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La Solución Desarmada de Rajobrián

Lo más curioso de los ataques al libro de Pilar Urbano es que, por un lado, afirman que todo es falso y, al mismo tiempo, que todo estaba publicado.

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Aprovechando el libro de Pilar Urbano sobre la responsabilidad del Rey en la Operación Armada, el golpe político-militar que triunfó en su propósito de echar a Suárez del Gobierno y que fracasó en su estrambote grotesco e inútil del "tejerazo", la Zarzuela, la Moncloa y Juan Luis Cebrián, el numen que últimamente les guía, han alumbrado unas criaturas intelectuales y unos embriones legales tan siniestros que, de llegar a término, acabarán con el ya moribundo régimen constitucional.

Tres son las tareas acometidas por este hércules que podríamos llamar Rajobrián, síntesis del inmenso y abúlico poder de Rajoy, la inagotable y desnortada ambición de Cebrián y el pavoroso desconcierto de la Corona. Rajobrián sería como el Breogán gallego pero menos mítico y más mefítico, un Rajoy arrendado a Cebrián cuyo fiemo o humus sería la Real Confusión. La primera tarea, a cargo de una brigada de octogenarios reclutada para la Zarzuela por el vástago becerrista de Suárez, ha sido la de negar la existencia de la Operación Armada y el papel esencial en ella del Rey, hecho que, por más que se empeñen obscenamente en negarlo algunos de sus colaboradores y familiares, es público y publicado, notorio y consta en las hemerotecas. Este empeño real ilegítimo y anticonstitucional –si bien explicable por el terrible clima político que vivía España en 1980 y 1981- llevó al Rey a feroces enfrentamientos con Suárez y, al cabo, consiguió lo que buscaba, la dimisión del presidente cuando éste pudo comprobar –lo ha explicado muy bien Luis Herrero en ABC- que la versión parlamentaria de la Operación Armada, una moción de censura pactada por el PSOE y una parte de su partido, UCD, lo echaba de la Presidencia de todas formas.

Dicen que el político fallido y duque momentáneamente frustrado Suárez Illana -que permitió que su padre, con las facultades mentales muy mermadas, hiciera un penosísimo papel en su presentación manchega como político de fin de semana- ha acarreado las siete firmas, importantes o sin importancia, como escabel para la nota de la Zarzuela contra el libro de Urbano que, por razones puramente físicas y salvo que Javier Ayuso sea distribuidor pirata de Planeta, ninguno había podido leer. Una precaución conveniente, porque si bien la entrevista con Mellado en El Mundo contaba muchas cosas es sabida la capacidad novelera de Urbano. Sobre todo en la Zarzuela, que tiene por costumbre desmentirla después de favorecerla. Es el caso del libro sobre la Reina que, en lo sustancial, también era verdad.

Lo más curioso de los ataques al libro de Pilar Urbano, en lo que incide el Numen de la situación, el suntuoso intelectual Juan Luis Cebrián, es que, por un lado, afirman que todo es falso y, al mismo tiempo, aseguran que todo estaba ya publicado. Si todo estaba publicado y era falso, ¿cómo nadie persiguió a los autores de tan atroces acusaciones, que, según la BOR (Brigada Octogenaria del Rey), busca acabar con todas las instituciones? ¿Un libro, un simple libro, antes de ser leído por nadie, que publica lo ya publicado, por otra parte falso y que nunca fue perseguido en los tribunales por institución alguna? A título personal, sólo lo hizo contra Jesús Palacios Calderón, jefe de Cortina, el hombre de confianza del Rey en el CESID que entraba en la Zarzuela sin tener que avisar, absuelto en el juicio del 23F pese a que condenaran a su segundo Gómez Iglesias. Ese Calderón al que Aznar, con ese tino tan suyo al elegir cargos de confianza, hizo jefe de los espías antes que a Dezcallar, hombre de confianza de Felipe en Rabat y uno de los culpables de enlodar las pistas del 11M.

Pero la Justicia, en el único caso en que se acudió a ella, le dio la razón, por dos veces, a Jesús Palacios. ¿Dónde, pues, está la mentira de lo que se ha publicado, acreditado, subrayado, precisado y archidemostrado sobre la Operación Armada? ¿Dónde tras las memorias de San Martín, de Pardo Zancada y otros juzgados por su participación en el "tejerazo"? ¡Pero si hasta las memorias de Armada se titulan "Al servicio de la Corona"!

Cebrián y "el marasmo de opinión"

Que Cebrián es el que, informativamente hablando, manda en la España de Rajoy es tan indiscutible que, tras salvar su arruinada empresa –habita una deuda de 3.200 millones de euros- aconsejando a las grandes corporaciones deudoras de PRISA que aceptaran acciones por dinero, el Presidente del Gobierno debutó el viernes como colaborador en El País. No entraré en el contenido de su cogitación, que arranca de un descubrimiento sorprendente: el teléfono móvil. Mientras me recupero del notición me limito a constatar que, en pocos meses, Rajoy ha pasado de boicotear los premios de periodismo de El Mundo en su campaña para echar a Pedro Jota por haber publicado aquellos SMS de Rajoy a Bárcenas -"sé fuerte"- a colaborar con esa empresa que también y mucho antes había publicado los papeles de Bárcenas, que, a diferencia de El Mundo, más ferozmente ha combatido al PP desde hace treinta años, y cuyo sectarismo llevó al propio Rajoy a ordenar el boicot total a la cadena SER en las elecciones de 2008.

¿Cómo explicar esta voltereta? ¿Ha cambiado Rajoy o ha cambiado Cebrián? Tal vez Rajoy, cuya relación con la verdad es harto conflictiva, disimula ahora en sentido contrario. El que no ha cambiado es Cebrián. En su artículo de refuerzo al manifiesto zarzuelero contra Urbano, alumbra un concepto que ilustra a la perfección cómo dos seres tan diferentes en teoría han acabado coincidiendo en la práctica. El concepto es el de "marasmo de opinión", sito en un párrafo cuyo estilo oscila entre Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes, y el pergeñador de cualquier discurso presidencial sobre el Estado de la Nación, mortalmente aburrido hasta que el Presidente de turno acaba de leerlo. Disculpe el lector la forzosa y plúmbea literalidad:

"(…) Todas las instituciones de este país, a comenzar por la propia Corona, los partidos políticos, los sindicatos, los medios de comunicación, los tribunales, la banca, etc… se hallan bajo sospecha: se discute su utilidad y su capacidad para enfrentarse a la actual crisis. En este periódico venimos reclamando desde hace años una reforma constitucional, imprescindible a nuestro juicio para rescatar el sistema democrático del actual marasmo de opinión y ofrecer un proyecto común de convivencia a las nuevas generaciones que les permita ser protagonistas de su propio futuro. La condición indispensable para ello es establecer un debate racional y honesto, con toda la pasión y brillantez de la controversia política, con las inevitables convulsiones de la calle, pero con la honestidad y altura de miras de que dio prueba el propio presidente Suárez el día de su dimisión. Y con el coraje, también, que mostró ante los golpistas. Todavía estamos a tiempo." (JL Cebrián, "Gato por liebre", "El País" 4-42014)

O sea, que el sistema está en crisis porque no se le ha hecho caso a Cebrián y no se ha reformado la Constitución a su gusto. Pero sucede que Cebrián ha atacado en los últimos veinte años, en especial en los siete de Zapatero, a todos los que hemos pedido un cambio total, incluido el de la Constitución, que luchase contra la corrupción generalizada de todas esas instituciones que ahora Cebrián ve "bajo sospecha". No será la suya, porque desde el Rey al PSOE, pasando por los Pujol y los sindicatos, todos han sido defendidos por El País y la SER. Casi todos en vida de Polanco y aún más bajo la égida de Cebrián han sido descaradamente protegidos ante las revelaciones periodísticas, generalmente de El Mundo sobre su corrupción. ¿Qué mueve ahora a Cebrián a fundar un nuevo régimen? Porque no puede significar otra cosa este parrafote: "(...) rescatar el sistema democrático del actual marasmo de opinión y ofrecer un proyecto común de convivencia a las nuevas generaciones que les permita ser protagonistas de su propio futuro." ¿Qué le han hecho las generaciones menos jóvenes a Cebrián para que ya no les ofrezca ni convivencia, ni futuro ni nada? ¿Por qué lo que siempre denunció como "conspiraciones" contra la democracia o la Corona ahora, ante el mero anuncio de la publicación de un libro que no ha tenido tiempo de leer –tal vez porque su contenido, dice, se conocía- se convierta en un cruzado de la regeneración del régimen del que es puntal indiscutible y, en su opinión y en su rica tarea empresarial, insustituible?

A mi juicio, la razón está clara: acabar con el "marasmo de opinión". Es verdad que "marasmo" significa aquietamiento, parálisis o inmovilidad y que nada sería más fácil para el Gran Timonel del primer periódico y la primera cadena de radio de España que suscitar debates sobre esas reformas que ahora ve tan necesarias. Pero seguramente Cebrián desconoce lo que significa marasmo y, en cualquier caso, no tolera más opinión que la suya. Lo demostró cuando trató de conseguir una condena en las instituciones internacionales de Prensa a lo que él llamó "sindicato del crimen" por haber denunciado los crímenes del GAL cuyo máximo responsable era el socialista Felipe González, coautor con Cebrián de libros cuyo mero título invita a la esperanza, y no sólo de las jóvenes generaciones, por ejemplo El futuro ya no es lo que era. ¿Va a admitir ahora Cebrián que sea algo?

El proyecto liberticida de Gallardón

Evidentemente, no. Lo que se vislumbra en el marasmo de la prosa cenagosa del hacadémico es, como siempre, un afán liberticida. Y ha encontrado en el Gobierno del PP, particularmente en su viejo cómplice de fechorías contra la Derecha, Gallardón, la quijada de Caín. Apenas ningún medio ha prestado atención al proyecto que, tras politizar por completo la Justicia, dejaría en manos del CGPJ, es decir, en los jueces cooptados por los partidos políticos, nada menos que la facultad de reprimir con multas y hasta con penas de cárcel las críticas a las actuaciones judiciales en curso, que en la España actual es como hablar de la actualidad política. Y es que ¿cómo no hablar de los ERE sin molestar al PSOE, IU y sus politijueces? ¿Cómo no hacerlo con los del PP al hablar de Bárcenas o Bolinaga? ¿Y de los Pujol, Pallerols o el Barça sin molestar los de CIU? Sin embargo, eso es lo que sólo Libertad Digital ha reseñado en su terrorífica gravedad. Véase este párrafo, que hubiera encantado a Fernando VII:

"El que con violencia o intimidación intentare influir directa o indirectamente en quien sea denunciante, parte o imputado, abogado, procurador, perito, intérprete o testigo en un procedimiento para que modifique su actuación procesal, será castigado con la pena de prisión de uno a cuatro años y multa de seis a veinticuatro meses."

Vamos, que cualquiera que opine sobre cualquier cosa que esté en los tribunales será, según les parezca a los empleados de los partidos políticos en el CGPJ, sin ley ni regla alguna de referencia que no sea su capricho, objeto de sanción mucho más grave que si le rompiera la crisma a un guardia. Bolinaga está fuera pero, por criticar la impunidad que disfruta gracias a una justicia politizada, esto es, corrompida hasta el tuétano, aún mandarán encarcelar a Ortega Lara. Esta aberración leguleya, zafiamente liberticida, que supone la liquidación de todas las garantías constitucionales a la libertad de expresión, es lo que sin duda nos sacará del "marasmo de opinión" que molesta a Cebrián, a su colaborador Rajoy, al Rey y a todos los que tienen algo que temer o demasiado que callar. Esta Solución Desarmada de Rajobrián será mucho más atroz para la Libertad y para la Nación que la Solución Armada. Esa que ahora dicen que nunca existió.

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