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El discurso de Rajoy, entre el 13-M y la difunta UCD

Temo que este desastroso discurso, que pasará factura al PP y a España, sea como la alocución nocturna del 13M: un movimiento de evasión, fruto del pánico, que obedece a un intento de salvación personal.

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Viendo en este febrero de 2013 las sedes del PP otra vez cercadas en muchos sitios de España, la alelada parálisis del Gobierno y el estupor de la derecha sociológica, resulta imposible no recordar cómo Rajoy perdió las elecciones en 2004. Y no pienso en el 11M, en la miserable manipulación de la masacre -magistralmente resumida por César Vidal en su editorial del viernes-, ni en el golpe político y mediático de la izquierda, ni siquiera en el clima del día de la votación. Visto con la distancia que da el tiempo, todo eso fue fundamental, pero no determinante. Fue horroroso, pero no lo peor.

Lo peor, a mi juicio, de aquellos tres días infames, en los que el PRISOE dio jaque mate al gobierno del PP y al régimen constitucional, sucedió el 13M, supuesto Día de Reflexión, que en realidad fue el más intenso de toda la campaña y que tuvo dos momentos decisivos: la rueda de prensa de Rubalcaba, diciendo por la tarde que "España se merece un Gobierno que no le mienta", y la llamada de auxilio de Rajoy por la noche, pasadas las 10, identificándose como el candidato del PP a la presidencia del Gobierno y denunciando el cerco de Génova 13 por los manifestantes enviados por los medios prisaicos y los sms sociatas, valga la redundancia.

Yo no sé si Rajoy quería dar pena aquella noche o estaba muerto de miedo y buscaba la salida de emergencia. En todo caso, al día siguiente la encontró y la aprovechó. Admitió la derrota casi antes de contar los votos, no esgrimió el enorme apoyo popular que pese a todo había recibido el PP: 10 millones de votos; y tácitamente asumió la deslegitimación que el PSOE acuñó en esos días y quiso asegurar para siempre, vetándoles el acceso al Poder. Pero es que Rajoy, el Gobierno y el PP tenían unas ganas locas de rendirse y de que les perdonaran la vida, en todos los sentidos. Y actuaron como si perder el Poder de aquella forma no fuera una pena sino un alivio.

La noche del 13M fue una confesión de impotencia, si no de indignidad; y la del 14M el entierro –felizmente fallido- de un ser vivo, el gran partido de la Derecha, cuyos sepultureros eran, curiosamente, sus dirigentes. Pues bien, el discurso de Rajoy este 2 de Febrero de 2013 muestra una situación muy parecida: un Gobierno ensimismado, dueño sonámbulo de un partido a oscuras, y un partido con tres cuartos de millón de afiliados pero que es incapaz de cambiar las cosas dentro del PP y de representar los deseos de cambio –político, judicial, mediático y moral- de la sociedad española.

Si en la noche del 13M de 2004 Rajoy pudo parecer la viva imagen del "sálvese quien pueda", el discurso del mediodía del 2F de 2013 nos ha mostrado a un político con un dominio casi perfecto del arte del escapismo. En una comparecencia para aclarar el Caso Bárcenas, ni siquiera nombró a Bárcenas. En una defensa frente a las acusaciones de El País contra la cúpula del PP y contra él mismo, por cobrar sobresueldos en dinero negro, ni siquiera nombró a El País. Tras denunciar una campaña urdida contra él, no fue capaz de decir una sola palabra sobre los autores de esa campaña. En un texto leído, dizque para no improvisar, fue incapaz de ofrecer una explicación que no pareciera improvisada. El mensaje interno al PP para disipar incertidumbres entronizó clamorosamente lo incierto. El Gobierno, en vez de remontar el vuelo, sale tocado del ala. En resumen: el Estado está más desnortado que nunca; y la nación, tan desmoralizada como siempre.

Temo que este desastroso discurso de Rajoy, que pasará factura al PP y a España, sea como la alocución nocturna del 13M: un movimiento de evasión, fruto del pánico, que sólo obedece a un intento de salvación personal. Ya sabemos que el presidente del Gobierno tiene una gran opinión de sí mismo, pero no debería tenerla tan atroz de la inteligencia de los españoles. Eso de que no está en la política por dinero es, con todos los respetos, una soberana sandez; y para decírnoslo, sobraban discursos y convocatorias. No estará por dinero, pero dudo de que ningún registrador de su quinta pueda tener los recursos y satisfacciones que la política le ha dado a Rajoy desde hace treinta años. A la política se va, esencialmente, por el Poder. Y Rajoy lo ha disfrutado en los ámbitos local, autonómico y estatal, creo que sin arruinarse.

Por otra parte, eso de que sabe "ganarse la vida" fuera de la política es una bravata típica de político en apuros. ¿Cómo lo sabe, si prácticamente no ha ejercido otro oficio que el de político? Y aunque así fuera, ¿qué más nos da? Lo que debe explicar el Presidente del PP y del Gobierno es por qué Bárcenas, que él mismo nombró tesorero de su partido en 2008 y que él mismo defendió durante el Caso Gurtel, tenía 22 millones en Suiza de inexplicado aunque imaginable origen: la financiación ilegal del PP. Y, de paso, cómo ha podido legalizarlos gracias a la amnistía fiscal de su Gobierno. De eso, ni palabra. La virtud incuestionable –¡ay del que la cuestione!- de Rajoy alcanza a toda la cúpula del PP, y en un movimiento de retribución justísima, la honradez de la cúpula del PP cubre con su manto a Rajoy. Más aún: la honradez incuestionable de los dirigentes máximos del PP, con Rajoy a la cabeza, garantiza la honradez de todos los militantes del PP y, por la misma reciprocidad moral, la indiscutible honradez de los cientos de miles de militantes del PP que no ganan y hasta pierden en la política hace indiscutiblemente honrada a la cúpula del PP.

Y si la política es ese ejercicio de honradez en el que Rajoy cree, si los dirigentes del PP nunca han cobrado sobresueldos y mucho menos en dinero negro, si Bárcenas no existe, si Suiza está lejos, ¿para qué convocar a la prensa anunciando una declaración solemne ante la opinión pública? ¿De qué estamos hablando cuando hablamos de corrupción política? ¿De fantasmas, de marcianos, del Ceomo de Borja o de las Caras de Bélmez?

No es probable que cuando Rajoy vea las encuestas de valoración de su discurso, aplastantemente negativas, haga un ejercicio de humildad y reconozca que su actuación está siendo contraproducente , por no decir letal, para los suyos. Pero es posible que al ver las encuestas de intención de voto de este domingo, sencillamente pavorosas, con la pérdida de casi la mitad de los votos (que empiezan a migrar masivamente a UPyD, no al PSOE) el presidente del Gobierno se acuerde de lo que hace tres décadas le pasó en Galicia y luego en toda España a la UCD, partido en el Gobierno: de sus siete millones y pico de votos, cinco se pasaron a una opción con menos expectativas de triunfo electoral pero moralmente más de fiar: la Alianza Popular donde militaba un tal Mariano Rajoy, que aún no se dedicaba a la política. Yo creo que debería empezar a hacerlo. Y acaso recordar también aquel ingenuo eslogan de su partido: "España, lo único importante". Lo es.

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