Fin de año
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LA POLÍTICA EXTERIOR DE ZAPATERO EN 2006

Annus Hazmerreibilis

Rafael L. Bardají y Florentino Portero

Sería para reír si no fuera, en verdad, para llorar. Zapatero comenzó su andadura gubernamental con la idea del cambio de alianzas para nuestro país, y para conseguirlo no le importó nada disminuir el peso de España en la arena internacional. Es lo que ya en mayo de 2004 llamamos "la España menguante de Zapatero".

Para desgracia de nuestro sonriente presidente del Gobierno, sacar a España del eje en el que se encontraba no pudo ser compensado con su incorporación a otro, viejo o nuevo. La Europa a la que quería volver pronto le dejó en la estacada. Por eso, y por su izquierdismo infantil, su política llevó a nuestra diplomacia a aliarse con cuanto dirigente antinorteamericano se encontraba en el camino.
 
Dos mil cinco fue el año del tercermundismo, la aproximación a caudillos como Castro y Chávez, el acercamiento en falso a Marruecos y el inicio del diálogo con déspotas del Oriente Medio como el sirio Bachar el Asad. Fue, pues, el año de la España marginal, menguada y solitaria. Y 2006 ha sido un año en el que la acción exterior del Gobierno socialista ha sufrido graves reveses. Allí donde ha querido desplegarse en defensa de sus ideas radicales, Zapatero ha salido trasquilado. Ha sido el año del hazmerreír exterior del Gobierno del PSOE. De la España que no cuenta. Aún peor: de la España del ridículo.
 
Hay que comenzar recordando que 2006 ha sido un año de muy baja intensidad internacional para Rodríguez Zapatero, quien apenas se ha visto con sus homólogos más allá de las reuniones formales de los organismos internacionales en que España está presente (consejos de la UE, asamblea de la ONU y cumbre de la OTAN). Nuestro presidente ya fue avisado durante el primer trimestre de la ausencia de agenda exterior, y aunque ha querido presentarse como más activo tras el verano, apenas lo ha conseguido.
 
Evo Morales.No hay nada más desolador que darse un paseo por las páginas de la web de la Moncloa en lo que toca a la actividad internacional de Zapatero. En enero de 2006 tienen que mencionar la reunión con el presidente de General Electric para que haga relleno y no quede sólo la visita de Evo Morales. En febrero no han podido añadir nada a la visita de Vladimir Putin. En total, la Moncloa registra 33 visitas de dignatarios al presidente. Europeos de referencia, sólo de Francia y Reino Unido; y de Italia, si contamos como tal al alcalde de Roma.
 
En cuanto a los viajes del jefe del Gobierno, la situación es aun peor. Si descontamos las citas obligadas de las cumbres a las que todo presidente debe acudir (consejos europeos, cumbres de la OTAN, saraos iberoamericanos, la asamblea general de la ONU, etc.), y que le han supuesto a Rodríguez Zapatero ocho desplazamientos allende nuestras fronteras, sus viajes y visitas a otros países han sido siete. Y con la excepción del primero, que fue en abril para hablar en Alemania con Merkel de la OPA sobre Endesa, el resto han tenido lugar en el segundo semestre, más de la mitad de ellos en este mes de diciembre.
 
Eso, por lo que hace a lo cuantitativo; en materia de contenidos, la cosa ha estado también bastante floja. Por poner un ejemplo: la visita que tal vez hubiera debido ser de mayor alcance estratégico para España, el viaje a la India del pasado mes de julio, no sólo se acortó por motivos inesperados, sino que se hizo sin la presencia de alguno de los ministros más relevantes para el diálogo bilateral, como el de Industria, metido en faena por aquellos días en su campaña electoral para las autonómicas de Cataluña.
 
Como viene siendo habitual, hay que recordar que ningún miembro del núcleo duro de la Administración Bush se ha acercado por Madrid. Disipada toda duda sobre una cita al más alto nivel, Exteriores ha estado vendiendo la siempre inminente visita de la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, con más pena que gloria. Primero era para antes de las vacaciones estivales, pero el Líbano, las denuncias a Israel y aquella portentosa foto de Zapatero ataviado con el simbólico tocado palestino, la kefiya (foto que, dicho sea de paso, dio la vuelta al mundo, y que hemos podido ver en numerosos despachos de la Administración americana), amén de las complicaciones de agenda, pospusieron entonces la anunciada presencia de Rice en nuestras tierras. Se dijo que para septiembre, y luego que para noviembre...
 
No sabemos si a causa de las repetidas críticas a la Administración Bush, pues no hay cumbre internacional donde nuestro presidente no condene la intervención en Irak e intente ridiculizar la política de la Casa Blanca, el hecho es que se ha ido 2006 y Condi no ha venido. Y eso que éste era el año de la normalización de nuestra relación bilateral con los Estados Unidos, y que la agenda latinoamericana dependía de la cooperación bilateral. No deja de ser curioso comprobar cómo, a pesar de que Trinidad Jiménez es ya secretaria de Estado de Exteriores para Asuntos Latinoamericanos y no una simple concejal del ayuntamiento de Madrid, los americanos, cuando tienen que hablar con nuestro Gobierno sobre aquel subcontinente, no se dirigen a ella, sino a Bernardino León.
 
Mohamed VI.En fin, por la agenda de contactos de Rodríguez Zapatero deducimos que hay un tema que destaca en sus preocupaciones internacionales: la emigración hacia España. Es verdad que su viaje a Marruecos, en vísperas de la cumbre sobre, precisamente, flujos de población, se vio pospuesto, a pesar de haber sido anunciado a bombo y platillo por la vicepresidente María Teresa Fernández de la Vega, quien, tras verse con Yetú, comunicó la fecha.
 
Pero llegó ese día, el 8 de septiembre, y Rabat canceló la esperada visita, sin dar muchas explicaciones al respecto. El Gobierno español fechó para tres semanas más tarde la reunión, pero el año termina y aún no se ha celebrado. Tal vez por eso, motivado por una rabieta personal más que por el volumen de comercio con el país, Rodríguez Zapatero haya acabado por recalar en la vecina Argelia.
 
Ahora bien, esta visita no le ha salido gratis: en Marruecos han tomado buena nota, y Buteflika le ha cantado las cuarenta en Argel por cosas que eran evidentes, como el desequilibrio de Madrid a favor de Rabat y el abandono de la causa saharaui, a la que tan ligada está tanto la izquierda española como el Gobierno de Argel. El asesor para asuntos internacionales de Zapatero, el embajador Casajuana, debería haberle avisado del riesgo. Tal vez lo hizo y el presidente no pensó que finalmente tuviera que pasar tan mal trago, o que la prensa española estuviera tan alerta sobre el mismo. Bochornoso, en cualquier caso.
 
También este mismo mes, y como culminación de una retahíla previa de viajes de miembros del Gobierno, el presidente visitó Senegal. En teoría, para firmar un acuerdo por el que las autoridades de ese país aceptarían formalmente la repatriación de los emigrantes ilegales procedentes de su territorio. De acuerdo con la vicepresidente, esa era una cuestión zanjada desde su visita preparatoria, allá por el mes de mayo. Pero si fue así de verdad, Senegal ha debido de cambiar de opinión en estos meses, y Rodríguez Zapatero ha regresado a Madrid sin el acuerdo sellado y rubricado. Viaje para nada.
 
Hay que recordar que con Dakar las cosas no estaban, de hecho, tan claras. Cuando Rubalcaba viajó hasta allí, a finales de agosto, no logró más que un precario entendimiento sobre patrullas mixtas; eso sí, pagadas por España. Sarkozy, su homólogo galo, unas semanas más tarde firmó con Senegal un acuerdo por el que la Armada francesa patrullaría las costas del país africano.
 
El asunto de los inmigrantes ilegales le ha creado a Zapatero serios rifirrafes con sus socios europeos más queridos, comenzando por su adorada Francia. Frente a las sucesivas peticiones de De la Vega a nuestros socios comunitarios (se planta en Bruselas en mayo, se desplaza hasta Finlandia en septiembre), la UE no sólo no ha movilizado los medios que la Moncloa esperaba, sino que nos recuerda una y otra vez que el problema lo hemos creado nosotros, provocando un efecto llamada gracias a la regularización masiva y unilateral realizada por el Gobierno socialista.
 
Hay quien, como Sarkozy, avanza que la UE podría prohibir los procesos de regularización adoptados unilateralmente por los países miembro. Tanta es la tensión que el propio Zapatero dejó solemnemente constancia, en las actas del Congreso de los Diputados, de su rabia frente a los franceses:
Si lo que algunos países quieren es dar una lección de su política, no nos vale; y no nos vale lo que pueda decir el ministro de Interior francés, después de lo que hemos visto en los barrios de París. 
Nicolas Sarkozy.Sarkozy fue relativamente diplomático en su contestación, pero Chirac colocó de nuevo en su sitio al aprendiz Zapatero con motivo de la cumbre europea de Lati, donde salió de nuevo a relucir el tema. "He intervenido en el mismo espíritu y en el mismo sentido que lo hizo el ministro del Interior al señor Zapatero", declaró entonces el presidente francés a la prensa. "Todos los países que están en Schengen sufren las consecuencias que comportan estas regularizaciones". Chirac dixit, y la Moncloa y el ministro Caldera se enrocan.
 
No es el único desencuentro en Europa. La maniobra orquestada por el candidato socialista a la alcaldía de Madrid, Miguel Sebastián, contra Endesa le costó a Zapatero enturbiar aún más sus relaciones con la canciller alemana, Angela Merkel. Muchas sonrisas, pero posiciones encontradas.
 
Para la alemana, de espíritu liberal, el intervencionismo del Gobierno español es inaceptable; su renuncia a defender los intereses de una gran compañía germana, también. Más hábil, no obstante, hará como que deja al mercado y a la ley que acaben por dilucidar el futuro de quién compra Endesa. Posiblemente Merkel recibiera mejores consejos de los altos mandatarios de la UE, empezando por el portugués José Manuel Durao Barroso. Resultado: la opa favorecida por la Moncloa no sale y crece la desconfianza personal hacia Zapatero.
 
Los desencuentros no se reducen al ámbito de los socios europeos. A Chávez, a pesar de todos los arrumacos durante la Cumbre de Salamanca, el Gobierno socialista no pudo venderle los sistemas de armas que el petrodictador venezolano quería comprarnos. Chávez, que sólo se vende a sí mismo, acabó haciéndole una sucia jugarreta a Zapatero en respuesta a su fallido compromiso: nacionalizar a cuatro etarras refugiados en su país para salvarlos de una petición de extradición, y compensarlos con trabajo o ayudas financieras suculentas. Al final, las presiones diplomáticas consiguieron revertir el proceso, pero el daño a la imagen del Gobierno y del país ya estaba hecho.
 
Con el ídolo indigenista de jersey a rayas, Evo Morales, traído a Madrid en visita oficial invitado por SS. MM. los Reyes, la cosa tampoco fue mejor. De entrada, nuestro presidente no quiso salir en la foto con el boliviano, y recurrió, en un ardid impresentable, al Monarca para que fuera él el retratado. También intentó convencer a Mariano Rajoy, que no tragó. Nadie con dos dedos de frente se dejaría engatusar tan vilmente.
 
Esto fue a principios de enero. Evo ya había hecho saber del apoyo que recibió del Ministerio de Exteriores durante su campaña electoral, así como de las promesas realizadas desde el Palacio de Santa Cruz en el caso de que llegara al poder. Y comenzó a pedir. Sea lo que fuere lo obtenido por Morales, la realidad es que, cuatro meses más tarde, éste anunció la nacionalización por decreto del sector de hidrocarburos, gestionado en buena medida por la petrolera española Repsol YPF. Las ayudas siguieron llegando a La Paz, y se procedió a condonar una deuda de cien millones, pese a que Morales se reafirmó en que no compensaría a nadie por sus acciones.
 
Como es habitual en estos casos, la vicepresidente se desplazó hasta Bolivia a comienzos de agosto, y aunque extrajo una valoración muy positiva de su viaje, Morales declaró que no aceptaría "bravuconadas" de nadie y, a comienzos de septiembre, exigió que la compañía española pagara un tributo adicional del 32%, destinado a capitalizar la estatal yacimientos Petrolíferos Fiscales de Bolivia (YPFB). Gran éxito de nuestra diplomacia.
 
En fin, hay otras muchas anécdotas, como aquel famoso "collar de perlas" que Su Santidad el Papa regaló a la vicepresidente y que no era sino lo único que podía ser: un rosario. Pero tal vez haya una que destaque por sus largas implicaciones: la felicitación de Hezbolá a Zapatero por su postura durante el conflicto del Líbano.
 
Cuando el portavoz de un grupo terrorista, en medio de una campaña de ataques a la población de un país, muestra su respeto y admiración, cualquier Gobierno decente y respetable debería preocuparse seriamente. Aquí no. Al contrario. Dio pie a una escalada verbal de críticas a las acciones de Israel y a la foto de la kefiya.
 
Con el único que no ha tenido mayores dificultades Rodríguez Zapatero en el último año ha sido con el Reino Unido. Aunque durante la rueda de prensa con Tony Blair, tras la reunión en la Moncloa, hubo sus más y sus menos, la verdad es que Londres no tiene por qué quejarse. A la vuelta del verano, las tres partes –que no dos, como siempre había sido–: los gobernantes del Peñón, el Gobierno de Su Majestad y el del Reino de España, llegaron a un acuerdo calificado de "histórico" por nuestro ministro de Exteriores. Y en esta ocasión no se equivocaba.
 
Sólo que era tal porque España renunciaba a hacer valer sus justas reivindicaciones. Se levantaban todas las restricciones y se aceptaba tratar a Gibraltar como un país diferenciado. ¡Hasta se llegó al acuerdo de abrir un Instituto Cervantes! La población de la Roca sale muy reforzada en sus posiciones. Tanto, que el 30 de noviembre celebraron un referéndum cuyo resultado, por más que el Gobierno español haya intentado obviarlo, fue el que fue: su primer paso hacia la plena independencia.
 
Con quien más se ha visto Rodríguez Zapatero ha sido con el, hasta este mes de diciembre, secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan. Annan ha apoyado la propuesta de la Alianza de Civilizaciones, y era, por tanto, lógico que se encontraran. Ahora bien, como ya sabemos, el interés de Annan no era tan inocente como se nos prometía (ya era difícil creerlo, tratándose de alguien que ha beneficiado mediante la corrupción a colaboradores y familiares). Zapatero se ganaba a la ONU prometiendo a su secretario general que seguiría siendo un alto funcionario, con todas las prebendas que eso significa.
 
Zapatero y Kofi Annan.En su último viaje a Nueva York, Zapatero apostó por que el amigo Kofi sea la cabeza visible de la Alianza de Civilizaciones, que ha pasado de ser un comité de sabios a un comité en toda regla, organismo anejo o especializado de la ONU, como tantos otros que sólo sirven para despilfarrar gran parte de la cuota que ponen los americanos.
 
La Alianza de Civilizaciones puede que dé muchas satisfacciones al presidente del Gobierno, pero porque éste no quiere ver los sinsabores. El texto producido por el comité de sabios sólo ha gustado en Turquía (coimpulsora de la idea, para ver si así entra en la UE de una vez) y en Arabia Saudí. La UE se ha limitado a tomar nota, y en Riga sólo se logró que los Veinticinco se dieran por enterados de su existencia. (Más atención se prestó al Fondo del Milenio, impulsado por el G-8, al cual todos otorgan mucho más recorrido). Y eso a pesar de que todo el aparato español de defensa tuvo que olvidarse de los soldados que andan desperdigados por medio mundo, muchos de ellos, como los que están en Afganistán, jugándose el pellejo, para intentar colar en el comunicado final un apoyo a la iniciativa zapateril.
 
Finalmente, está la cuestión de las misiones de paz en tiempo de guerra, como en el ya mencionado Afganistán. Una cuestión penosa, porque afecta a la seguridad y la vida de unos compatriotas que sirven a España fuera de nuestras fronteras. Y lo es especialmente cuando se producen bajas, como la del brigada paracaidista Jorge Arnaldo Hernández, a quien, a pesar de haber sido víctima de una mina enemiga, el Gobierno prefirió considerar muerto en accidente y no por fuego enemigo. Simplemente vergonzoso. Pero ya se sabe, Zapatero no tiene a sus soldados para matar ni para morir, sino para apagar incendios forestales.
 
En fin, la España de Zapatero es una España que ya no cuenta y a la que nadie tiene presente (¿se han preguntado por qué las tropas españolas en el Líbano están en el peor sector de todos?). Ni somos respetados por los amigos ni, mucho menos, por los enemigos. Aún peor: este Gobierno ni quiere ni sabe hacerse respetar. La España de la pandereta en el plano exterior es una España del hazmerreír. Ya sólo nos cabe esperar que Michael Moore haga uno de sus documentales manipuladores, a los que llama películas, sobre la vida y obra de Zapatero. Ganaría un Goya, como poco.
 
Para la imagen y la posición internacional de España, el presidente del Gobierno, más que ZP, es ZPolonio 210, altamente tóxico y mortal de necesidad.

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