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Columna publicada el 28-12-2001
Desde el 11 de septiembre quedó claro que lo esencial de la masacre de Nueva York, como en todo acto terrorista, obedecía a la fórmula clásica del terrorismo anarquista del XIX: la “propaganda por el hecho”. El hecho terrorista no era –no es– nada sin la propaganda. La propaganda consiste en la publicidad del hecho, que tiene en la brutalidad y en la morbosa recreación de sus aspectos más siniestros –ahí jugaba la prensa amarilla o frívola un papel esencial– su mejor altavoz. Pero, desde la creación del régimen soviético y sus émulos fascista y nazi, la propaganda terrorista de Estado es un factor básico del totalitarismo, es la otra cara de la brutalidad represiva, inseparable de ella. Parodiando a Clausewitz, la propaganda del terrorismo es la continuación del terrorismo por otros medios. Y viceversa.
De ahí que resulte absurdo ver tratados los vídeos de Ben Laden como hechos informativos, como simples noticias políticas o incluso como documentos históricos y no como parte de la actividad criminal del terrorismo. Los vídeos son la continuación de las masacres de Al Qaeda y esas masacres son parte esencial de los vídeos. Por tanto, es un acto de irresponsabilidad criminal por parte de los medios occidentales la forma acrítica, rutinaria y convencional en que se difunden las llamadas al crimen del cabecilla árabe. Y todavía más el papel que viene jugando la cadena qatarí Al Yazira desde el 11 de Septiembre, que en lo esencial es de difusión y propaganda de Ben Laden, es decir, de colaboración con el terrorismo. Esa cadena de televisión es la base más importante de Al Qaeda, infinitamente más eficaz, perniciosa y ofensiva para las víctimas pasadas y futuras del terrorismo islámico. Sorprende, pues, que no haya sido tratada desde el comienzo de la guerra como objetivo militar, ni político ni informativo. Es uno de los puntos más débiles de Occidente. El único en el que esta guerra, que ha de ser militar política e informativa, se está perdiendo.
Hay que abrir un gran debate sobre la forma en que, a mi juicio, deben controlarse y censurarse las imágenes de propagandas emitidas o remitidas –con Al Yazira es lo mismo– por el cabecilla terrorista más peligroso del mundo. Hablamos de censura, sí, porque de eso se trata. Los ingleses en 1942 hubieran considerado un insulto a su país y a los muertos por las bombas alemanas que la BBC emitiera los discursos de Hitler glorificando a sus asesinos y reclutando otros nuevos mediante la propaganda. Nunca emitieron imágenes de origen nazi sin cribarlas severamente y editarlas políticamente. Si Churchill hizo bien, no entendemos por qué las víctimas de Ben Laden deben seguir siendo injuriadas por este matarife con turbante. ¿Qué sería peor, la animosidad de los medios de comunicación por privarles de su material informativo? ¿Peor... para quién? Los norteamericanos no se han perdido nada por no ver en su TV al asesino de las Torres Gemelas felicitándose por su hazaña. En el resto del mundo, en cambio, uno tiene la impresión de que en todo lo referido a información sobre la guerra antiterrorista hemos perdido el sentido común y la vergüenza.
Sin embargo, estamos en una guerra. Y olvidarlo llevaría a perderla. Reflexionemos, pues.
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