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Columna publicada el 28-07-2002
La situación del País Vasco en el verano de 2002 se parece mucho a la de Cataluña en el de 1934: los nacionalistas llamados democráticos se aprestan a dar un Golpe de Estado supuestamente dirigido contra el Gobierno de Madrid pero en realidad encaminado a romper la legalidad constitucional y autonómica para convertirse en república independiente. Los “escamots” o paramilitares de “Estat Catalá” tienen un paralelismo más preocupante en la banda terrorista ETA, aliada estratégica del PNV, con quien ha suscrito el Pacto de Estella para crear un nuevo Estado tras romper las fronteras de España y Francia y que después de treinta años de crímenes es una banda terrorista mucho más peligrosa que aquel fascio uniformado de verde y acaudillado por Dencás.
Como entonces, una parte de la izquierda española, esencialmente el grupo hegemónico del PSOE, está dispuesta a colaborar en el golpe contra la legalidad constitucional. Los socialistas de Prieto y Largo Caballero se levantaron en armas contra el Gobierno y la II República, mientras Azaña y otros republicanos “moderados”, en rigor no menos sectarios que los socialistas, respaldaron el Golpe de Estado de Prieto y Companys. La razón estaba clara: habían perdido las elecciones y el Poder. ¿Quién puede dudar de que lo que mueve a González y Cebrián para respaldar la política rupturista del PNV es haber sido derrotados por la Derecha en las urnas?
Probablemente 1934 marca el punto de no retorno en la deslealtad nacional de la Izquierda española. Nadie puede dudar dónde habría estado Maragall en la Barcelona de entonces, porque está claramente alineado con el PNV en el Bilbao de ahora. El Partido Comunista, como entonces también, no vacila en aliarse con una extrema derecha clerical y racista para destruir un Estado-nación occidental y capitalista. Y, para que el paralelismo sea más llamativo, tampoco faltan medios de comunicación “progresistas” que, como en 1934, respaldan la legitimidad de cualquier medio de lucha contra el Gobierno legítimo porque es de derechas. Polanco es nuestro Echevarrieta.
El Gobierno de Lerroux venció a los golpistas nacionalistas y socialistas de 1934 mediante la represión policial y, donde fue preciso como en Asturias, la militar. Suspendió temporalmente el Estatuto de Autonomía de Cataluña pero no sacó las consecuencias necesarias de un enfrentamiento en el que ya no había posibilidad de pacto ni de vuelta al “statu quo”. De hecho, la victoria del Frente Popular en 1936 supuso la reivindicación de los golpistas de 1934 y, en consecuencia, la guerra civil. Los nacionalistas catalanes tuvieron entonces en el PSOE su gran aliado. Los socialistas de González y Polanco tienen hoy en el PNV y ETA, en la rebelión institucional del nacionalismo vasco, el aliado que creen preciso para echar a la Derecha del Poder. Nadie puede decir que los golpistas del 34 no avisaron. Nadie puede decir que los de 2002 no avisan. Sin embargo, como entonces, parece que ni el Gobierno de la Derecha ni la sociedad española es plenamente consciente de la gravedad del envite. Suspendamos aquí la rememoración. Pero más vale disponerse a una larga batalla de la que, como entonces, ni el final es seguro ni está clara la identidad del vencedor.

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