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Columna publicada el 08-01-2004
Ha tardado poco Mariano Rajoy en comparecer ante la opinión pública en hábito electoral. Sin dar titulares llamativos, porque parece que el PP tiene una guerra declarada a la brillantez dialéctica incluso cuando se trata de dialécticos brillantes (como ha demostrado que puede serlo el pentaministro y exvicepresidente), el candidato del PP ha desarrollado sin agobios la primera de las muchas apariciones que debe multiplicar de aquí a las Generales de marzo para ganarse el voto de los ciudadanos; y lo ha hecho en un tono tranquilo, el suyo, pero sin rehuir el cuerpo a cuerpo con Zapatero y el PSOE. Aunque habrá que ver el desarrollo de la campaña, es una buena señal que en sus declaraciones Rajoy no se haya abonado al aguachirle centristoide y descafeinado que tanto gusta a la Derecha, sobre todo en período electoral. En su caso, sería contraproducente por partida doble, porque de lo que tiene que convencer Rajoy a los votantes del PP, a los diez millones que le dieron la mayoría absoluta a Aznar en el 2000, es de que como líder político y como posible presidente del Gobierno garantiza la continuidad de dos cosas absolutamente esenciales: la primera, la de la Nación y la Constitución; la segunda, de la política económica que ha cambiado para bien la estructura económica española en estos ocho años.
La continuidad en materia de Gobierno no es algo que necesite un gran esfuerzo expositivo por parte de Rajoy. Lo hemos visto en la crisis del Prestige y en la guerra de Irak, haciendo frente junto a Aznar a una situación de auténtico golpe de estado civil que trataba de echar al PP del poder como fuera, y a ser posible sin pasar por las urnas. En esos meses terribles es donde Rajoy se ganó la candidatura presidencial y no hace falta decir que la experiencia y la solvencia que transmite es infinitamente superior a la de Zapatero. Sin embargo, un buen gobernante no tiene que ser necesariamente un líder político, y la derecha española, para conseguir el respaldo de la mayoría absoluta de los votantes, tiene que convencernos de que la izquierda pone en peligro todo lo importante y de que Rajoy es el hombre capaz de impedirlo. Un cierto providencialismo se torna inevitable cuando la Oposición juega al Apocalipsis.
La derecha de hace ocho años se preocupaba sobre todo de no asustar. A sí misma, en primer lugar. Pero desde hace cuatro su preocupación debería ser la de mantener la confianza de esa mayoría ciudadana que ve en el PSOE una gestión económica peor que la del PP y que puede ver en Zapatero un peligro para la continuidad nacional, si es que Rajoy nos convence de que realmente lo es y de que él es la alternativa fiable y necesaria. De momento, parece que no le pesa la responsabilidad, pero la campaña es larga y habrá que ver si mantiene el ánimo. Liderazgo político sobre capacidad de gestión: he ahí el reto de Rajoy. Sólo si él se cree un líder nacional conseguirá que se lo crean los demás.

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