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Columna publicada el 18-05-2003
La masacre de Casablanca, encadenada con la de Chechenia y la de Riad, han puesto de nuevo en el primer plano informativo y político al terrorismo islámico y, puesto que esa amenaza es la clave de todo lo que ha sucedido en el mundo desde el 11-S, resulta lógico que acabe siendo herramienta de debate electoral. Ahora bien, cuando un partido se plantea una situación en la que el terrorismo ocupa un papel central debe elegir entre dos posturas:
combatirlo o negociar con él. Opere bajo las siglas de ETA o de Al-Qaeda, del separatismo o del islamismo, cualquier partido político occidental debe definirse ante lo que, sin duda, es la cuestión esencial que se plantea hoy en el mundo y que va seguir planteándose en los próximos años. Cuál será el resultado de esta guerra, no lo sabemos. Pero que esta guerra terrorista contra Occidente y de Occidente contra el terrorismo islámico continuará, no ofrece la menor duda.
Por eso, aunque resulte lamentable que la izquierda española y una abrumadora mayoría de medios de comunicación hayan convertido las elecciones municipales y autonómicas del 25-M en un plebiscito sobre la política del Gobierno Aznar en la guerra de los países occidentales contra el terrorismo islámico, cuyos últimos episodios han sido la guerra de Afganistán y la de Irak, es inevitable que a la hora de depositar su voto en las urnas los ciudadanos españoles lo hagan pensando en esa amenaza, que está al otro lado del Estrecho y a éste, que no puede soslayarse y que tampoco cabe camuflar o disimular.
Si Aznar quería darle la vuelta a la opinión pública nacional, entre
miedosa y atemorizada por la Izquierda “pacifista”, los atentados de
Casablanca actualizan sus razones para respaldar a los USA en la guerra contra el terrorismo islámico. Si Zapatero y los comunistas querían que el odio a los USA y el miedo al terrorismo islámico, presentado por ellos como justa venganza contra Occidente, fuera el catalizador del voto, también pueden volver a hacerlo. Por supuesto, es mentira que los atentados de Casablanca, Chechenia o Riad sean una respuesta a la guerra de Irak, ni siquiera a la de Afganistán. El 11-S es muy anterior y mucho más salvaje que cualquiera de las masacres posteriores, incluida la de Bali. En ese sentido, la utilización contra Aznar y contra Bush del miedo al terrorismo islámico, como si fueran ellos los que lo producen, es repugnante, miserable e inmoral.
Pero tiene lógica. Si Llamazares prefiere unirse a ETA y al PNV antes que al Gobierno de España en la lucha contra el terrorismo y el separatismo vascos, es lógico que defienda o disculpe a los terroristas islámicos y culpe a Bush, Blair y Aznar de los atentados de Casablanca. Y si el PP cree que hay que luchar sin cuartel contra ETA, es lógico que se una a los USA contra los terroristas islámicos de ayer, hoy y mañana. Es el PSOE el que tiene que
aclararse. Y es evidente que tiene una última oportunidad para cultivar la demagogia pacifista del “No a la guerra” frente a la firmeza en la lucha contra el terrorismo, incluido el recurso a la guerra cuando sea menester.
Si a ocho días del 25-M las cosas estaban particularmente complicadas, los nuevos atentados islamistas acaban de complicarlas todavía más. La gran cuestión es si dentro de siete días los votantes españoles acabarán eligiendo el águila o el avestruz. Pero que van a tener que elegir, ya no cabe duda. Ah, y de paso, concejales.

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