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Columna publicada el 10-01-2003
Hace apenas año y medio, entre la melopea y la resaca de la mayoría absoluta, en el PP se daba por hecho que Esperanza Aguirre sería la sucesora natural de Álvarez del Manzano como candidata a la alcaldía de Madrid y que Alberto Ruiz Gallardón, el enemigo íntimo de Aznar y amigo íntimo de Polanco estaba amortizado para el partido y tenía en Pío García Escudero el sustituto más probable para optar a la Comunidad. Tan claro era el designio de Aznar y tan asumido lo tenía el partido que las dos opciones que se contemplaban acerca del futuro de Gallardón (y que contemplaba él mismo) eran su abandono de la política ante la falta de respaldo de Aznar y del partido o bien la creación de un pequeño partido de centro que, con los votos del PP o, preferiblemente, del PSOE, garantizaría su continuidad al frente de la autonomía madrileña. ¿Qué ha pasado en este tiempo para que nada menos que la señora de Aznar se lance a la política antes de que su marido deje la Moncloa y lo haga como segunda (o tercera, tanto da) del traidor por excelencia del PP? ¿Qué cambio se ha producido en Aznar y su entorno para cambiar radicalmente su política de relaciones y alianzas dentro y fuera del partido? ¿Por qué ahora y por qué Gallardón?
Con el tiempo, iremos teniendo respuestas a éstas y otras preguntas, porque nada en política suele permanecer oculto para siempre y los “siempres” no duran más que unos meses. Pero probablemente la primera interrogante que ayude a explicar este enigma sea ésta: ¿cuándo tomó Aznar la decisión de colocar la entrada en política de su señora a la sombra de Gallardón? Porque una de las primeras e interesadas brumas que la Moncloa y el PP han instalado con cierto éxito en la opinión pública es que la iniciativa partió de Ruiz Gallardón, algo sencillamente absurdo. Y, además falso. No sólo porque el propio presidente de la comunidad de Madrid dijera en privado pero en voz alta la frase “como comprenderás, eso no se me ha ocurrido a mí”, nada más hacer pública su supuesta oferta sino porque hacerla sin garantías de que iba a ser aceptada hubiera supuesto un ridículo y un bochorno insoportables para el altivo y soberbio amigo de Fefé. Sólo partiendo de que Aznar, los Aznar, querían recibir esa proposición pudo hacerla el ambicioso sucesor y amigote de Leguina. ¿Y por qué a Gallardón?
A mi juicio, pero esto es sólo una hipótesis, esta tortuosa (por retorcida) y oscura (por inexplicada) decisión sólo puede entederse a la sombra del espectacular cambio de amigos y costumbres que mostraron los Aznar en la boda del Escorial y de la rendición incondicional ante Polanco que de inmediato se produjo en la esfera mediática. A cambio de la “protección” del polanquismo en las primeras armas políticas de Ana Botella, el candidato polanquista a la sucesión de Aznar sería admitido como uno más de los aspirantes legítimos dentro del PP, borrando el estigma de desapego ideológico y traición personal que arrastraba Gallardón. El negocio es bueno para ambos. ¿Y para alguien más? Para muchos más, dentro y fuera de la familia presidencial, pero en todo caso, muy cerca. Miguel Ángel Cortés, uno de los “ahijados” de Ana Botella desde los tiempos de Valladolid y uno de los más rendidos servidores políticos de Polanco (se recuerda todavía su frenesí condecoratorio en la persona de Pancho González, el número dos de PRISA, así como la conducción de Polanco ante el Faraón en la creación de Seacex, el Cervantes de Cortés) tiene seguramente la clave de este secreto, que al final puede ser el de polichinela o el de la “carta robada” del cuento de Poe. Como se recordará, la mejor forma de esconderla que encontró el criminal era ponerla en el sitio más a la vista de la casa. Mientras nos explican el cuándo de la decisión, observemos el cómo y veamos si vale la pena votar el qué.

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