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Columna publicada el 07-09-2004
Algo se mueve en el Olimpo ecologista cuando uno de sus gurús, el británico James Lovelock, se ha replanteado –a sus 85 años– el espinoso asunto de las centrales nucleares. El acreditado conservacionista y creador de la Tesis Gaia lo tiene tan claro como otro arrepentido, Bjorn Lomborg, antiguo miembro de Greenpeace hoy convertido en el padre del ecologismo escéptico, esto es, en la nueva corriente de ecologistas que, sin abandonar su preocupación por el medio ambiente, han dejado de tragarse las previsiones catastróficas y las mentiras de Greenpeace y demás organizaciones asimiladas a este fundamentalismo pagano de nuestros días.
Las razones por la que conocidos activistas como Lomborg o Lovelock se han retractado de sus antiguas, y salvajemente demostradas, convicciones están a la vista hasta del más desinformado. Las centrales nucleares son más limpias, más eficientes y más baratas, en definitiva, son las más ecológicas –si por ecologismo entendemos respeto al medio ambiente y no un modo irregular de hacer política–, las más económicas y, además, y esto no es baladí, las más rentables.
Durante los primeros años de la energía atómica todo eran parabienes desde las, todavía idealistas, organizaciones de defensa del medio ambiente. La fisión del átomo constituía, en los lejanos años 50, un emblema de progreso y muchos se prometían que el fin de los combustibles fósiles, al menos para generar energía eléctrica, estaba cercano. El sueño sin embargo se frustró en 1973, casualmente el mismo año de la crisis del petróleo provocada por la OPEP. Entonces, hace más de 30 años, Ralph Nader, un joven político norteamericano, valiéndose de la buena fe y la ignorancia de sus paisanos, organizó la primera campaña antinuclear. La demagogia contra las centrales nucleares, que ya a principios de los 70 menudeaban por los Estados Unidos, le hizo muy rico y famoso. En poco tiempo no había organización ecologista que no se apuntase a la movida antinuclear explotando la neurosis atómica, tan arraigada en el subconsciente colectivo de las sociedades avanzadas.
El hecho es que por muchas pegas que los ecologistas le quieran encontrar, la energía nuclear es esencialmente limpia y muy respetuosa con el medio. Los reactores no emiten a la atmósfera dióxido de carbono ni tipo alguno de substancias nocivas, sino inofensivo vapor de agua. De hecho, si algún país decide hacerse el harakiri aplicando con todo su rigor ese disparate conocido como Protocolo de Kioto, no podrá hacerlo sin recurrir a la energía nuclear. Y todo por una simple razón que a muchos les será difícil de creer, la nuclear contamina menos.
Uno de los argumentos recurrentes de los lobbies ecologistas para invalidar de modo definitivo la alternativa nuclear es lo peligroso y nocivo de sus residuos, la escoria nuclear que permanece activa durante siglos. Sin embargo las centrales térmicas convencionales expulsan cada año a la atmósfera cantidades ingentes de sustancias letales como el arsénico, el plomo, el cadmio o el mercurio que se mantienen letales eternamente. Quizá no sean radioactivos pero son igualmente tóxicos y se quedan en el aire hasta que la lluvia los devuelve al suelo.
La otra objeción que los medioambientalistas nuclearófobos aducen es la de su presunta peligrosidad, extremo que, naturalmente, tampoco se corresponde con la realidad. Desde la instalación del primer reactor en 1955 sólo se ha registrado un accidente de relevancia, el de Chernobil, desastre ocasionado por la ineptitud de los funcionarios soviéticos a su cargo. Teniendo en cuenta que en el mundo están en funcionamiento 437 centrales nucleares en más de 30 países, se puede concluir que la nuclear no sólo es limpia sino además segura.
El punto fuerte de la energía nuclear, allí donde no tiene competencia, es en los costes. El kilovatio / hora sale en una nuclear por 0,047 euros, frente a los 0,071 euros de la eólica o los 0,512 de la solar. Energía para millonarios esta última. Frente a evidencias tan contundentes, a los profetas del desastre no les queda a veces más remedio que recurrir a la mentira y a la falsificación, como en el caso del inexistente pez mutante del Ebro, embuste inventado por unos farsantes para calentar a la opinión pública en una campaña contra la central española de Garoña.
La energía nuclear, en suma, no pertenece al pasado, ni se trata del experimento de unos desaprensivos enemistados con la naturaleza y el género humano. Está cargada de futuro muy a pesar de lo que algunos quieren hacer creer. En el año 2003 se encontraban en construcción un total de 33 reactores, especialmente en el Tercer Mundo, que es donde más falta hace una energía barata y que posibilite el desarrollo y el bienestar de sus habitantes. Los que pertenecen al pasado quizá sea la miríada de organizaciones que dicen defender a la naturaleza pero que sólo se defienden a sí mismas.

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