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PROHIBIDO MEZCLAR CHURRAS FICTICIAS CON MERINAS FACTUALES

Arcadi Espada, I Premio Alan Sokal

Una de las películas favoritas de Arcadi Espada debe de ser Doce hombres sin piedad, que en su versión española empezaba con la tronante advertencia epistemológica-moral de un juez al jurado encargado de dictaminar la verdad de un juicio.

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Decía el señor juez:

Han oído ustedes a los testigos, les he leído y han escuchado los artículos de la ley que se aplican en estos casos. Ahora tienen el deber de formarse una opinión, tratando de separar los hechos de las hipótesis. Un hombre ha muerto, la vida de otro está en juego. Yo les invito a deliberar entre ustedes con honestidad y sin escrúpulos. Y si encuentran una duda de la culpabilidad del acusado, una duda razonable, deben dar un veredicto de no culpabilidad.

Espada está empeñado desde hace tiempo en una defensa de la verdad y la veracidad en el periodismo. Y se ha labrado la fama de ser un tipo sin piedad a la hora de denunciar lo que le parecen tropelías y frivolidades contra el rigor y la decencia periodística. Lo que se concreta en dos actitudes: la claridad en las palabras y el respeto a los hechos. Frases cortas para designar cosas relevantes que suceden. Todo ello envuelto en un humor sarcástico y corajudo.

No todos están por la labor. Hay una tendencia que se muestra más relajada hacia el compromiso ontológico del periodismo. Para los defensores de esta posición, entre escéptica y relativista, conceptos como los de realidad o verdad van necesariamente en cursivas. Su santo patrón es el sofista Gorgias, el de

Nada existe; si existe, no puede ser conocido; y si puede ser conocido, no puede ser comunicado.

En boca castiza: "Todo depende del color del cristal con que se mire".

Para esta última posición, la realidad-en-sí se difumina. Solo caben las ficciones porque ninguna representación tiene una relación privilegiada con los hechos. Y no se trata por tanto de tratar de separar la verdad de lo que no lo es, sino de establecer la utilidad o no de las diversas ficciones para la vida. Que algo sea verdad o mentira (perdón: verdad o mentira) da igual. Lo que importa es si hace daño a alguien, si resulta encomiable o perturbador, si nos favorece o nos perjudica... Una frase como "Yo nunca he fumado" ha de calificarse como verdadera no si se ajusta a la realidad, sino si su utilización en un contexto determinado resulta más o menos ilustradora, sugerente, humorística, etc. Recuerden a George Bernard Shaw: "Cuando bromeo digo la verdad. Aún sigue siendo la mayor diversión de la tierra".

En la última semana, el novelista Javier Cercas defendió al filólogo Francisco Rico cuando este fue pillado en una mentirijilla precisamente al escribir, en un artículo demoledor contra la Ley del Tabaco, que él no había fumado en su vida. Rico, de la secta de los ficcionalistas-instrumentalistas, usó dicha frase como un recurso estilístico, como una graciosa chulería. Sin embargo, lectores de la tribu veritativa-referencialista, al enterarse de que era un engaño, protestaron vivamente ante la Defensora del Lector: cuando compran El País, algunos pretenden que el periódico se tome a sí mismo en serio y distinga claramente la información de las bromas masturbatorias.

Sin embargo, Cercas quitó la razón a estos lectores tan intransigentes con la verdad en una columna en la que escribía:

El mejor lugar donde asediar la verdad factual del presente es el periódico. ¿Quiere esto decir que hay que exigir que todo lo que se cuenta en el periódico responde a la verdad de los hechos? A mi juicio, no... Para la defensora del lector, que tomó cartas en el asunto, "lo que se plantea en este caso es hasta qué punto es lícito recurrir a una mentira para defender una verdad". Discrepo: lo que se plantea en este caso es hasta qué punto es lícito gastar una broma en un periódico.

Así que Cercas se partía de risa con la forma en que Rico se la había metido doblada a los lectores. Y además comparaba a los que todavía se toman en serio esa cosa pequeñoburguesa, reaccionaria y de derechas de la verdad (o la objetividad, o la neutralidad) con Adolf Hitler. A Arcadi Espada, entonces, se le hizo la boca agua justiciera: "Pensé que merecía una lección y que iba a dársela".

Arcadi Espada.Todo adquirió el aire de un sainete entre esperpéntico, absurdo y suavemente hilarante, al estilo de Friedrich Dürrenmatt, del que Espada podría ser uno de sus personajes y exclamar: "¡Qué tiempos estos en los que hay que luchar por lo que es evidente!". Nuestro clérigo, en el sentido bendano, va y le gasta una broma cercasiana a Cercas al  informar de que habían detenido al novelista en una redada policial contra la prostitución. La metáfora sobre la mentira de las mentiras fue tomada por muchos como una verdad y se armó el escándalo.

Es cierto que el artículo de Espada se puede considerar una calumnia. Y sería interesante que Cercas, ya que no se atreverá a retarle a un duelo de floretes al amanecer como si fueran caballeros, lo plantease ante un tribunal. Estoy seguro de que a Espada le encantaría ejercer de anti-Flaubert. Pero a mi modo de ver hay un par de detalles que salvan a Espada de la acusación de querer eliminar moscones a cañonazos: el haber hecho de Cercas un putero y no, por ejemplo, un pederasta y la referencia en su artículo a Intereconomía.

Es entrañable que haya usado Espada esta precisa mentira, la de la afición a las hetairas por parte del novelista, porque el mismo Cercas había jugueteado con la mentirijilla (¿o no?) de ser un golferas en sus escritos. Pero, sobre todo, porque en el mismo artículo de Espada está la clave para desentrañar, a un par de golpes de click de ratón, que se trata de una fenomenal broma. La alusión a Intereconomía es lo que saca al artículo de su propio ensimismamiento y permite averiguar en el mundo si lo que dice Espada es cierto o no. Al ofrecernos una fuente comprobable que nos haría ver la falsedad de lo que afirma, Espada nos está indicando la solución al enigma planteado.

La culpa de todo la tiene Mario Vargas Llosa y su sonsonete sobre "la verdad de las mentiras", identificando las invenciones literarias con presuntos engaños que incorporarían paradójicamente una verdad poética, moral y política más elevada, claro, que la pobre y puritana verdad de los hechos. Pero en la literatura no hay mentiras, ni engaños ni verdades, porque su reino no es de este mundo, estimado don Mario. A diferencia del periodismo, que es, ay, en su mejor versión, prosaico y estilizado como un manual de mecánica cuántica. Una oración es verdadera o falsa dependiendo en parte de su significado y en parte de cómo sea el mundo, este mundo, nuestro mundo, en el que conviven, mal que bien, Arcadi Espada con Javier Cercas pero no Anna Karenina con el doctor Frankenstein.

En el ámbito cinematográfico, el último que ha tratado de pasar una ficción como algo verdadero para echarse unas risas a costa del personal ha sido Joaquin Phoenix. El extraordinario actor norteamericano montó una estafa simulando que abandonaba el cine y se convertía en un rapero barbudo, lo que le daba pie a tomar el pelo a todo aquel que se le ponía por delante, mientras su amigo, el también actor Casey Affleck, grababa, suponemos que también muerto de la risa.

Estos experimentos de adolescentes con ínfulas de genio se denominan en inglés mockumentary, para distinguirlos de los documentales no bastardeados, los que tienen pedigrí. En el documental sucede como en el periodismo: aunque el envoltorio pueda tener cualidades artísticas, el núcleo debe ser de duro realismo. El mockumentary, por el contrario, es purita invención. Como también lo son los híbridos de ficción y realidad que hacen de la confusión epistemológica y la ambigüedad moral banderas para propagar mentiras interesadas y chapuzas facilonas. Porque los ataques contra la verdad vienen dados, no nos dejemos engañar también en esto, no por una presunta complejidad filosófica de los falsarios, sino porque dar con ella es duro, dificil y duele.

El problema es que ni Phoenix ni Affleck informaron al respetable de que se trataba de una broma, lo que automáticamente transformó la cosa en un timo. Lo decisivo, como en el caso del físico realista Alan Sokal contra la revista postmoderna Social Text, es que los impostores intelectuales sean puestos en evidencia en público. Por todo ello, y a la espera de que le den el González Ruano y el Ortega y Gasset por su artículo desenmascarador, desde esta humilde columna otorgamos a Arcadi Espada –que justo antes de que volviera a cercar a Cercas hablaba de lo mismo, no mezclar churras ficticias con merinas factuales, en LD Libros– el I Premio Alan Sokal, no por ficticio menos importante.

 

Pinche aquí para acceder al blog de SANTIAGO NAVAJAS.

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