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Estatuto

Un ambiente de fin de Régimen

Los artículos de fondo y las encuestas de opinión publicadas por los periódicos en este último domingo de enero parecen teñidos de color sepia, instalados en la bruma, con un aire friolento y desolado, como si asistiéramos conscientemente al final de una época sin saber qué época vamos a estrenar. Y no es de extrañar que parezca eso porque precisamente eso es lo que sucede. La concreción del pacto de Zapatero con los nacionalistas catalanes, la disciplina total en el partido y la férrea defensa de todo, hasta de lo indefendible, por parte del "intelectual colectivo" de la Izquierda, que es el Imperio mediático de Polanco, han convencido a buena parte de los medios, prácticamente a todos, de algo que hasta ahora sólo algunos habíamos planteado: que el régimen constitucional español nacido en 1978 está muerto. Aún no hay fecha exacta para el entierro, pero el cadáver está siendo velado por una derecha atormentada, un centro tan despistado como acostumbra y una izquierda entre piafante y perpleja, que no se atreve a cantar victoria porque salvo el triunfo del sectarismo no hay nada que cantar. Y hay fundados temores de que la secta puede cargarse, con la nación, el propio PSOE.
 
Sin embargo, con la izquierda española sucede lo mismo que con el que, en los años aciagos de la guerra civil fue su mentor, Josif Stalin. A su muerte corrió un chiste por la URSS que se parecía peligrosamente a la realidad de los siervos del comunismo:
 
            -¡Stalin ha muerto!
            -Sí, pero ¡a ver quién se lo dice!
 
El régimen de terror intelectual y pancismo partidista que ha instaurado Polanco en la Izquierda española ha acabado con cualquier pretensión crítica dentro del PSOE y ha anestesiado a las conciencias que se tenía por despiertas, incluso por moralmente insomnes. Ni una sola voz de peso dentro del socialismo ni del comunismo españoles se ha levantado contra el acuerdo más infame que presidente español alguno haya firmado con otros conciudadanos, puesto que su fin es desmantelar nada menos que la propia España. Se acaba con la igualdad y la solidaridad. No importa: la Izquierda traga. Se acaba con la nación y con la libertad. No importa: la Izquierda traga. Se va a perseguir oficialmente en Cataluña a los que usan el idioma común, por añadidura los españoles de origen más humilde. No importa: la Izquierda traga. Se publica un estudio del CGPJ y el Gobierno recibe el dictamen pedido al Consejo de Estado sobre la reforma de la Constitución, en el que se dice que el Gobierno debe hacer exactamente lo contrario de lo que está haciendo: reforzar y blindar las competencias irrenunciables del Estado. Pues bien, Zapatero blinda las competencias de Cataluña en un Estatuto que liquida en la práctica la Constitución y dice que hará caso omiso del dictamen del Consejo. Y es que, haga lo que haga, no importa: la Izquierda traga. Ahora, Cataluña. Mañana, el País Vasco. Pasado mañana, Galicia, Canarias, Andalucía... hasta el colapso del régimen y la crisis terminal de la propia España.
 
Una deriva de este género sólo se puede mantener en un clima revolucionario donde las leyes de ayer ya no existan y las de mañana se vayan haciendo sobre la marcha, a medida que se destruyan o neutralicen los obstáculos a la revolución en marcha. La derecha empieza a ser consciente de que el plan para su exterminio ya ha comenzado. Pero aún no tiene plan de resistencia política, dando por hecho que su base social sigue intacta y decidida a movilizarse. Pero mientras unos afilan el hacha y otros se abrigan el cuello, nadie sabe muy bien qué va a pasar. Sólo que todo va a cambiar y no sabemos cómo. Mientras, la nieve invita a meterse en la cama, bajo las mantas, y dejar que pase lo que tenga que pasar. En realidad, es lo que lleva haciendo España hace varios años. Con los resultados que, incluso con los ojos cerrados, podemos contemplar.

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