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Columna publicada el 07-10-2001
Ya no hay día en que no empeore la situación del Gobierno en el caso Gescartera. Y no porque se descubran nuevas dimensiones de la estafa sino porque cada vez aparecen más pruebas sobre el comportamiento inmoral y posiblemente delictivo de las personas y organismos encargados de vigilar el correcto funcionamiento del sistema financiero. El índice de la inmoralidad es la mentira. Y cada día descubrimos que todos mintieron más y que nos mintieron sobre más cosas. Por ejemplo, está empezando a calar en la opinión pública, diga lo que diga el CIS, el asunto de los regalitos de lujo que Camacho repartía entre los que por ley no pueden recibirlos. Del pañuelito olvidado que tal vez, nos decían, le pudo regalar a Pilar Valiente ya hemos pasado a los pares de maletas de Loewe que llegaban a casa por Navidad. A Luis Ramallo, en tan señaladas fechas, le tocaban maletitas con ruedas y relojes carísimos, a los que él dice que correspondía finamente con cuadros de semejante valor. Cuánta urbanidad. Enrique Giménez-Reyna también recibía maletas de a doscientas mil la pieza. Para no conocerse prácticamente de nada, hay qué ver que cariño sentían unos por otros en cuanto llegaba el turrón.
Pero de todo esto, nada contaron, nada confesaron, nada devolvió casi nadie. Es cierto que cada cosa en sí no tiene importancia. Un regalo navideño de persona o de institución no tiene mayor importancia. Cuando se manda mucho, el problema es qué hacer con tanto regalo, problema que curiosamente desaparece al dejar de mandar. Pero lo relevante no es el objeto o el hecho sino la conducta en general. En este caso, la de los que tenían que vigilar Gescartera y, por tanto, no debieron aceptar ser agasajados por Camacho. El famoso episodio de las prendas íntimas de Loewe compradas por Pilar Miró con cargo a RTVE, que tan severamente criticaron Ramallo, Rato y otros parlamentarios del PP, tampoco revestía una importancia económica descomunal, entre todo no llegaba a un reloj de los de Camacho. Pero era la deliberada confusión entre lo público y lo privado por parte de los políticos lo que criticaba la entonces oposición. Y tenía toda la razón del mundo para hacerlo. Así lo entendía la opinión pública ilustrada y decente. La que no se resigna al “todos roban”, porque sería abdicar de su ciudadanía.
Por poco que recuerde aquellos briosos días parlamentarios, Rodrigo Rato debe comprender el estupor que produce a sus propios admiradores y votantes que después de saberse lo de su crédito con el banco de Gescartera, siga en el cargo. Peor aún: que vaya por las radios --como Boyer cuando lo de su chalé-- prodigando explicaciones que empeoran su situación en vez de mejorarla. Si personalmente, junto a sus hermanos, avaló el crédito del HSBC a Muinmo, empresa de la que es copropietario, y si Muinmo no está inscrita en el registro de actividades de altos cargos --aunque lo esté su tenedora de acciones anterior, debió actualizar tan importante dato--, y si una empresa con mediocre desempeño pudo recibir tan suntuoso crédito, y si Galobart mintió al Congreso al decir que no había concedido ningún crédito a ningún miembro o familiar del Gobierno, sin que Rato le refrescara la memoria, y si todo eso es ya del dominio público y alimenta rumores sobre otros escándalos del mismo género, el vicepresidente económico no tiene más salida que dimitir.
Por supuesto que, como en la caso de los regalos de Camacho, cada cosa en sí puede no tener demasiada importancia. Todas juntas, sí la tienen. Abrumadora. Porque el significado político no depende de la cantidad sino de la cualidad del escándalo. Véase cómo la propia Presidencia del Gobierno saca una notita asegurando que no recibió regalos de Gescartera. ¿Y en este clima pretende seguir ejerciendo sus funciones el ministro de Economía? Parece mentira que un hombre que ha administrado en el Parlamento el deterioro político del Gobierno socialista por el caso Ibercorp quiera engañarnos o engañarse a sí mismo pensando que puede salir indemne de este asunto. Aún si los socialistas no tuvieran guardados más datos comprometedores sobre el vicepresidente como los que anuncia Alfonso Guerra, basta y sobra con lo que nos consta que ha sucedido en torno a Gescartera, que es el hilo mágico, el elemento de unión y también de explicación de episodios tan distintos pero no tan distantes como el del crédito a los Rato y los regalos de Camacho, la estafa de los 18.000 millones y la no intervención de la CNMV, el lavado de dinero negro y las mentiras de unos y otros, pista segura de las culpas de todos. Rodrigo Rato debe irse a su casa antes de que se lo grite la oposición en el Parlamento, recordando aquel “¡Váyase, señor González!”, que fue el Rubicón del PP para llegar al Poder. Pero debe irse pronto. Que se ahorre a sí mismo y a España, que puede aún guardar de él grato recuerdo, tan penoso espectáculo.

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