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Columna publicada el 01-09-2001
Si hay un elemento clave que resume la actual situación en el continente americano, y especialmente el dramático derrotero de la veintena de repúblicas iberoamericanas, ése es el de la migración masiva hacia el Norte. Pero no hacia una dirección, una zona o una actividad económica determinadas; lo que se busca es un Estado, una sociedad, un país, un modelo económico y político que se considera inalcanzable y, tal vez por eso mismo, deseable: los Estados Unidos de Norteamérica. Uno tiene la impresión de que, si pudieran, trescientos millones de hispanos se meterían de golpe en el magno solar que ahora disfrutan menos de trescientos millones de norteamericanos, a los que tal vez habría que restar los cuarenta millones de hispanos, legales o ilegales, ya instalados allí, la mitad en la última década.
Más que ante el evidente éxito de un sistema y de un país, los USA, estamos comprobando el dramático fracaso de una veintena de países, los iberoamericanos, en los que la corrupción, la violencia, la inseguridad, la falta de libertad y la irresponsabilidad generalizada de las clases dirigentes –políticas, empresariales, intelectuales, religiosas– ha cegado de tal forma el horizonte vital de las capas más activas y ambiciosas de esos países que les está empujando a esa migración, a ese transterramiento masivo, sólo relativamente voluntario.
Pero lo que emigra, por definición, es lo más valioso de esas sociedades. Y lo que lo expulsa es lo peor, tanto en lo físimo como en lo moral. Se trata del pavoroso hundimiento de unas instituciones y unos valores esenciales –libertad, igualdad propiedad– que, en vez de tener la protección del Estado, son atropelladas sistemáticamente por él o desde él. No van los iberoamericanos que se mudan al Norte en busca de menos Estado, sino de un Estado cuyos límites sean precisos y dentro de los cuales se asegure, siquiera mínimamente, el respeto a la vida, a la propiedad privada, al ahorro, a la prosperidad material y a un futuro para las generaciones venideras. Se busca sólo eso: trabajar duramente a cambio de resultados modestamente tangibles y de un cierto sueño de prosperidad familiar y social. Nada que en teoría no pudieran alcanzar en sus países de origen. Nada que de hecho, vean que pueden alcanzar.
Un liberal cegato –que los hay– diría que los iberoamericanos buscan una sociedad y un mercado libres, huyendo de un Estado asfixiante. Pero el Estado es fortísimo en los USA. Y al habitante de México DF o de Caracas al que roban dos o tres veces al año y a los miles de colombianos secuestrados o asesinados, no les habría molestado tener un Estado capaz de reprimir seriamente la delincuencia. A los ahorradores argentinos no les vendría mal un Legislativo severo que no arruinase sistemáticamente sus ahorros con devaluaciones encubiertas y presupuestos faraónicos. A peruanos, guatemaltecos o ecuatorianos les gustaría contar con un Poder Judicial independiente. ¿Y los cubanos? ¿Qué no darían por tener un Estado liberal-democrático en vez de la interminable satrapía terrorista de un caudillo antropófago? En Iberoamérica fallan la sociedad y el Estado, la política y la ética, la economía y casi todo lo demás, excepto la capacidad reproductora. Y lo absurdo es que, tras el hundimiento del Imperio Soviético, no hay realmente ninguna fatalidad geoestratégica que impida cualquier cambio a mejor, véase la caída del PRI.
Pero el problema continental de Sur a Norte es tan grave que obliga a reaccionar ya. En rigor, muchos millones están reaccionando: son los que votan con los pies, los que van, a trancas y barrancas, buscando el Norte. No sólo el de los mapas. Como la sociedad no cambia, no muda, se mudan ellos. O como suele decirse muy gráficamente: se mandan mudar.

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