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Columna publicada el 14-08-2002
Hace veinte años, los mejores nicaragüenses se dejaban la vida en las quebradas y valles del Norte luchando contra la dictadura comunista en ciernes. Si Nicaragua no tiene hoy un régimen como el cubano, del que era fámulo y émulo el de Daniel Ortega, se lo debe a los diez mil soldados de la “Contra” que murieron en combate abierto, en turbias emboscadas por los pasos que desde la frontera de Honduras llevaban a los “contras” a los frentes difusos de la guerra civil o fueron simplemente asesinados en las cárceles por los secuaces de Tomás Borge, Lenín Cerna y demás querubes del marxismo-leninismo bendecidos por Ernesto Cardenal y otros clérigos de la Teología de la Liberación. Obando salvó el honor de la Iglesia en aquel trance y probablemente también a su país. Pero sólo del comunismo. De la corrupción no hay quien lo salve. Por lo visto, para muchos políticos nicaragüenses es más fácil dejarse matar que dejar de robar.
Aquel heroico sacrificio de una generación de liberales y demócratas nicaragüenses terminó casi por sorpresa en unas elecciones convocadas por los sandinistas en la seguridad de ganarlas y que, sin embargo, perdieron. A trancas y barrancas, tomados por sorpresa, dejaron el Gobierno, que no el Poder. Violeta Chamorro tuvo la ocasión de liquidar ejemplarmente la estructura dictatorial con base militar creada por el sandinismo pero prefirió que sus hijos –líderes de los dos bandos “nicas”– hicieran las paces o al menos compartieran el poder. Humberto Ortega siguió al frente de un ejército de partido y los Nueve Comandantes se dedicaron, simplemente, a robar. “La Piñata” fue el nombre popular del atraco de las propiedades y bienes de antiguos somocistas que Ortega y sus cuates se apropiaron y nunca devolvieron. Los sandinistas permitieron gobernar a medias siempre que les dejaran robar. Y los que mandaban pero menos, por culpa de los sandinistas, decidieron compensarse a sí mismos robando más. Si en los primeros gobiernos antisandinistas la corrupción parecía un mal menor, un mecanismo de control de la Oposición, cuando llegó a la Presidencia “El Gordo”, Arnoldo Alemán, la corrupción fue simplemente un reto entre izquierdas y derechas en el que los llamados liberales del PLC han demostrado una voracidad digna de los tiburones que hace tiempo se retiró a pescar Edén Pastora, el pintoresco y olvidado “Comandante Cero”.
Por muy poco no volvieron los sandinistas al poder en las últimas elecciones. Pero Bolaños, el vencedor, se ha encontrado, Justicia mediante, con las cuentas de “Gordoman”, a cuyo lado las del Gran Capitán son minutas de faquir, salarios de hambre y resignación. Desde su boda en el Biltmore Hotel de Coral Gables (Florida), dos aviones de invitados a cuenta del Presupuesto Nica, todas las variantes más entrañables de la corrupción han sido objeto de práctica y deporte entre los Alemán. Una docena de familiares y medio gabinete presidencial afrontan denuncias por decenas de millones de dólares. Pero lo peor de la corrupción estaba por llegar.
Bolaños necesita 47 votos para privar de inmunidad parlamentaria y juzgar al “Gordo”. Los 37 escaños sandinistas no bastan. Y el grupo del Partido Liberal Constitucionalista, fiel a Alemán, tras proclamar que todos roban, ha cerrado el Parlamento por tres semanas, de momento, para pactar inmunidades e impunidades con “Piñatín”, jefe de la banda sandinista. El escándalo es total. El descrédito de la democracia, absoluto. Y difícilmente habría hoy diez mil “contras” dispuestos a morir por la libertad. Por la de robar, ciertamente, no.

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