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La servidumbre voluntaria de Piqué

Es verdaderamente penoso el deambular del partido de Piqué (que, para probar los terribles estragos del tiempo, antes lo fue de Vidal Quadras) por la política catalana, que aunque Rajoy no quiera enterarse es, más que nunca, política nacional. A nadie se le ocurriría pensar que la política del PP en el País Vasco puede abstraerse de su condición española; más aún, que es lo español justamente lo que la define como vasca. Pues bien, no es menos cierto en Cataluña, y sin embargo en el PP de hoy, con el reto del estatuto a cuestas, aún rige aquella estúpida distinción de Aznar entre el nacionalismo malo, el de Arzallus, y el bueno, el de Pujol, que es el que le hizo desembocar en Piqué. Hoy, según dicen, el ex presidente echaría al ex ministro catalán por traidor a los principios básicos del partido. Tardío arrepentimiento. Pero Rajoy, por lo que vemos, ni siquiera piensa en rectificar una política, la del PPC, que va dando tumbos, sonámbula, sin criterio, sin garra, sin nervio, sin programa, sin atracción para nadie, sin solución para nada.
 
Es indignante que el PPC, es decir, el PP a todos los efectos, suscriba la última ideación liberticida, dictatorial y contraria a cualquier principio de libre expresión que se le ha ocurrido instaurar al Tripartito a lomos del CAC. Sí, esa cosa que preside un miembro del partido de Montilla-La Caixa llamado Carbonell cuya actuación más destacada en materia periodística era la proposición de ley en defensa del proetarra “Egunkaria”... antes de abrir expediente a la COPE por denuncia de no se sabe quién y por supuesta vulneración de la Constitución, ¡como si el CAC fuera el hermano barretinado del Tribunal Constitucional! Sólo ese comportamiento debería haber llevado al PPC a abandonar ese antro burocrático donde toda arbitrariedad tiene su asiento. Y es el colmo que cuando el Tripartito manda a terroristas sin arrepentir de Terra Lliure al Vaticano, a persuadir a quien se deje de que hay que cerrar la COPE, el partido de Piqué nos salga ahora asumiendo como propia no sólo la pretensión de decir lo que es constitucional, sino también lo que es o no verdad. ¿Tan poco confía el PPC en la justicia que quiere sustraer a los tribunales el derecho y la obligación de juzgar mentiras y calumnias si es que se producen? Diríase que el PPC sólo pretende imitar el comportamiento de la célebre compresa: que no se note, que no se mueva y que no traspase. Pero vaya si se nota. La servidumbre voluntaria, por error o terror, se nota siempre. Demasiado.