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Columna publicada el 20-10-2001
El vicepresidente Cheney, que llevaba más de un mes sin aparecer ante los medios de comunicación, ha hecho un discurso político de escalofriante nitidez que resume la idea de Guerra Antiterrorista que tienen los gobernantes norteamericanos. No es nuevo oir que la guerra durará mucho tiempo y que será muy distinta de las conocidas anteriormente; pero hay algo distinto en la apreciación del enemigo y también en la disposición a enterrar en días, meses y años venideros muchos ataúdes cubiertos por la bandera de las barras y estrellas. “El 11 de Septiembre –ha dicho Cheney– fue un día sin parangón, lo que requiere una guerra sin precedentes. Nos enfrentamos con gente diabólica que vive en las sombras planeando violencia y destrucción a escala internacional. No tenemos otra alternativa que enfrentarnos a nuestro enemigo en su morada.”
Los norteamericanos no creen estar, por tanto, en una guerra anterior que se creyó ganada o en un nuevo episodio bélico contra un enemigo ya conocido. Pero lo que tiene de novedoso esta guerra es que obliga también a un cambio en el sistema de alianzas y una evaluación nueva de los amigos y enemigos de los USA en el nuevo milenio. –Se impone una nueva diplomacia internacional –dicen los optimistas–; a lo que los pesimistas responden: –Simplemente se impone una diplomacia internacional, porque hasta ahora Estados Unidos no ha tenido nada que se le parezca.
La determinación norteamericana de destruir a este enemigo es absoluta. La guerra, según Cheney, “sólo puede terminar con su completa y permanente destrucción”. Pero eso precisa la continua presencia militar norteamericana en todo el mundo actuando en funciones de policía global y en unos términos no sólo informativos y preventivos sino ejecutivos –letales, al modo israelí– que son los que prohibió hace un cuarto de siglo el Congreso a la CIA. Estados Unidos hará justicia según su vicepresidente “metódicamente, sin piedad y en su totalidad”. Y esa determinación de destruir al enemigo se basa en la vulnerabilidad de la propia sociedad civil norteamericana, demostrada el 11 de Septiembre y asumida como tal: “el enemigo ha demostrado su capacidad para causar gran daño sobre Estados Unidos y debemos asumir que habrá nuevos ataques”. Otra novedad, porque lo acostumbrado era decir: “no habrá más casos como éste porque no lo vamos a permitir”. Aunque no lo permitan, los habrá, pero no pactarán con los agresores, su compromiso es matarlos, destruirlos. Ni siquiera en las dos guerras mundiales en que participaron, los USA entendieron que estaban en guerra en todos los países y de forma continuada. Ahora sí: han aceptado los términos de la yihad, como hicieron los cristianos con las Cruzadas y, sobre todo, como hizo nuestro país en la Reconquista, auténtica refundación de España.
Pero la Monarquía Hispánica que surgió como potencia universal tras la toma de Granada y el descubrimiento de América tenía en tiempos de Felipe II una frase que definía su diplomacia: “Paz a toda la Tierra y guerra contra Inglaterra”. La de Bush y Cheney sería ligeramente distinta: “Guerra en toda la Tierra y sólo paz con Inglaterra”. En lo demás, salvo que la defensa de la Fe y de las fronteras es ahora defensa de la Libertad y de la población civil occidental, no habrá muchas más diferencias. Un imperio sólo puede ser un imperio y debe actuar como tal a escala universal, o desaparecer. ¿Podrán los norteamericanos cambiar radicalmente la idea que de sí mismos han concebido en sus dos siglos de corta e intensa historia? Parece difícil, pero lo están intentando. Y a todos nos interesa que lo consigan. No sólo a Inglaterra.

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