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Columna publicada el 15-09-2002
No es casualidad que a las veinticuatro horas de aprobarse en Consejo de Ministros el Plan Energético Nacional para la próxima década, que ya es planificar, el “partido de las estrellas” entre el mejor equipo del mundo y el que aspira fundadamente a ser primero de España, que es como decir de Europa, fuese suspendido por falta de energía electrica. En realidad, quedarse a mitad de ver a los astros del Real Madrid y a los luceritos del Betis es la primera experiencia —naturalmente, a oscuras— que han tenido los ciudadanos de esa cosa nebulosa por la que el vicepresidente Rato y los suyos dicen haber “apostado”, como si la política fuera una ruleta: las “energías renovables”, glosa asociada por don Rodrigo al Protocolo de Kyoto, otra majadería demagógica.
Las “energías renovables” son un eufemismo bastante absurdo para designar la eólica o la solar, cuyo coste las hace tan prohibitivas para la economía real como agradables a la economía fantástica de los ecologistas a la violeta y los conservacionistas de asfalto. No suponen más que una ínfima parte del consumo energético nacional y no supondrán más por mucho que mejoremos económicamente. Y si no mejoramos, todavía menos, porque no habrá para pagarlas. ¿Por qué entonces se refirió a ellas Rato en su presentación del Plan? Pues por la misma razón que los medios de comunicación “políticamente correctos” —o sea, casi todos— jalearon que China y Rusia firmaran el Protocolo de Kyoto e insultaron a Bush porque se negó a firmarlo en nombre de los USA. Ni el déspota moscovita ni el tirano pekinés van a cumplir ningún protocolo, como no lo han cumplido nunca, pero como Estados Unidos suele verse obligado a cumplir lo que firma, se le pide precisamente lo mismo que a los demás se les dispensa de cumplir. Todo mentira y embeleco, burdo teatro demagógico al que parece abonarse el naciente siglo XXI.
En el Plan Energético Nacional —que habrá que comentar despacio, cuando conozcamos la letra pequeña y lo que realmente obliga a las empresas del sector— resulta llamativo que se consolide la moratoria nuclear del PSOE y que se consagre la absoluta dependencia energética del exterior, aunque se reduzca la peligrosísima exposición a los avatares políticos de Marruecos. Pero no se ha explicado a los españoles lo que cuesta la energía ni lo caro que puede resultarnos un abastecimiento cuyos precios no podemos prever ni podemos dejar de pagar. Diversificar las fuentes de energía eléctrica para asegurar el consumo es obligado o al menos parece razonable en una sociedad moderna con una economía de servicios y cuya primera industria es el turismo. La demanda española debe crecer más que el 3’5% anual previsto por el Gobierno pero es que además las centrales de ciclo combinado que aún no han empezado a funcionar ya tienen bastante con remediar una situación, la actual, en la que los apagones no son un riesgo sino una profecía de seguro cumplimiento. Si ya hoy no se le puede asegurar la luz ni a Florentino, ¿quién puede estar seguro de mañana?

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