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Pedro-Ché Sánchez-Iceta: crear 1, 2, 3… 17 PSC

La estrategia del PSOE-PSC de Sánchez-Iceta es la misma que la de Podemos: reforzar al nacionalismo para echar al PP y llegar al Poder para acabar con España y la Libertad.

Pedro Sánchez y Miquel Iceta | EFE

El siniestro asesino, redomado ignorante y homófobo patológico Ernesto Guevara, conocido como "el Che", puso de moda hace medio siglo, poco antes de que Fidel Castro lo secuestrara dos años y lo mandara a morir en Bolivia, una frase con enorme éxito mediático y estudiantil en la resaca del Mayo del 68: "para derrotar al imperialismo capitalista" -decía este sicario del imperialismo comunista- "hay que crear 1, 2, 3… ¡muchos Vietnam!". Así, con los números en vez de los ordinales, la imagen del apuesto desalmado argentino, alumbró la creación en América y Europa de decenas de grupos terroristas -respaldados por la URSS y Cuba desde la Conferencia Tricontinental de La Habana- cuyo fin era el de empantanar, por cantidad si no por calidad militar, en muchas guerras pequeñas a las débiles democracias occidentales, con los USA a la cabeza, cuyos ejércitos caerían en unas rojas arenas movedizas que los engullirían para siempre.

Tigres de papel y leones de cartón

La década de los 70 puso a prueba esta teoría, que se saldó con la destrucción de muchas democracias en Iberoamérica, alguna tan antigua como la chilena, sustituidas por dictaduras militares que se mostraron más capaces de derrotar a las guerrillas urbanas o campesinas comunistas que las estructuras, a menudo corrompidas, del Estado de Derecho. Junto a las guerrillas de inspiración guevarista, desaparecieron, sin embargo, cientos de miles de vidas y la idea de que cabe defender juntas libertad y seguridad. Las guerrillas maoístas -las más importantes, la camboyana de los jemeres rojos y la peruana de Sendero Luminoso- y trotskistas -esos stalinistas sin suerte- formaron parte, de hecho, del mismo foquismo guevarista, un caos de guerrillas y contraguerrillas en el que naufragaba el Estado de Derecho y que en Nicaragua llegó al poder con los sandinistas y en el Salvador estuvo a punto de lograrlo con el Frente Farabundo Martí, ambos legitimados por el centón de curas guerrilleros -y asesinos- de la Teología de la Liberación.

Pero ni el imperialismo capitalista era, como dijo Mao, un "tigre de papel", ni los imitadores a la vietnamita del Che pasaron de gatos de cartón. Destruyeron países enteros en la década de los 70, claramente roja, pero la de los 80, nítidamente azul, acabó en la caída del Muro, que alumbró un escenario terrible: pobreza, terror y mentira. Eso era el "socialismo real", o sea, el comunismo.

Hago este excurso porque, casi veinte años después de la caída del Muro, un partido comunista que desprecia el eurocomunismo del PCI y el PCE de los 70 -que tanto ayudó a la llegada de la democracia a España- y que ha vuelto a la sanguinaria vía del Che, los Castro, Chávez y las FARC, tiene tres veces más apoyo electoral que el de Carrillo y Tamames de 1977 y está en condiciones de fagocitar al PSOE, como quiso desde 1934 y logró en 1936, para convertirlo en cómplice de un proyecto dictatorial comunista, con la ayuda, igual que entonces, de los separatistas catalanes y vascos.

De Largo Caballero a los hijos de Zapatero

Pero hay una diferencia esencial entre aquel proyecto totalitario del PSOE de Largo Caballero y Prieto para la bolchevización del PSOE que acabó fatalmente en la Guerra Civil y el nuevo proyecto para liquidar el régimen constitucional, ayer republicano, hoy monárquico, que pone en marcha el PSOE de Zapatero en 2004 -sin un Besteiro enfrente- y que desemboca en dos ramas: Podemos y el PSOE de Sánchez. El problema esencial de España no es hoy de carácter social sino nacional, y el arma para asaltar el poder no es la dictadura del proletariado sino la liquidación de la soberanía nacional mediante el pacto de la Izquierda y el separatismo.

Durante la II República, los comunistas y socialistas catalanes siguieron el modelo de Lenin y Stalin para desestabilizar Rusia y cualquier país europeo: convertir la lucha de clases en guerra civil y apoyar todos los movimientos nacionalistas que debilitan internamente al Estado. Y eso es lo que hacen Maurín con su organización catalano-balear flanqueando el PCE y más tarde el PSUC: unir a la lucha revolucionaria y guerracivilista propiamente comunista los sectores más radicales del separatismo catalán.

Stalin, el genocida bolchevique de su Georgia natal por ser el único Estado de abrumadora hegemonía menchevique, tenía por los derechos de las nacionalidades sin Estado el mismo respeto que por las que sí tenían Estado: ninguno. Era una forma de dividir al enemigo para luego recuperar los fragmentos y unirlos bajo su férula. El problema en Cataluña y, todavía más, en el País Vasco, era que el separatismo antiespañol tenía una fuerte raíz conservadora y católica, que odiaba al liberalismo casi tanto como al socialismo. El único lazo era el magma revolucionario de la CNT -Companys había sido abogado de su brazo terrorista, los pistoleros de la FAI- pero nunca cuajó en un movimiento unitario, ni antes ni durante la Guerra Civil. De hecho, como ridiculiza Azaña en sus Memorias y La Velada en Benicarló, el Eje Bilbao-Barcelona o Aguirre-Companys fue una de las claves de la desunión del Gobierno del Frente Popular. Por cierto, cuidadosamente ocultada tras el franquismo.

La otra, más conocida, fue la hegemonía comunista, gracias a los soviéticos, en el Ejército Popular, que no pudo cambiar el signo de la guerra, favorable al bando nacional pese a su débil posición inicial, pero sí concitó tal animadversión entre los demás partidos que ni siquiera Negrín pudo fusionar el PCE y el PSOE y acabó siendo derrocado por el Golpe de Casado, con el socialista Besteiro y el anarquista Cipriano Mera como jefes político y militar, dispuestos a rendirse antes que seguir sacrificando, sólo al servicio de Stalin, a miles de jóvenes españoles en una guerra ya perdida.

La izquierda catalana y el separatismo

Hoy, la 'democracia de nuevo tipo', como llamaban los comunistas al régimen que podía salir de la guerra, no tiene una izquierda hegemónica y unos separatistas de complemento, sino al revés. El factor desestabilizador es el separatismo, el vasco hasta final de 2011 -mayoría absoluta del PP- y desde 2012, el catalán. Pero cuando el PSUC se sumó al nacionalismo -el pujolismo-leninismo-, el PSC se hizo siervo de Pujol y ERC. Y es el PSC el que domina el PSOE y la Izquierda en general, colocando a Zapatero contra Bono y Rosa Díez en 2002 y ahora a Sánchez frente a Susana Díaz.

Zapatero lo agradeció con el Estatuto de Cataluña, base de la deriva radical de Convergencia; y Sánchez asumiendo el plan del PSC de Iceta de la "plurinacionalidad" de España, que es liquidar el régimen constitucional por otro dizque "federal" o "abierto", o sea, un caos abocado a la violencia. Para ello, el PSOE debe convertirse en el PSC y 16 'pesecitos', uno por autonomía. Y eso es lo que hará Sánchez y aplaude Iceta, que ayer en ABC disimulaba presentándose como enemigo del nacionalismo. Si lo es, ¿por qué no reforzar el Estado central en vez de disolverlo en 17 soberanías?

La estrategia del PSOE-PSC de Sánchez-Iceta es la misma que la de Podemos: reforzar al nacionalismo para echar al PP y llegar al Poder con un Proyecto Constituyente para "perfeccionar" la Carta Magna de 1978, en realidad para acabar con España y la Libertad. Eso supondrá disolver el PSOE en 17 taifas y entregar el proceso constituyente a Podemos. Porque, la verdad, para evitar el negro fin del anticristo boliviano, yo veo mejor preparado a 'Chepas' Iglesias que a Pedro-Ché Sánchez-Iceta. Perderá su Moción pero le han entregado la Nación.

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