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Columna publicada el 17-03-2003
Nadie lo diría viendo las manifestaciones callejeras de los últimos días, nadie podría suponerlo viendo políticamente yertos y electoralmente aterrados a sus dirigentes, nadie lo imaginaría viendo al presidente del Gobierno y del partido defendiendo sus tesis brillantemente pero en la más absoluta y voluntaria soledad, nadie que no viviera en nuestro país y conociera las pasmosas y estúpidas costumbres de la derecha podría siquiera adivinarlo, pero es rigurosamente cierto: el PP es el primer partido de España, tiene medio millón largo de afiliados, fue apoyado en las últimas elecciones generales por más de diez millones de electores, dispone de mayoría absoluta en el Congreso y en el Senado e incluso podría volver a ganar las elecciones según las últimas encuestas. Y sin embargo, hace un mes largo que todos los partidos, partiditos y partidejos están saliendo a la calle contra el PP y el PP no aparece ni en las esquinas de los telediarios. El jueves asomó un poquito la oreja detrás de unas exiliadas iraquíes en un hotel de Madrid, donde se apareció a los escogidos militantes el presidente del Gobierno pero por sorpresa, como si fuera un político en la clandestinidad, hizo un gran discurso, salió en la televisión y volvió a las catacumbas. Y ahí sigue.
El problema del PP es que hace tiempo que renunció a la batalla de las ideas y hace más tiempo aún que no quiere saber nada de los principios éticos y morales como base de la acción política. Cuando enterró el liberalismo (más o menos conservador, pero liberalismo al fin) para resucitar del Baúl de los Complejos Franquistas esa ideología de poder llamada centrismo, se condenó a sí mismo a pensar lo que mandase el jefe, que lo único que manda es obedecer. Yermo de ideas y vacío de principios, instalado en la nómina del dinero público y pastando cómodamente en el presupuesto, el PP va pareciendo cada vez más un soberbio sindicato de cargos alejado de la calle y de la sensibilidad ciudadana, lo cual no significa que siga rebañiegamente al resto sino que trate de explicar y de defender una política, la suya, porque la tiene.
Lo que no tiene, por propia voluntad del César José, es un número suficiente de medios de comunicación identificados con su base social que la defiendan, que cultiven las raíces morales y actualicen las bases ideológicas de su opción política. Al contrario, cada día que pasa el Gobierno está más solo y más alejado no sólo de su base, que se resiste a abandonarlo, sino de su propio partido, que parece una muchedumbre sonámbula incapaz de reacción, enfeudada a un liderazgo ensimismado que, hasta cuando acierta (y lo hace a menudo), fracasa en la necesaria transmisión de fuerza, ilusión y ganas de ganar la batalla de la opinión pública sin lo cual un partido es muy poco, camino de ser casi nada. Es dramático contemplar cómo la degradación que el poder supone siempre en las personas y en los organismos colectivos está afectando al PP cuando menos le convendría en función de sus intereses electorales y, desde luego, cuando menos le conviene a España. Pero el PP ni ataca, ni se defiende, ni se explica, aunque le boicotean prácticamente todos los actos públicos y ya le han quemado los “pacifistas” la primera sede en Getafe. Gana de calle todos los debates parlamentarios pero es incapaz de convocar siquiera una modesta manifestación de apoyo a la política gubernamental. Como Aznar no decida rendirse homenaje a sí mismo, medio millón de ciudadanos seguirá sin saber qué hacer. Salvo perder el tiempo y ver cómo se degrada la democracia.

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