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Columna publicada el 17-03-2001
Eduardo Gil Bera ha publicado muy recientemente “Baroja o el miedo” que Ediciones Península subtitula, anglosabobamente, “Biografía no autorizada”. Salvo que la Sociedad General de Autores haya abierto negociado en el Más Allá, parece imposible que Baroja pueda autorizar ni desautorizar nada. Cierto que el amor al dinero de la estirpe barojiana es proverbial, pero no les creemos capaces de emplear a San Pedro como agente literario. Si querían decirnos que la biografía es poco respetuosa con Baroja, el título basta. Es la clave de medio libro: un niño enfermo de miedo; un adulto aterrado por todo y por todos que nunca dejó de ser niño. Quizás Bera polemiza en exceso sobre una tara psicológica de la que Baroja no tenía demasiada culpa. Otra cosa es su ocultación.
Pero es más interesante el otro medio libro, el que cuenta la construcción del personaje Baroja, entrecomillado “Baroja” para distinguirlo del real, un escritor excepcional (para mí, no para Bera), pero también un despreciable embustero, un retorcido ególatra, un intelectual con méritos sobrados para figurar en la estirpe de publicistas siniestros, estafadores morales y demagogos sin escrúpulos que Paul Johnson describió en “Intelectuales”: Rousseau, Marx, Brecht, Hemingway, Sartre...
Si el “Baroja” rencoroso, avaro, egoísta, misógino, y envidioso de cualquier éxito ajeno que retrata Gil Bera pulveriza la imagen de sabio en zapatillas, amigo sólo de la verdad, ajeno a glorias materiales y vanidades mundanas, es decir, la imagen que él mismo creó y que se ha transmitido exitosamente hasta nuestros días, lo apabullante es su faceta ideológica, la del escritor de periódicos que opina sobre la política española. Baroja es capaz de defender con total desparpajo una cosa y la opuesta, con diferencia de meses o de días. No vacila nunca ante la apología de la violencia... siempre que en ese instante le interese. Lo único que, junto al antisemitismo, mantiene inalterable en su obra (hasta el fin de la II Guerra Mundial, claro) es su aversión a los valores de la democracia liberal.
Baroja pasó de exaltar el terrorismo anarquista –“el único joven de España” llama al terrorista Mateo Morral, magnicida frustrado de Alfonso XIII-- y formar en las legiones del peor Lerrroux, el “Emperador del Paralelo”, a jugar al bolchevismo o bendecir la Alemania hitleriana. Además de a Lerroux, elogió o crucificó, según el momento y la ocasión, a Primo de Rivera, a los diversos jerifaltes de la República, a los dos bandos en guerra, al franquismo y a lo que fuera menester. "Baroja" abominó de la política profesional... pero sólo después de fracasar como candidato a concejal madrileño. “Baroja” es, en rigor, un típico ejemplar de “intelectual progresista” forjado en la impostura sistemática y el autobombo implacable. Dirán ahora algunos que “esas cosas de Baroja, ya se sabían”. Querrán decir que se ocultaban. Todas juntas y otras muchas nuevas, hasta ahora, no las había firmado nadie.
Como Gregorio Morán en su libro sobre Ortega o Alonso de los Ríos en el suyo sobre Tierno, Gil Bera está siendo ninguneado por los albaceas universitarios del mito y los escribas domingueros del común. Cabe reprocharle que se enfangue en plagios poco relevantes para el conjunto de la obra o en reticencias psicológicas nacidas del cuerpo a cuerpo del ensayista con su objeto, inevitables, pero que un buen editor habría limitado. Cien páginas menos y el libro sería aún mejor. Con todo, lo más injusto sería ocultar que Gil Bera es un magnífico escritor. Uno de los mejores ensayistas españoles de los últimos años. Algo más que deberemos a ese, pese a todo, maravilloso escritor llamado Baroja. ¡Paradoxa (Nordau) de don Pío Paradox!

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