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DRAGONES Y MAZMORRAS

A toda marcha

Semana versátil, que empezó para mí con un premio y que terminará, Dios mediante, con otro; me refiero al Cervantes, pero eso tendré que contárselo en la próxima entrega. El primero fue el Alfaguara de novela, que este año ha ido a parar a dos, para mí, perfectas desconocidas. Bien. Nos pasamos la vida quejándonos de que ese tipo de premios sólo se lo dan a los famosos, por eso de la ganancia asegurada, y resulta que cuando lo recibe alguien que no figura en el Gotha nos desconcertamos muchísimo.

Las ganadoras son dos escritoras argentinas, Graciela Montes y Ema Wolf, y su novela, El turno del escriba, tiene todo el aspecto de ser un timo muy al uso, a medio camino entre la novela histórica y la de aventuras, en un trasfondo medieval con Marco Polo como coprotagonista. O sea, un bodrio.
 
Jamás lo hubiera mencionado de no haber sido testigo, por segunda vez consecutiva (el año pasado la ganadora fue una novela infame de la no menos infame Laura Restrepo), de la entrega del galardón, en el corazón mismo del poder mediático, esto es, la editorial Santillana. Después de lo que escribí aquí en la primera ocasión, entendí que o no me leen o son menos fanáticos de lo que pensaba; cosas, ambas dos, perfectamente compatibles. Veremos.
 
El segundo episodio fue multitudinario y, como estoy comidita de manías (claustrofobia, agorafobia, etcétera), fue visto y no visto. Se trataba de la presentación del libro de José María Aznar Retratos y perfiles. De Fraga a Bush, en la editorial Planeta. Había recibido invitaciones desde todos los frentes posibles, editoriales, personales, telefónicos y por correo electrónico, y aunque sabía que mi presencia no era necesaria para reflotar el acto, acabé personándome en el Hotel Intercontinental, antes Castellana Hilton, donde el padre de un amigo mío tuvo el inmenso honor de ser bautizado con güisqui por la mismísima Ava Gardner durante una borrachera gloriosa, cosa de la que no hay constancia escrita pero que hay que creerle, por lo plausible.
 
A pesar de la multitud, tuve la suerte de darme de bruces con una de las personas que más me interesaba encontrar, además de los protagonistas más directamente implicados en el acto, esto es, el propio Aznar y su presentador, César Alonso de los Ríos. Con franca alegría saludé a José María Marco, que era arrastrado hacia dentro por la riada, prometiéndole una llamada telefónica mediante ese gesto internacional que antes consistía en dar vueltecitas con el dedo en torno a un círculo imaginario y hoy en formar un ángulo recto con el meñique y el pulgar, figurando un adminículo de teleoperadora sin manos. El lenguaje de signos es apasionante y también evoluciona, vaya si evoluciona.
 
El tercer episodio fue más recogido, como corresponde al tema y al autor del libro, que se presentaba en el Círculo de Bellas Artes en medio del tráfago precervantinoide que estremecía de arriba abajo la Casa. La destrucción de los judíos europeos, de Raul Hilberg, no es un libro cualquiera. Es la referencia ineludible para cualquier estudioso del tema; es, sin ánimo de irreverencia, su Biblia. Un libro fundamental para aprender y para meditar que, aunque escrito en 1961, no ha sido traducido al español hasta ahora.
 
La proeza la ha realizado Cristina Piña Aldao para la editorial Akal, y el propio autor la felicitó por ello, reconociendo, por su experiencia con otros traductores, que su libro resulta tan trabajoso de traducir como de escribir. Téngase en cuenta que se trata de 1.456 páginas de un texto densísimo, lleno de datos y de notas, lo que se añade a las dificultades inherentes a cualquier traducción.
 
Hilberg analiza exhaustivamente el proceso de destrucción de los judíos europeos, en el que no sólo Alemania estaba implicada; también muchos otros países, tanto aliados como ocupados, así como todo tipo de estamentos y grupos: particulares, profesionales, funcionarios. Demuestra también que el exterminio no estuvo programado desde el principio, sino que se desarrolló sobre la marcha. Una gigantesca operación que, para colmo, fue financiada a la fuerza por las propias víctimas.
 
Los presentadores fueron Enrique Múgica y Victor Harel, embajador de Israel en España, que se refirieron a la trascendencia de su contenido y a la importancia de su publicación en un país, España, que no ha conmemorado el recuerdo del Holocausto hasta sesenta años después de la liberación de los campos. El embajador contó además un dato curioso, que parece muy significativo: y es que aún no ha sido traducido al hebreo, cosa que al parecer está a punto de remediarse.
 
Como no hubo coloquio, no pude preguntar al autor si, como ocurrió con la edición francesa de Gallimard (1991), también ha pedido a la traductora española que evitara la palabra "exterminio", que los traductores franceses, Marie-France de Paloméra y André Charpentier, sustituyeron por algo así como "operaciones móviles de matanza" y "campos de matanza".
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