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Columna publicada el 01-11-2002
Desde el mismo momento en que se hizo público el asalto al despacho del número 13 de la Calle de los Narcisos se especuló con la participación en él del CESID. Las confusas, contradictorias e inverosímiles explicaciones de Arriola, del Gobierno, del PP y del Ministerio del Interior –seguramente el que de forma más grave ha afrentado a la ética y a la estética- llevaron a la opinión pública, curada de espanto, a la hipótesis habitual en los últimos veinte años de la vida española: si hay algo turbio en las cercanías del Poder, el CESID anda metido; y si algo delictivo que afecta al Gobierno no se aclara, también. La confianza de los ciudadanos en la probidad de nuestros espías y su respeto a la Ley sólo es comparable a la que despierta el Gobierno de turno cuando se hace el inocente.
Tras la lentísima caída de Manglano, asistida por la escandalosa complicidad de Eduardo Serra en el caso de los “papeles del CESID” relativos al GAL (suceso que tanto debilitó la credibilidad reformista del primer gobierno Aznar) y tras la sorprendente designación de un diplomático felipista, Jorge Dezcallar (de la estirpe ideológica del dimicesado Fernando Valderrama), para sucederle al frente del rebautizado CNI, el perfil de “La Casa” se ha desdibujado, pero con dos perfiles peligrosos: se considera que su único vínculo de fidelidad institucional es el que le une al Rey; y se supone que Felipe González sigue teniendo dentro fieles , cuyas infidencias no se recata en comentar, siempre para atacar al Gobierno del PP. Eso significa que Polanco está al cabo de la calle de lo que averigüe el CNI, que lo que averigua tiene más que ver con lo que pasa dentro que con lo que pasa fuera y que las obligaciones éticas y legales de obedecer al Gobierno y cumplir la Constitución, se acatan, faltaría más, pero no se cumplen. El conflicto con Marruecos y el episodio de Perejil prueban que nuestros espías siguen siendo poco fiables para los españoles, aunque acaso no tanto para los extranjeros.
En el Caso Arriola hay que subrayar algunas circunstancias que acercan al asaltado a “La Casa” cuando todavía era CESID y que no lo alejan del CNI, cuando no debería tener ninguna relación con él. Los últimos años felipistas fueron de enorme trasiego en materia de espionaje, que el Gobierno del PSOE utilizó como una herramienta más para impedir la alternancia democrática y eludir la posible sombra de la cárcel. Siempre espió el PSOE a la Oposición, desde los primeros años en el Poder con excusa del golpismo y del referéndum de la OTAN (caso del espionaje al PDP y al PCE por orden de Guerra, que el juez Vázquez Honrubia archivó cuando el Parlamento no le permitió encausar al Vicepresidente del Gobierno) hasta los últimos, cuando los frentes eran tan informativos como económicos y políticos. El célebre “Informe Crillon” de la Agencia Krol sobre Mario Conde, encargado por el Ministro de Defensa, responsable del CESID y Vicepresidente Narcís Serra, es quizá el episodio más famoso. Pero hay que añadir la utilización de la escolta del editor de La Vanguardia, proporcionada por el CESID, para espiar al propio escoltado y, con su dinero, a políticos, periodistas, empresarios... y al arzobispo de Barcelona. Y no cabe olvidar el asalto al chalé de Garzón, el espionaje y amenazas a periodistas como Jesús Cacho y el montaje del vídeo contra Pedro J. Ramírez, donde a modo de síntesis y ejemplo de las costumbres de La Casa colaboraban un fontanero de la Moncloa, un agente del CESID, el presunto abogado Rodríguez Menéndez, el falangista-condista-periodista Javier Bleda, los dirigentes del PSOE implicados en los GAL y los administradores de los “fondos reservados” de Interior, entre otros personajes de siniestra catadura.
Pues bien: Arriola tenía buenas relaciones con La Casa en la época del “Informe Crillon” (lo tuvo en su poder antes de publicarse), y no cabe descartar que fuera designado interlocutor o “escucha” particular de Aznar allí, al margen o en paralelo con Cascos. Si Aznar llegó a meterlo nada menos que en las conversaciones con ETA, ¿por qué iba a vedarle el acceso a las informaciones discretas (nunca secretas) del CESID? Y si el entorno del espionaje oficial es tan turbio y delictuoso como acredita el caso del vídeo célebre, así como la impunidad de tanto delincuente en ese y otros casos citados, ¿por qué no suponer que en semejantes arrabales fuera de la ley se ha cocinado el asalto al despacho de Arriola? ¿Por qué no pensar que si espió a los sucesores de Aznar pudo utilizar a agentes del CESID/CNI “fuera de horas de trabajo” (que La Casa aprovecharía para ahorrarse las de dentro) y que fueron esos mismos agentes los que se llevaron limpiamente los datos que antes habían recogido para Arriola, con la razonable intención de venderlo al mejor postor o a cuanto postor se ofreciera a comprarlo, incluido él mismo?
Hoy por hoy, aunque oficialmente no se confiese, ésta es la hipótesis más razonable que se maneja. Y más pronto que tarde la podremos comprobar. El espía, si puede, siempre cobra dos veces. Y es que está la vida muy difícil. Y peor que se pone cuando uno tiene malas costumbres y anda en muy malas compañías.

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