta per cápita, una calidad de vida excelente, un sistema de protección social que aún se sostiene, un clima benigno, una gastronomía extraordinaria, un patrimonio artístico y monumental entre los dos o tres más importantes del mundo, una industria turística poderosísima, una excelente red de infraestructuras, unas instituciones antiquísimas, empezando por la propia monarquía, un país, en fin, plenamente integrado en la Unión Europea, el euro y todas las instituciones internacionales habidas y por haber, pueda desintegrarse? Pues como la llamada Roja ante los naranjas de Holanda: desintegrándose.

El problema no es que la selección nacional de fútbol, secuestrada y rebautizada como La Roja, pierda; es que se haya convencido a la gente de que no podía perder. Lo grave no es que el Estado Español se desintegre: es que se haya convencido a la gente de que no puede desintegrarse. Por eso perdimos vergonzosamente ante Holanda y por eso vamos a empezar a desintegrarnos este otoño: porque nos hemos acostumbrado a engañarnos. Y engañarse es la mejor forma de que la realidad acabe destruyéndonos.

No es que antes de la debacle brasileña no hubiéramos alertado muchos de que lo que llevábamos al Mundial no era una campeona del Mundo con posibilidades de reeditar el título, sino una cuadrilla de amigos del seleccionador que ya no está para correr –alguno llega jubilado- y que ha dejado de jugar como hace algunos años, en su club y en esa selección que se apropiaron en su propio beneficio y en contra del interés de España. Lo que algunos hemos venido diciendo sobre Casillas y sobre la columna vertebral barcelonista del equipo del Marqués del Bosque se ha estrellado contra un aparato de propaganda tan sectario como poderoso, el de Prisa y sus locutores audiovisuales. El último partido de preparación contra unos jóvenes salvadoreños que sustituían a los titulares de una selección que ni se ha clasificado para el mundial y está metida en un escándalo de apuestas fue la enésima exhibición de prepotencia ridícula por parte de unos listos que nos toman a todos por tontos. El mejor portero del mundo, el mejor defensa central del mundo, el mejor centro del campo del mundo, el mejor estilo de juego del mundo, el mejor delantero nacionalizado del mundo, el mejor periodismo del mundo… Si con Mao los chinos se veían obligados a cantar "El Oriente es rojo", con los guardias audiovisuales de La Roja los españoles estábamos obligados a creer que no marcar goles era un signo de estilo y recibirlos una prueba de confianza, que nuestro genio enmendaría.

PRISA marca la pauta futbolística

La víspera de la prueba de la verdad ante un equipo algo distinto a Bolivia y El Salvador, José Sámano, canciller de la tribu segurola, que desde El País orienta al As y al Marca en el culto al barcelonismo incorrupto, al casillismo complementario y al delbosquismo impertérrito, publicaba esta pieza convincente, admonitoria, que vale la pena repetir.

Más que un título, España defiende un estilo

A partir de hoy, ante una Holanda que ha perdido de vista su academia de siempre, La Roja podrá ganar o perder, pero lo segundo no puede suponer una catarsis, tan solo una desilusión.

Los resultados son fugaces. Lo que conviene que prevalezca es la idea. España la tiene, con ella se ha hecho universal y es tan venerada por sus títulos como por su lírica. Por eso, a partir de hoy ante Holanda, en Brasil defenderá algo más que un título: el sustento de su encomiable propósito desde 2008. España podrá ganar o perder, pero lo segundo no debería suponer una catarsis, tan solo una desilusión. Pase lo que pase, el fútbol español debería mantener su etiqueta, fondo de armario tiene para ello, y no hay motivos para que a España se le mire con escepticismo, sean los resultados que sean. Conviene escuchar el mensaje de los más ilustres del fútbol español: "Ganaremos o moriremos con nuestro estilo, cambiar sería un error", sostuvo ayer Xavi. A su lado, Casillas dio la receta: "Ideas claras, ambición y humildad". "No le tengo miedo al futuro, lo que viene por detrás nos lo asegura", enfatizó Vicente del Bosque. Estilo, idea, humildad. Esos son los preceptos que han fortalecido al campeón.

(…)

Con una selección irreconocible como holandesa, la oranje logró un atajo hasta la final de Sudáfrica. Pareció un espejismo. Se olvidó de la patente que le hizo ser embriagadora y hoy anda algo extraviada, con Van Gaal a la búsqueda de cinco zagueros con los que taparse. Ha perdido de vista su academia de toda la vida desde los setenta y su fútbol se ha vuelto improductivo. Con todo, es el subcampeón y se ancla en gente como Sneijder, Robben y Van Persie, que en un buen día pueden tironear a cualquiera. El resto es un grupo tan juvenil que entre Casillas y Xavi suman más partidos internacionales que 17 de los reclutados por Van Gaal. Más contundente aún: 11 de los 23 españoles en Brasil han hecho bingo en Mundiales, Eurocopas y Champions.

España tendrá que tirar de experiencia para abrirse paso en la trinchera holandesa. Arrancar en los grandes campeonatos nunca resulta fácil y, de algún modo, cabe vislumbrar que Holanda se perfile como la Suiza que le hizo patinar en el estreno en Sudáfrica. Con la diferencia de que la contra de los de Van Gaal puede resultar mucho más dañina.

Frente a un adversario bajo techo, Del Bosque no dio pistas sobre el ataque español, donde hay más incógnitas. "Nos ha ido bien cuando hemos jugado con un delantero de referencia que con alguien que llegue entre líneas", dijo el salmantino, del que se desconoce si envidará con Diego Costa o se inclinará por camuflar a Cesc o incluso Silva. Cuestiones de matiz para una selección que el propio técnico definió con "estable y madura". Y en boca de todos, la idea, el estilo como eje sustancial de lo que hay en juego.

Toda la vida pensando que lo que hay en juego en un partido, sobre todo del Mundial, es ganarlo, y resulta que no, que es "el estilo". Da igual que Diego Costa fuera la negación de ese "estilo" que como según repetían los titiriteros balompédicos en prensa, radio y televisión, "es innegociable". El común de la gente no sabía que el estilo de juego es para "morir con él", no para ganar partidos, títulos, copas y desperdicios semejantes. Menos mal que los relaños y segurolos nos lo han explicado. La banda prisaica del Río de la Plata viene vendiéndonos desde hace cuatro años como dogma de fe el guardiolismo como reinvención del fútbol y el delbosquismo como la forma humilde y mesetaria del guardiolismo. Y como en la prensa, es decir, en la canallesca deportiva española, desde el linchamiento de Mourinho no hay quien les tosa, siguen abonados a las mismas fatuidades. Da igual que en la Liga o la Copa de Europa se haya demostrado el fin del imperio azulgrana. Como no se trata de defender una nación, ni a unos colores, ni siquiera, pese a lo que digan, un estilo de juego, sino de presumir de su poder, ahí están, escupiendo a los que preferimos ver cantar a la Callas o a Maldita Nerea antes que al innegociable portero de la Selección Nacional.

El generoso desprecio del Rey a las Cortes

En España, hace tres décadas que el discurso oficial y, a fuerza de altavoces, real, lo marcan los mismos. Los mismos defensores del "estilo innegociable" de la selección (o sea, los pelotazos de Piqué a Diego Costa que los altavoces de La Roja y altacoces del Diccionario jaleaban como si fueran jugadas de Iniesta y Xavi in illo tempore, cuando podían jugar más de una hora), son los que dicen que la destrucción de España es imposible, que eso son fantasías de la derecha golpista, republicana, rencorosa y vil. Bueno, ahora ser republicano ya figura en el diccionario político de Prisa, pero de una república coronada por un rey como Juan Carlos I, que les sea fiel, sin haber exigido nunca del Emperador Cebrián la misma reciprocidad.

¿Pero tan importante es aún Cebrián? ¿Tanto manda todavía Prisa? Hay quien cree que la ruina de su imperio, salvado en última instancia por el gobierno del PP, prueba su decadencia y, en buena lógica, su escasa relevancia. Pero lo cierto es que Rajoy ha hecho de Cebrián su primer consejero, ha echado a Pedro Jota y ha dejado hundirse a Intereconomía. O sea, que mucha ha de ser la fuerza de Prisa cuando, incluso quebrada, la salvan. Y poco pintan otras empresas periodísticas cuando, sanas o malitas, las dejan para los coros del discurso oficial, que sigue articulando "El País".

¿Pero, en qué consiste la gracia, cuál es el secreto de ese discurso? Pues, simple y llanamente, en mentir a los españoles sobre lo que les pasa. Decía J. F. Revel en "El conocimiento inútil" que "la primera de todas las fuerzas que mueven el mundo es la mentira". En pocos sitios y en pocas ocasiones podrá verse de forma tan evidente como en la España actual. La mentira sobre nuestra invencibilidad futbolística es sólo la última y más aparatosa prueba de una costumbre que no se debe a la perfidia de un solo hombre, Cebrián, ni a la eficacia de un imperio, Prisa, a cuyo alrededor orbitan satélites informativos periféricos como los del Conde de Godó. Lo que lleva a España, con el rey que se va y con el que llega, a su destrucción no es el negocio de engañarnos que regentan algunos sino la costumbre de engañarnos que hemos contraído casi todos. En la Izquierda, la Derecha y hasta los fieros antisistema, no es que la primera de las fuerzas que mueven hoy a España sea la mentira. Es que es la única.

Nada lo prueba como la abdicación del Rey y su comportamiento con el Heredero y las Cortes, que como representantes de la soberanía nacional están por encima del Rey, del Príncipe y de cualquier ave de paso. El discurso oficial, a Diestra y Siniestra, sostiene que no estará presente en la proclamación del nuevo rey para "no restarle protagonismo" y como "rasgo de generosidad". En realidad se trata de un gesto de zafia patanería que, además de despreciar a su hijo, supone una afrenta intolerable a las Cortes, que es donde se juran los Reyes de España, incluido Juan Carlos I.

Pero que el rey -que como en la zarzuela de Chapí, obra maestra sobre la costumbre de mentirnos en España, rabió después de abdicar- no quiera asistir a la proclamación del nuevo Rey, que él mismo ha forzado abdicando, no pasaría del disparate de un "anciano caballero que lucha por su salud" -Corinna dixit- si el Gobierno no lo permitiera. En una monarquía constitucional, como se supone que es la española, el rey hace lo que el Gobierno dice. Y si no le parece moralmente aceptable, abdica. Lo trágico de la situación española actual es que hay una abdicación mucho más importante que la del Rey, la del Gobierno de Mariano Rajoy, que, aunque no sea pública, es públicamente efectiva. No es el Rey, Juan Carlos o Felipe, el que tiene que gobernar, el que debe afrontar, tras el mundial de fútbol y la resaca agosteña, la secesión de Cataluña, sino el Gobierno de España. Pero, aquí, ni reino ni gobierno.

En su última audiencia, tras recibir al jefe de la patronal catalana -que le instó a respaldar el golpe separatista, vía referéndum, es la costumbre- el rey se despidió de los periodistas -o sea, de la opinión pública- con una frase lapidaria, como si fuese un portero que, tras recoger el balón de la red cinco veces, enfilase, rencoroso, el camino del vestuario:

"Ahí os quedáis".

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