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CRÓNICA NEGRA

A favor del Lute

El ciudadano Eleuterio Sánchez Rodríguez, al que los payos llamamos el Lute –aunque ahora el Lute ("Camina o revienta", "Mañana seré libre") es ya para siempre Imanol Arias, que abraza a Victoria Abril y llena la pantalla con esos ojos enormes de robagallinas–, es un ciudadano rehabilitado, lejos de los mil años de cárcel a los que le castigó el franquismo.

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Nada tiene que ver con el preso fuguista que se tiró del tren en marcha con los brazos por delante para no partirse la crisma, ni con el que el último día de 1971 hizo un butrón en su celda de la prisión del Puerto de Santa María para perderse en la noche, suspendido de un garfio atado a una cuerda de nylon.
 
El ciudadano Eleuterio tuvo hace unos días una acalorada discusión con su pareja sentimental en Punta Umbría, Huelva, por lo que fue detenido por la Guardia Civil, presuntamente acusado por su pareja sentimental de lesiones y amenazas. El juez ha dictado una orden de alejamiento como medida de seguridad, a petición de la interesada. Tendrá que responder de forma inexcusable ante la justicia, como cualquier otro en su misma situación, sin olvidar la presunción de inocencia. Lo que no es justo es que este incidente, que la justicia debe resolver, permita que caigan sobre sus espaldas los sufrimientos del pasado.
 
Nos pasamos la vida hablando de reinserción, y en cuanto encontramos una excusa criminalizamos al reinsertado. No ha cometido un delito de sangre, ni ha vuelto a los robos, ni al atraco. Un hombre fogoso ha enfrentado con furor inadecuado un asunto de ruptura sentimental. Juzguemos con prudencia.
 
No hace mucho tuve la oportunidad de entrevistar en mi programa de televisión 'Código Rojo' a Eleuterio, por la reedición de uno de sus libros. Aparentaba ser un hombre razonablemente feliz, realizado, que vive una vida con ribetes intelectuales, alejado de aquellas imputaciones de delitos que lo presentaron en la dictadura como el Enemigo Público Número Uno. De tal forma estaba esto reconocido que Raimundo Medrano, en otro tiempo quinqui de pro, ya ciego por la explosión de una caldera en prisión, que formó parte de la banda que atracó la joyería de Bravo Murillo en 1965 (murió el vigilante de un disparo), escribió sus memorias bajo el título de Enemigo Público Nº2, dejando el primer lugar para el Lute.
 
Durante décadas se culpó a el Lute de ser el autor del tiro que dio muerte al hombre de la joyería, pese a que en el consejo de guerra en que fue condenado a muerte –como sus dos compinches, Medrano y Juan José Agudo– quedó acreditado con testigos que el de la pistola era Agudo, que además iba sentado en la posición desde la que salió el disparo.
 
Recuerdo todo esto para poner de relieve los muchos sufrimientos de Eleuterio, al que se dio estatus de "baranda" o jefe de los quinquis y se persiguió por presuntos robos, la muerte del vigilante, y la de la niña Raquelín (en la calle Galileo; en un tiroteo en el que el Lute no llevaba armas de fuego), y por tantas otras cosas, que le convirtieron en un prófugo rebelde.
 
En aquellos tiempos del cuplé, cuando le pillaron con el brazo roto, después de haber saltado del tren en marcha, se compuso una de las más célebres fotografías de la historia de la criminalidad española, con el Lute joven y supermacho, el brazo derecho en cabestrillo y el izquierdo con una pulsera de acero, entre dos miembros de la Guardia Civil, correaje, uniforme y tricornio: retrato de una España doliente y aherrojada. Dicen que el hombre herido dijo, como en un reto: "Señores, han detenido ustedes a el Lute".
 
Tierno Galván.Era el más famoso, el gran perseguido; y, para muchos, una bocanada de rebeldía y libertad. No lo veían como un delincuente, sino como un miembro de la resistencia. Sin embargo, el Lute cometió delitos. Pagó por ello y recibió una condena enorme, imposible de cumplir, que cuando llegó la democracia fue atenuada, reequilibrada y, finalmente, indultada en 1981, lo que le puso bajo el abrigo de Enrique Tierno Galván, "el viejo profesor", con el tiempo alcalde de Madrid, que terminó por recuperarle metiéndole en el cuerpo el gusanillo del Derecho.
 
Eleuterio era un hombre distinguido entre los suyos, gente desgarrada y quincallera, pero con un talento natural que le hizo elevarse sobre las circunstancias, hasta militar en la recuperación de la dignidad, la propia y la de todos los suyos. Descubrió el poder de la escritura y su capacidad para convencer con la palabra. Hombre atento y educado, ha pisado los platós, escrito centenares de artículos y ayudado a otros, con su experiencia carcelaria y delincuente.
 
Un fotógrafo amigo me contó una vez una anécdota, de la que reímos todavía y que ilustra el grado de transformación sufrida: ya entrada la democracia, Eleuterio se vio con perras y le compró al de la leika su casa de Madrid, por lo que enseguida le hizo una visita, con la preocupación de formalizar cuanto antes la transacción y firmar los papeles, no fuera que se torciera algo; porque, como dijo entonces el que todavía era para muchos el Lute: "¡Hay tanto chorizo suelto por ahí!". Era curioso que eso lo dijera él, perseguido por robos y atracos, ingresado y fugado de prisiones de máxima seguridad. Pero ya era un hombre nuevo. Y, que se sepa, lo ha sido desde el indulto, sin que se le haya relacionado nunca con nuevos delitos.
 
Respeto, pues, para Eleuterio Sánchez Rodríguez, individuo que ha tenido un encontronazo con su mujer, dicen que por asuntos de celos, aunque pudiera ser que se hubiera acabado el amor; cosas que antes se resolvían de forma diferente, pero en las que ahora entra la ley, a veces incluso demasiado, puesto que los presuntos excesos con las órdenes de alejamiento están en el Constitucional, reclamadas, por si resultaran inadecuadas. Recordemos que hay castigo hasta para "las amenazas leves", sin que se haya inventado un medidor convincente. La ley podría, a juicio de algunos, estar metiéndose demasiado en las relaciones interpersonales.
 
Si Eleuterio ha cometido alguna falta o delito, responderá como un ciudadano libre que ha pagado siempre sus cuentas. El Lute robagallinas, hijo del Patapocha, de cuando los quinquis tenían la peor fama, debe quedar para la historia. De eso ya se encargó él cuando hizo que se sacara su figura del Museo de Cera, aquella copiada de la foto con la Benemérita. Era una etapa que quería cerrar. Aunque en mi opinión se equivocó de medio a medio: uno no puede reescribir la historia con éxito, aunque le pegue fuego a la figura de cera.

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