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Columna publicada el 26-11-2002
Cuando se definía como partido marxista y de clase, el PSOE tenía un "programa máximo" que hubiera llevado a España a competir en nacionalizaciones y severidades con la mismísima Unión Soviética. En 1980, González decidió liquidar la referencia doctrinal marxista, que era la fundacional del partido, la que lo había sostenido ideológicamnente durante cien años, y convertir la creación del infausto Pablo Iglesias en una organización reformista de izquierdas que no asustara a un electorado de centro-derecha, como era el español aunque se proclamase de centro-izquierda, y le permitiese llegar a la Moncloa.
Lo consiguió. Y entonces dijo Guerra: "a España no la va a conocer ni la madre que la parió". Por desgracia, a esa España sí la conocimos: el asalto a la propiedad privada, la manipulación de los jueces, la propaganda al estilo totalitario, el copo de puestos públicos por la grey de carné en la boca, el sectarismo intelectual, el navajeo como forma de relación con los partidos rivales y la deslealtad sistemática con respecto a las instituciones no eran nuevos en la Historia de nuestra Nación. En realidad eran constantes centenarias de un partido que es cualquier cosa menos fiable aunque resulte perfectamente previsible.
Pero la tentación revolucionaria y violenta al modo soviético no es la única constante temible en la historia del PSOE, demostrada palpable y sangrientamente en 1917, 1934, o 1936 y años siguientes de la Guerra Civil. Aunque ahí queda el intercambio epistolar de Largo Caballero y Stalin en el que el "Lenin español" se muestra más antiparlamentario todavía que el dictador soviético, para ilustración de generaciones futuras, si no se lo ocultan. Hay, empero, una segunda costumbre en el PSOE que es la de aliarse con los nacionalismos separatistas, en el 17 como en el 36, para alcanzar por las malas lo que no consigue por las buenas. Y es evidente que hoy, tras la caída del Muro y la reconversión de la socialdemocracia a formas light de colectivismo hard, como todo lo "políticamente correcto", es más peligrosa esa tendencia a liquidar cualquier referencia institucional y nacional de España para favorecer su estrategia de Poder.
El "federalismo asimétrico" de Maragall sería la chapuza conceptual de un nacionalista vergonzante si no fuera asumido por Chaves, ese prócer. Pero si los andaluces se unen a los socialistas catalanes para propugnar el desmantelamiento constitucional, está claro cuál es ahora el "programa máximo" del PSOE: reducir España al mínimo. Que es el primer paso hacia lo que pretenden sus aliados estratégicos: simplemente liquidarla. Fue un error no tomar en serio el factor bolchevique del PSOE en el pasado. Sería un error mayor no tomar en cuenta la complacencia separatista en el futuro.

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