Fin de año
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ECONOMÍA

El año de las quiebras soberanas

Si 2009 fue el año en que los gobiernos trataron de sustituir con el endeudamiento público una demanda privada de crédito que se había esfumado tras la caída de Lehman Brothers, en 2010 se ha venido abajo el crédito –la credibilidad– de numerosos Estados imprudentes.

Éste ha sido el año en que, con 40 meses de retraso y a regañadientes, los políticos se han visto forzados a renegar de unos cuantos dogmas intervencionistas y han acometido algunas de las reformas imprescindibles que deberían haber acometido hace ya mucho tiempo. En definitiva, si 2009 fue el año de los sueños húmedos de los socialistas de todos los partidos, 2010 ha sido el de los sueños rotos.

No tendríamos por qué extrañarnos. A menos que –como Keynes en su Teoría general o Hesíodo en Los trabajos y los días– creamos en una economía de la superabundancia en la que los pozos jamás se sequen, a la bancarrota privada habría de seguirle, por necesidad, la bancarrota pública. Durante un tiempo el Estado puede asumir los despropósitos que el privilegiado sistema bancario indujo a cometer a las familias y a las empresas. Así, si los promotores inmobiliarios se quedaban sin vender sus incontables viviendas, el Estado podía echarles una mano adquiriéndoles las susodichas o encargándoles nuevos proyectos de obra pública; si algunos trabajadores se quedaban en el paro, el Estado podía recolocarlos al amparo de inútiles planes E o simplemente mantenerlos vía subsidios de paro; si los bancos quebraban por la acumulación de impagos, el Estado sólo tenía que recapitalizarlos... y comerse con patatas todas sus pérdidas.

Pero, claro, todo tiene su límite, como pudimos ver en la primera mitad del año en Grecia, país que sucumbió por pretender financiar con deuda un Estado demasiado grande, y luego en Irlanda, el tigre celta, que trató de rescatar su infladísimo sistema bancario –diez veces más grande que el propio PIB irlandés–. Ambas bancarrotas repercutieron en países como Portugal, Italia o España, que se vieron impelidos a adoptar reformas antisocialistas para así poder recuperar algo de credibilidad.

De este modo, por primera vez en más de una década volvieron a desfilar por Europa los planes de austeridad dirigidos a contener el gasto público, así como las liberalizaciones destinadas a aflojar la camisa de fuerza que ahogan mercados como el laboral. Pero, debido a que se acometieron con desgana y falta de convicción, tales reformas no bastaron para contrarrestar los efectos de la mayor crisis económica desde la Gran Depresión. En España incluso tuvieron un carácter zigzagueante: tan pronto como los inversores volvían a recuperar algo de su confianza en nuestro país, Zapatero volvía a chutarse con gasto público y a descafeinar cualquier conato de liberalización. El sentido de las reformas era el correcto, pero su ritmo era muy lento... ¡y a veces hasta se varió el rumbo, con la vana esperanza de que la Providencia cerrase el abismo que se abría ante nuestros ojos!

Keynes.Aún así, el mensaje de fondo ha estado meridianamente claro para todo aquel que quisiera escucharlo: el recetario keynesiano con el que se pretendía ingenua o maliciosamente estimular la economía –el mismo que, según nos mintieron, permitió a Roosevelt hacer resugir de entre las cenizas a la economía norteamericana de entreguerras– ha fracasado de manera estrepitosa. El consenso académico sobre la superioridad de las políticas de estímulo de la demanda se estrelló contra el muro de su absoluta inutilidad. Si en 2009 todos éramos keynesianos, en 2010 seguimos siéndolo... pero sólo de boquilla, pues sólo el sentido del ridículo y el fanatismo ideológico nos han impedido enterrar con luces y taquígrafos el cadáver putrefacto de Lord Keynes.

Únicamente la Administración Obama pudo permitirse el suntuoso lujo de seguir aferrada al dogma keynesiano. No porque el plan de estímulo que aprobó en 2009 contribuyera en algo a la recuperación económica, sino porque el presidente norteamericano, a diferencia de otros sectarios doctrinarios de izquierdas como Zapatero, sí ha podido manipular a su antojo una moneda propia, para lo que ha contado con el gentil y temerario apoyo del presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke.

Si en España siguiéramos con la peseta, la decisión que hubiese adoptado Zapatero para afrontar la crisis habría sido la de devaluarla tanto como fuera necesario para poder sufragar sus dispendios a costa de la riqueza de los ahorradores, los empresarios y los trabajadores. Pero el euro, ese ariete de la unificación política europea, le ha impuesto –a él y a sus pares– un poquito de ese rigor fiscal y reformista que necesitábamos con urgencia desde 2007. Los habrá que lamenten el que no podamos inmolar nuestra moneda en el altar del endeudamiento nacional, pero devaluar no es ni será jamás lo mismo que llevar a cabo una reconversión genuina, que pasa por la reconstrucción de las ventajas competitivas, la recolocación de los factores productivos y el ajuste de todos los precios relativos. De hecho, no hay la menor evidencia de que las devaluaciones hayan contribuido a la recuperación económica durante esta crisis.

Ahora bien, el precio que hemos pagado por contar con una moneda única que ha amparado a socios indisciplinados no ha sido precisamente bajo. La obsesión por que el Banco Central Europeo no pudiera discriminar entre la calidad de la deuda pública de los distintos socios –Grecia merecía el mismo trato que Alemania–, por que las amenazas de sanción contra los Estados más insolventes no llegaran a materializarse y por que nadie fuera expulsado de la zona euro o forzado a suspender pagos ha conducido a un tensamiento de la cuerda tal, que la principal garantía del euro –la fortaleza de la economía alemana y la sensatez del Bundesbank– ha estado y sigue estando a punto de dejar de serlo.

Merkel.Pues si la quiebra ordenada y la expulsión de los incumplidores son instrumentos censurados por la corrección político-económica, entonces sólo queda internacionalizar la decisión suicida de rescatar a los sectores privados insolventes: como a Grecia y a Irlanda se les indigestaron el rescate y el estímulo de sus familias y empresas, a partir de mayo se llegó a la preclara conclusión de que Alemania tenía que provocarse una indigestión descomunal a base de engullir la deuda –pública y privada– de sus socios insolventes. Pero, claro, los alemanes acabaron dando un golpe en la mesa. El final del camino es conocido: las escaladas de endeudamiento –del sector privado al sector público y del sector público nacional al internacional– terminan socavando la solvencia de todo el sistema. Puede entenderse que Zapatero pretenda colgar el muerto a su buena amiga, la fracasada Merkel; menos comprensible sería que Merkel tragase con todo sin pedir nada a cambio, a excepción de las muy tímidas e insuficientes reformas a las que ya nos hemos referido.

Así las cosas, 2011 se presenta como un año lleno de incertidumbres. Por el lado de las incertidumbres negativas encontramos el futuro del euro, que corre el riesgo de implosionar o de servir de pretexto para la erección de un Megaestado europeo–que en nada contribuiría a la resolución de la crisis y sí, en mucho, a la asfixia de nuestras libertades–, si es que pretende absorber una cada vez más verosímil quiebra de España, así como la política del tocado pero no hundido presidente Obama, que, de la mano de Bernanke, puede seguir monetizando deuda y con ello retrasando la recuperación.

Y ahora lo positivo. Ya llevamos entre dos y tres años de crisis. Buena parte de los ajustes que requieren nuestras economías ya se ha ejecutado o está en proceso de ejecutarse –excepción hecha de España–: los estadounidenses están amortizando su deuda en términos netos, su mercado inmobiliario ya ha completado su proceso de ajuste de precios, las empresas de todo el planeta están incrementando su capitalización e invirtiendo en sectores clave como el de la energía o el de las materias primas, la demanda industrial de estas últimas se está incrementando tal y como refleja el persistente repunte de sus precios y, aunque sea temprano para decirlo, parece que el crecimiento sostenido está regresando a países o zonas como los propios EEUU, Alemania, Escandinavia, Latinoamérica y Asia.

En definitiva: hay motivos para la esperanza... pero también para la desesperanza. Ya se ha visto que nuestros gobiernos sólo empiezan a bajarse del burro dirigista cuando ven las orejas al lobo de la suspensión de pagos o de la destrucción completa de la propia divisa. El único lenguaje que entienden es el del palo de los mercados (¡bendita globalización!); mientras, no vacilan en apalear a las economías privadas. Si la pesada losa del intervencionismo no aplasta los brotes verdes que se empiezan a observar en varias partes del mundo, 2011 podría traernos buenas noticias; la anomalía no sería que empezáramos a recuperarnos, sino que siguiéramos estancados.

Esperemos, pues, que en 2011 los malditos especuladores se lo pongan tan difícil a nuestros gobernantes como se lo han puesto en este ejercicio que ya termina. Lo contrario sólo haría aún más devastador un inexorable gran colapso final.

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