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Columna publicada el 18-02-2004
Una de las prerrogativas irrenunciables de la soberanía nacional es el ejercicio pleno de las funciones como Estado de un país y la obligación de los demás Estados de aceptarlo. Pero cuando un país no se reconoce a sí mismo como Estado, está en trance de perder su soberanía o la ha perdido ya. Si en Melilla no ha sucedido eso todavía, no será por la gallarda actitud de Imbroda, su presidente, que acaba de protagonizar uno de los episodios más miserables y ridículos desde el de la agresión, reconquista y amortización barata de Perejil, el último, que no el único, ataque marroquí dentro de su pretensión de anexionarse Ceuta, Melilla y las Islas Canarias. El Sahara Español se lo anexionaron ya.
El embajador de Israel ha cursado una visita a la antiquísima ciudad española, y una organización islámica formada por melillenses pero, más que verosímilmente, ligada a Marruecos, ha proclamado que semejante visita era “una provocación”. ¿Y en qué ha consistido esa provocación? En visitar Melilla creyendo, al parecer erróneamente, que en España está garantizada la libre circulación de personas, diplomáticos incluidos. Lo normal en las autoridades habría sido recordar con severidad a los musulmanes que ninguna confesión religiosa puede servir de plataforma o excusa para atropellar las libertades cívicas. Y que la pretensión de condicionar la política exterior de España, que mantiene relaciones plenas con el Estado de Israel, no sólo es impropia de ciudadanos sino que se hace acreedora de sanción y, si insiste en negar las libertades, de disolución.
Pero Imbroda se ha apresurado a obedecer a los musulmanes melillenses y, tras negarse a cualquier entrevista con el embajador israelí “por problemas de agenda”, ha dicho que su visita era “inoportuna”. Por lo visto, es mucho más oportuno el ejercicio de la coacción al mejor estilo batasuno o filoetarra, como han hecho esos musulmanes. Pero como la cobardía suele adornarse de cursilería, Imbroda ha creído oportuno justificar su rechazo a las declaraciones del embajador que ha comparado, con toda razón, la valla que separa a Melilla de Marruecos con la que proyecta levantar Israel para defenderse de los terroristas palestinos y musulmanes. “Estamos en España —ha dicho— y a esta ciudad puede venir cualquiera que tenga los permisos y papeles adecuados.” “Tenemos una sociedad que es un caleidoscopio de matices y esos matices hay que verlos”. Por lo visto, entre los permisos adecuados está el de los musulmanes si la visita es de un judío. Por lo visto, entre los “matices”, no está el respeto a la ley y a la libertad de los judíos. Sucede, sin embargo, que hace siglos que los judíos viven en Melilla bajo soberanía española y, según el propio Imbroda, “la comunidad judía es ejemplar en lo social, en lo cultural y en la convivencia; y no olvidemos que son judíos españoles como los musulmanes son musulmanes españoles. No olvidemos eso nunca”. Él sí lo ha olvidado. Los musulmanes que han atacado al embajador israelí no han actuado como españoles, sino como musulmanes, entre marroquíes y palestinos. Y los judíos melillenses no han sido tratados por Imbroda como españoles con los mismos derechos que los demás, sino como ciudadanos de segunda, a expensas de los permisos de los musulmanes.

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