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Columna publicada el 25-05-2004
No creo que en toda la historia de España haya habido un solo rey o príncipe heredero capaz de decir públicamente, en un solemne discurso ante las casas reales de todo el mundo y ante una representación sustantiva de la sociedad española encabezada por la propia Familia Real, esta frase sorprendente: “soy un hombre feliz”. Al oírsela pronunciar con voz timbrada, fuerte, entre modesto y desafiante, en el banquete que nos han ofrecido a los invitados después de la ceremonia nupcial, me acordé de otra frase que Ricardo de la Cierva recordaba a propósito de las desventuras de los borbones reinantes en España durante las últimas décadas: “En esta familia no hay amor”. No sé si lo ha habido hasta ahora, aunque consta que muchas veces ha brillado por su ausencia, pero que hay amor en esa familia, por lo menos en la recién fundada por los Príncipes de Asturias, es indiscutible. Más aún: por inesperada y poco habitual en estos tiempos, la novedad así proclamada, sutil y refinada de puro vulgar, resulta casi emocionante.
Como la obligación de quienes escribimos de política es trascender las anécdotas para tratar de establecer categorías inteligibles en la vida pública, he creído ver en esa frase del que ojalá algún día llegue a ser Rey de España, una forma particular de afirmación personal e institucional. Cuando decía “soy un hombre feliz” me parecía entender: “sí, porque me caso con ella y porque lo he conseguido empeñándolo todo en ello”. Y por eso la frase, decía antes, sonaba modesta y desafiante. Modesta, porque el que se proclama enamorado y feliz publica su fragilidad, su debilidad, su rendición al destino. Desafiante, porque ese amor ha alcanzado este día, el día de la boda, pese a todos los elementos en contra. Los objetivos y los subjetivos, los familiares e institucionales, los de la lógica y los de la razón. A todos se ha impuesto este hombre enamorado que, por el azar de un destino que asume con sincera convicción, está llamado a ser Rey de España.
Sobre esa afirmación personal a través de su boda, de ese amor que quizás ha echado en falta a su alrededor en ciertos momentos de su vida, ha insistido en tres conceptos: familia, responsabilidad y España. Son los mismos que en su homilía de la Catedral de la Almudena remarcó el Cardenal Rouco. Son tres cargas pesadas, aunque livianas para el enamorado, que el Príncipe, los Príncipes asumen felices porque no se sienten solos, sino acompañados para siempre. La compañía y el afecto del pueblo español tampoco ha de faltarles si cumplen su compromiso. Porque España, nuestra nación, merece ser feliz o, al menos, que la sirvan con amor y entrega los que deben hacerlo. El Príncipe de Asturias, ese “hombre feliz”, parece dispuesto a ello como nunca en su vida. Ojalá no debamos volver a recordar dentro de algún tiempo la frase terrible: “en esta familia no hay amor”. Porque ahora no sólo lo hay sino que Felipe ha conseguido que parezca que no hay otra cosa. Nunca deja de darnos sorpresas la historia de España.

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