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El día en que un hombre solo, Antonio Mingote, tomó Teruel

Mingote decía que uno no es de donde nace, sino de donde hace el bachillerato, así que él era de Teruel. Sus padres lo llevaron allí cuando era niño y se pusieron a vivir en la Plaza del Torico, en el tercer piso de un edificio estrecho que todavía se conserva, enfrente de una pastelería, la incomparable Muñoz, y un poco más abajo de otra pastelería: La dulce alianza. Ambas siguen abiertas, con mucho mérito y algo de milagro. El padre de Mingote se ganaba honradamente la vida dando clases de violín, lo que significa que estaba plenamente integrado en esa milagrosa forma de supervivencia que es la capital de mi provincia.

Pero fue terminar el bachillerato y llegar la Guerra. Mingote fue uno de aquellos alféreces provisionales del bando nacional, tan jóvenes, y que mandaron a decenas de miles de voluntarios, tan jóvenes como ellos. Y se incorporó a la lucha precisamente en mi pueblo, Orihuela del Tremedal, hasta que el alto mando, que tenía su cuartel general en Albarracín, recibió la orden de reconquistar Teruel, la única capital tomada por el Ejército Popular de la República. La conquista era empresa fácil sobre el papel, como la del Alcázar de Toledo, pero resultó dificilísima. Tras bombardear la ciudad durante semanas, sólo quedaron dos reductos, el Casino y el Seminario, apenas dos montones de ruinas perfiladas contra el horizonte de las cinco torres mudéjares despedazadas. Sin comida ni balas, el defensor de la plaza, Rey D´Harcourt, firmó la rendición. Salvó así a los civiles que se habían refugiado en los sótanos del Seminario, entre ellos mi abuela Rosa y el hermano pequeño de mi padre, Ignacio, que era "familiar" o ayudante del obispo franciscano de Teruel, el Padre Polanco, arrastrado por sus captores y fusilado al cruzar la frontera francesa por Lérida. Franco no perdonó a Rey D´Harcourt y es lo único que en Teruel se le reprochaba a Franco, porque muchas familias sobrevivieron casi completas gracias a la rendición.

Pero Franco, que había tropezado inesperadamente con el frente de Teruel, un obstáculo estratégico en su ataque sobre Madrid tras la conquista del Norte, decidió recuperarlo. La defendía la división de Valentín González El Campesino, la más dura y de general más fiero, aunque en Teruel se comportó muy bien, tras enamorarse Valentín de una monja bellísima, que años después, asistiendo al gran Don Amador, suegro de Manuel Pizarro, subió a Orihuela para traerme al mundo. No hace falta decir que en Teruel somos pocos y nos conocemos todos.

Tras un largo y crudelísimo asedio, El Campesino, como Rey D´Harcourt, tuvo que elegir entre salvar las vidas de los suyos o resistir hasta la muerte, sin posibilidad de ganar. Y después de la batalla de Teruel, a 20 bajo cero, tras la última carga de caballería victoriosa en Europa, la de Monasterio en los llanos del Alfambra, decidió abandonar silenciosamente la ciudad por la noche, atravesando el helado río Turia. Centenares, si no miles de soldados murieron al ceder el hielo o ser arrastrados por las aguas en la oscuridad de la noche, pero decenas de miles se salvaron. Sin embargo, los nacionales, a la espera de la capitulación, esperaban rodeando la ciudad.

Y allí estaba Mingote. Llegada que fue la mañana de invierno, bajo el azul del cielo que sólo puede verse en Teruel, un silencio total reinaba sobre la escarcha. El bachiller turolense tuvo entonces la genial ocurrencia de pedirle permiso al oficial para acercarse hasta su casa, es decir, para ver si la Plaza del Torico estaba ocupada, porque aquel silencio era muy raro. Así fue como un hombre solo entró por el Tozal, la calle de la vieja Judería que desemboca en la Plaza del Torico. Fue avanzando con cautela, escondiéndose en los umbrales de las tiendas. Ni un ruido. Llegó a la Plaza del Torico. Silencio. Entró por La Dulce Alianza hasta su casa. Nadie. Bajó por el arco de la Torre del Salvador hasta el Óvalo, porque desde ahí se veía el tren. Pero no había tren, ni soldados, ni banderas. Los rojos se habían ido por la noche y los nacionales llevaban esperando media mañana cuando Mingote volvió a su trinchera y le comunicó a su oficial la toma de Teruel. Hombre solo se llama uno de sus libros más tristes, que podía y debía firmar el hombre que tomó Teruel él solo. Lo hizo, como casi todo en su prodigiosa vida, por incomparecencia del enemigo.

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