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Columna publicada el 29-04-2002
Que frente a los seis millones de votos cosechados por Le Pen y sus secuaces se manifiesten doscientos mil franceses jóvenes o no tan jóvenes, simplemente disfrazados de sí mismos en Mayo del 68, no deja de ser un fracaso espectacular. Que descalifiquen el resultado de las urnas los mismos que elevan ese hecho a argumento indiscutible para defender la tiranía de Chávez no sorprende viniendo de la progresía cuyo odio a la democracia se conserva intacto cuando la latitud del país afectado se acerca a los trópicos y, sobre todo, al Ecuador. Que los ortodoxos residuales del PCF o los comunistas de línea trotskista llamen a la “movilización antifascista” contra Le Pen tampoco debería esconder el hecho de que los partidos de la extrema izquierda son tan antisistema, tan antisemitas, tan antinorteamericanos, tan contrarios al Euro y la Europa de Maastricht y tan enemigos de la globalización y del capitalismo como los partidos de la extrema derecha. Y allá se andan en votos y en virulencia.
Pero sobre todo no conviene olvidar que el “antifascismo” ha sido el comodín publicitario y arrojadizo que los totalitarios de izquierda o los social-oportunistas de toda laya han utilizado siempre para estigmatizar a la derecha democrática (todos los de derechas son “fachas”) desde los primeros tiempos de la revolución bolchevique y a lo largo de toda la Guerra Fría, hasta hoy mismo. Y que el “antifascismo” con el que los Bové y compañía comparten programa casi al cien por cien puede ser utilizado también para apartar del poder a la derecha democrática, aunque Chirac sea mucho más votado que el socialista de guardia. Mitterand creó electoralmente a Le Pen. Pero ¿sacrificarán los izquierdistas moderados el poder y dejarán gobernar en minoría a Chirac o le prohibirán pactar con Le Pen aunque sea episódica o eventualmente mientras ellos sí pactan con la izquierda antisistema?
Las algaradas sospechosas de la izquierda europea cuando habla Le Pen (que no han montado cuando los portavoces de ETA o el IRA ocupaban la misma tribuna del neonazi francés) están dirigidas a estigmatizarlo o a aprovecharlo en la medida en que debilite a la derecha democrática, sabiendo que sólo dividiéndolas pueden tener opciones de ganar. La experiencia nos aconseja la máxima prudencia ante este “antifascismo” vocinglero, que es el mismo de los Neruda, Sartre, Alberti, Gorki, Bernard Shaw, Bertrand Russell, Bertold Brecht en tiempo de Stalin o, de Saramago, García Márquez y demás abogados de la dictadura comunista de Castro. “Antifascistas” se llamaban los defensores de la Checa y del GULAG, así que cuidado con los términos que a veces son exactamente lo contrario de lo que predican. Los feroces “antifascistas” de la Komintern en los años 30 fueron los que firmaron y celebraron con champán el pacto germano-soviético entre Hitler y Stalin. No lo olvidemos jamás.

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