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Columna publicada el 05-05-2003
Pocas cosas más difíciles de cambiar que los lugares comunes y nada más inasequible al tozudo razonamiento de los hechos que las ideas preconcebidas sobre los mismos. Apenas se supo que Blair había perdido una pequeña porción de concejales y un par de medianos ayuntamientos en las recientes elecciones municipales y autonómicas de Gran Bretaña, los diarios contrarios a la guerra de Irak , es decir, contrarios a los USA y al Gobierno del PP, se apresuraron a endosar en la cuenta del esfuerzo bélico el descalabro del inquilino del número 10 de Downing Street. Para ello tuvieron que obviar dos pequeños detalles: que en las elecciones al Parlamento de Gales los laboristas habían conseguido la mayoría absoluta y que los resultados obtenidos para el Parlamento de Escocia les permitirían formar gobierno asociados con los liberales. Resultados no muy catastróficos, sobre todo a sólo tres semanas de la toma de Bagdad.
La lectura interesada en clave antibélica (o más exactamente, antiamericana) de estas elecciones británicas que supuestamente han descalabrado al líder laborista debe obviar también otro dato de cierto interés: lo que han retrocedido los laboristas lo han avanzado los conservadores. Y a diferencia del laborismo, en el que una facción minoritaria pero significativa se enfrentó al Gobierno en el Parlamento e incluso abandonó alguna cartera ministerial, los conservadores respaldaron casi unánimemente a Blair, haciendo honor a una tradición que, desde Winston Churchill a Margaret Thatcher, es cualquier cosa menos pacifista. Puestos a bucear en el registro iraquí, podría interpretarse que el apoyo consecuente de los conservadores a la guerra ha sido premiado por los electores británicos, mientras que la tibieza, las dudas o la división interna del laborismo han sido castigados. Siempre en términos matizados y moderados.
Pero lo normal es que hayan sido factores internos municipales y regionales los que hayan decidido esa evolución del voto, que se habría producido en cualquier caso, aunque no hubiera habido guerra en Irak o no hubiera existido la traición de Francia y Alemania a los aliados utilizando el Consejo de Seguridad de la ONU. Del mismo modo, lo normal es que en el resultado de las elecciones municipales y autonómicas del 25 de mayo en España, lo sustancial en la evolución del voto no sea el factor iraquí, sino la propia evolución de la tendencia de voto al PP y al PSOE, influida por datos como la marcha atrás de la reforma sindical, la boda escurialense, las vacilaciones del Prestige o la rendición ante Polanco. Pero todos esos datos podrían también quedar cancelados por la otra cara del factor bélico: la movilización del voto de centro-derecha frente a la violencia desatada por la izquierda política y sindical a cuenta de la guerra.
Las barbas de Blair siguen, pues, floridas, después de la guerra y de las elecciones locales. Su liderazgo nacional parece más fortalecido que debilitado, como probablemente lo estaría el de Aznar si su retirada sin sucesor visible no pusiera un velo de incertidumbre sobre el futuro de la derecha. Pero hay una diferencia entre el PP y los laboristas: la denodada, infatigable, hercúlea pelea de Blair para convencer a la opinión pública británica de la justeza de su posición contrasta con la soledad de Aznar y la deserción de su Gobierno, así como por la abrumadora mayoría mediática antiderechista que la derecha ha forjado en estos siete años de poder. Esa sí es una diferencia esencial, pero no es fácil que los despistados barberos del PP se atrevan a tenerla en cuenta.

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