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Columna publicada el 30-07-2001
Será muy difícil igualar el espectáculo de Alejandro Toledo en Macchu Picchu ante los dignatarios de medio mundo, con el presidente peruano jugando a emperador inca en una ceremonia grotesca a medio camino entre el Carnavalito de King Africa y las ofertas de verano de Disneyworld, con Madame Toledo en el papel de Pocahontas. Pero lo imponente del escenario y del disparate peruano no deberían oscurecer el mérito de su vecino Pastrana, que pocas horas después de asistir a la entronización andina se disfrazó de futbolista con el uniforme de la selección nacional, se condecoró a sí mismo con la medalla de oro de la Copa América como si fuera del equipo de Pacho Maturana y, perfectamente lacado, dio algunos saltitos en la tribuna instalada en el césped del estadio bogotano. Lo que va de un presidente aficionado a un forofo futbolero lo habíamos visto en sendos mundiales: Pertini en el de España y Chirac en el de Francia, peana del culto renovado a Zinedine Zidane. Pero Chirac no pasó de la bufanda en el palco y no bajó a condecorarse al césped. Pastrana, identificado siempre con el banquillo de los suplentes, se atrevió. Cómo no.
El atildado inquilino de Nariño decidió convertir la cuadragésima edición de la Copa América en un escaparate de su política de “pacificación”, que tanto éxito está proporcionando a “Tirofijo”. La selección de Argentina y la mitad de los titulares de Brasil no acudieron por falta de seguridad, acreditada durante las semanas de tediosas eliminatorias con el secuestro de un grupo de empresarios por las FARC en pleno centro de una ciudad, suceso heroicamente disculpado por Pastrana porque “no era seguro” que se los hubiesen llevado a esa inmensa Zona de Exclusión, grande como Suiza, que él les ha regalado para que se sientan cómodos. ¡Y vaya si lo están! Pero como el interminable torneo -el de peor fútbol en su historia- debía terminar alguna vez y aprovechando que Colombia -en un horroroso partido frente a México- se proclamaba campeón, Pastrana decidió darse un bañito de multitudes hemisféricas cautivas del televisor y se colocó una impecable camiseta amarilla tras imponer que la selección saliera con una blanca y un letrerito de paz al campo de juego, acordonado por el ejército hasta el banderín de córner.
Un presidente empeñado en no hacer de presidente debe disfrazarse de muchas cosas. Pero ocupar el banquillo de un equipo y pisar el césped sólo para las medallas es, más que disfraz, autodefinición. Por cierto: dos paracaidistas del numerito inaugural cayeron sobre el campo con el partido ya comenzado y casi matan a un fotógrafo. Las víctimas del circo suelen ser reales.

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