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Columna publicada el 16-09-2003
Contrasta la movilización militar y policial del Gobierno colombiano para rescatar a los ocho turistas secuestrados por las FARC y la indiferencia con que desde Europa se observa el esfuerzo ímprobo, desesperado, de Alvaro Uribe para invertir la tendencia favorable a la narcoguerrilla que en los últimos años, los del nefasto Pastrana, parecía imposible de detener. Por de pronto, la ha detenido. Poner a la defensiva a la guerrilla, desmantelar a los paramilitares que ocuparon el lugar del Estado desaparecido, cortar la infiltración de los revolucionarios en la Justicia y la Prensa y cambiar la percepción extranjera de la subversión comunista en Colombia como un mero “asunto interno”, sin duda le llevará mucho más tiempo. Y aunque Uribe ha mostrado su determinación y es evidente que nadie ayuda a quien no está dispuesto a ayudarse a sí mismo, el brutal egoísmo que preside las relaciones internacionales y la habitual complacencia europea con los totalitarios de izquierda en Iberoamérica están frenando un compromiso militar, económico y político que suponga realmente un respaldo a la democracia colombiana.
No es Europa la única culpable. Plinio Apuleyo Mendoza y otros periodistas e intelectuales colombianos han denunciado repetidamente –y en Libertad Digital hemos podido leerlo de forma habitual- cómo el Departamento de Estado USA, a medias con abyectas ONG supuestamente defensoras de los derechos humanos, pero en realidad cómplices de Tirofijo y el Mono Jojoy, han endosado y hecho suya, sin cerebro y sin piedad, la estrategia de denuncias de supuestas atrocidades de los mandos militares más eficaces en la lucha antiguerrillera, hasta conseguir su relevo en los frentes. Cumplir los designios indirectos de la guerrilla y la estrategia miserable de la izquierda internacional era, paradójicamente, el precio para que no se interrumpiera la siempre insuficiente ayuda militar norteamericana a un Estado que se desangra por las decenas de miles de muertos y secuestrados cada año, pero que no se ha rendido en su lucha por sobrevivir. El 11-S ha cambiado en los USA esa percepción egoísta, miope y vil de la tragedia colombiana. Es más de lo que puede decirse de sus vecinos iberoamericanos, más indiferentes que nunca a la causa de la libertad y, en el caso de la Venezuela chavista, cómplice de las fechorías de los guerrilleros, incluída la industria del secuestro. Pero en Europa, con la relativa salvedad de España, Colombia no ha encontrado el apoyo que merece y los criminales totalitarios de las FARC y el ELN siguen disfrutando de complicidades en cubiertas y abiertas simpatías.
Si ningún terrorismo debe sernos ajeno, el colombiano no debería preocuparnos menos que el de Irak. Ahora que las grandes empresas mediáticas enviarán seguramente a muchos periodistas a seguir el rastro de los ocho europeos e israelíes secuestrados, convendría recordar los ocho mil secuestrados colombianos, los ochenta mil muertos, los millones de personas que han perdido su casa y su trabajo a manos de estos salvajes, émulos del Che, mientras el mundo mira a otro lado. Generalmente, a la televisión.

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