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Columna publicada el 08-09-2003
Si el viaje de Rajoy a Vitoria y Pamplona ha confirmado el punto fuerte, virtuoso e incluso heroico del proyecto nacional del PP, la televisada y televisiva expedición de seis ministros, Aznar y el propio Rajoy a Barcelona para respaldar la candidatura de Piqué a la Generalidad catalana confirma también la debilidad del único y acaso último partido con vocación española del Principado. El punto flaco del PP, que es Cataluña, no es una debilidad electoral de partido sino el reflejo de una auténtica capitulación nacional a la que Aznar y el PP no son ajenos. Un buen resultado de Piqué, especialmente si convirtiera al PP catalán en fuerza decisiva para formar gobierno, sería un bálsamo para el partido y para toda España, pero ni las expectativas electorales ni el discurso político de Piqué, Aznar y Rajoy avalan ningún optimismo. Al contrario: todo tenía, al menos en las imágenes, un aspecto burocrático y crepuscular. Como si lo único que se negociara fuera el cierre de las instalaciones o el traspaso de la sucursal.
Y es que un partido español que no lucha contra el discurso nacionalista allí donde el nacionalismo antiespañol existe no es, en rigor, un partido político sino una “sucursal” electoral. Y este “sucursalismo” nada tiene que ver con la dependencia de Madrid que tradicionalmente denuncian regionalistas o nacionalistas. El PP en el País Vasco o en Navarra, no es “sucursalista”. Casi al contrario: podría decirse que el PP es un partido nacional precisamente por el carácter nacional que conserva y defiende en el País Vasco. En Cataluña, en cambio, no es que tenga poca fuerza, aunque se haya quedado en la mitad de la que tenía: es que ha renunciado a luchar. Y es paradójico, significativo y dramático que con un PP asentadísimo en el Gobierno de Madrid se haya venido abajo la representatividad catalana del PP.
Puede decirse que el punto de inflexión y deterioro lo marca la defenestración de Vidal-Quadras en 1996, como precio del pacto de Gobierno con Convergencia. Pero siendo eso totalmente cierto, no sería toda la verdad. También pactó con el PNV y no por ello se sometió al nacionalismo vasco. En Cataluña, de hecho, sí. Y era seguro, fatal que, sin un discurso de oposición con tantas aristas como merece la apisonadora nacionalista, aunque fuera sin la brillantez de Vidal Quadras, el PP de Cataluña, este PP de Piqué, sumiso a la política lingüística de CiU-ERC-PSC, clave deslegitimadora de todo lo español, entrara en proceso de liquidación y se convirtiera en una fuerza residual, que es lo que pasará si ERC lo sustituye como tercera fuerza política y también como garantía de desestabilización nacional. Frente a ello, Piqué y el PP de Cataluña son, qué duda cabe, un mal menor. Pero Mayor Oreja y el PP del País Vasco son un bien mayor, para la libertad y la nación. Nótese la diferencia. Y nótese que nadie o casi nadie la advierte, para buscar remedio o siquiera para lamentarlo. Este abandonismo es, con mucho, lo peor.
Es de temer que la campaña electoral confirme los peores augurios y asistamos a un ocaso sin gloria y a un crepúsculo descolorido. Sin que nadie parezca reclamar luz y aunque sea en Barcelona, no en Vitoria, donde España se está quedando a oscuras.

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