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Columna publicada el 24-04-2003
Para bien o para mal, el resultado de las elecciones municipales y autonómicas será decisivo en la elección del sucesor de Aznar como candidato del PP a la Moncloa. Y para bien y para mal ese resultado se achacará, sea cual sea, a la guerra de Irak y a la postura tomada con respecto a ella por el Gobierno español. Un mal resultado obligaría a Aznar a designar sucesor a un candidato no comprometido con su postura, y ese designado hubiera sido Gallardón –más patético que traidor en sus claudicaciones ante los tititeros de su Alicia Moreno– si no tuviera difícil su propia victoria en Madrid y si no le hubiera salido un competidor llamado Rodrigo Rato, que en los últimos tiempos se ha disfrazado de hombre invisible y de paloma en la clandestinidad con vistas a ser también el gestor de la derrota de su partido, previa desautorización de su Presidente. Pero la elección de los “derrotistas” sería también la confesión de un error calamitoso por parte de Aznar en un asunto en el que no sólo está convencido de que ha hecho lo que tenía que hacer sino de que los hechos le han dado la razón y enaltecido su valor. Eso, aparte de la soledad con que ha pechado en estas semanas bélicas, mientras medio Consejo de Ministros se declaraba objetor de conciencia ante González y Polanco.
Si el resultado fuera bueno, y que sea regular ya se consideraría óptimo, Aznar levitará y se ascenderá a sí mismo al Empíreo de los Estadistas, para colocarse a la derecha de Churchill y a la izquierda de Cánovas. Lo que no se sabe es qué hará después, pero probablemente se lo dará hecho el PNV, que guarda para septiembre el órdago al Estado, a la nación y a la Constitución. Como también llegan con el otoño los comicios catalanes, lo normal sería que el PP se atrincherase en la defensa de España frente a la disolución maragalliana, y en ese caso los candidatos con más posibilidades serían Mayor Oreja y Rajoy. El primero, porque es el que suscita más confianza entre los españoles conscientes de los problemas nacionales, que son muchos. El segundo, porque es el que menos desconfianza suscita en el Gobierno en general y en la Moncloa en particular, por lo menos comparado con Rato. Siempre a cuenta de la guerra, donde Rajoy ha cumplido como el que más. Bueno, como el segundo que más.
Seguramente el resultado electoral no se producirá por la convulsión de la guerra sino por la propia evolución del voto del PP, sea a la baja o al alza, que sería mantenerse. Pero como la política es lo que es y más aún lo que parece, Aznar y sólo Aznar tendrá que gestionar su gesto. Si no se hubiera arrogado en exclusiva el mecanismo sucesorio, tal vez se hubiera ahorrado este trago. Pero la cosa ya no tiene remedio. La incógnita sobre el futuro de la derecha española es, pues, creciente. Y en muchos sentidos, alarmante.

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