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PANORÁMICAS

Babel, o la confusión demagógica y sensiblera

Dos tópicos dominan la imaginación posmoderna de la pseudocultura de divulgación científica: que el aleteo de una mariposa en Kuala Lumpur puede provocar un maremoto en Nueva York y que sólo hay seis grados de separación social entre todos y cada uno de los habitantes del planeta. Los mexicanos Alejandro González Iñárritu y Guillermo Arriaga se han convertido en los exponentes más famosos de ese irrealismo sensacionalista que, a través de historias cruzadas trata de convertir, ambos supuestos fenómenos en símbolos de una época (nada menos).

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Comenzaron con Amores perros, sórdidas y rocambolescas historietas del México profundo. Más tarde, ya en EEUU, introdujeron dosis de efectismo ingenioso en unas tramposas vidas cruzadas que terminaban con el pesaje del alma humana, 21 gramos aproximadamente. A partir de ahí han crecido en pretenciosidad metafórica e hipertrofia fílmica.
 
Babel es un puro artificio grandilocuente. El título hace referencia a la confusión de las lenguas, que, como una maldición, incomunica a los seres humanos. Pertenece al acervo cultural occidental la búsqueda de una lengua perfecta y universal, tras la debacle bíblica de la Torre. Escribía Rimbaud:
Por lo demás, como toda palabra es idea, ¡el tiempo de un lenguaje universal vendrá! (...) Este lenguaje será del alma por el alma, resumiéndolo todo, perfumes, sonidos, colores, pensamiento que se aferra al pensamiento...
La película de los mexicanos trata de establecer el estado de la cuestión de los problemas de comunicación en un mundo globalizado, caracterizado por el exceso de información pero, desde su punto de vista, falto de conocimiento auténtico. Como muestra, cuatro botones: una pareja americana (Brad Pitt y Cate Blanchett) viajan al desierto marroquí como terapia matrimonial, pero una bala se cruza en su camino; en Japón, una adolescente sordomuda (Rinko Kikuchi) es asaltada por el furor de sus hormonas y el peso del recuerdo de la muerte de su madre, ante la mirada impotente de su padre, que le regaló hace poco un fusil a su guía africano. Mientras, la rubia descendencia de la pareja americana es llevada por su niñera, una inmigrante ilegal (Adriana Barraza), hacia una boda tópicamente mexicana. Volvamos a Marruecos: una familia de cabreros beréberes habrá de sortear marejadas incestuosas y ráfagas de disparos policiales.
 
Se vanagloriaba Luis Buñuel en sus memorias de que a los cinco minutos de comenzar una película made in Hollywood ya sabía el nudo y el desenlace. El lector de esta crónica, habituado a los usos y abusos chauvinistas del cine americano, puede adivinar qué familia de las citadas gozará del correspondiente happy end.
 
Cate Blanchett y Brad Pitt.En las dos horas largas de metraje, González Iñárritu y Arriaga se desentienden de sus personajes (aunque Cate Blanchett y Adriana Barraza cumplen extraordinariamente), a los que arbitrariamente torturan física y psicológicamente, para centrarse en las conexiones metafísicas que los dos aprendices de taumaturgo establecen a través de la red económica y social de la globalización. Enredados por la alienación y la violencia, la metáfora de la incomunicación se construye a ritmo de videoclip de la MTV: cámara nerviosa, montaje entrecortado, fotografía de paisajes anaranjados y azulados.
 
Populistas y sensibleros, puro chill out cinematográfico, la pareja mexicana abunda en los clichés moralistas y el formalismo a la moda, no por ello menos rancio: el silencio que envuelve a la sordomuda en el estruendo de la discoteca, la muchedumbre que cruza las calles simulando hormigueros, el egoísmo de los turistas occidentales y accidentales, la brutalidad de la policía, el romanticismo de detritus, el guitarreo ampuloso con el que Santaolalla envuelve el film...
 
Arrojando por la borda cualquier condicionante de verosimilitud, la estrategia fílmica consiste en aturdir al espectador con truculencias que explotan sin venir a cuento y chantajearlo con emociones a flor de piel, para de esta forma aceptar sin cuestionar el sinsentido de un Destino escondido bajo la piel de cordero del azar.
 
El caso es: ¿se puede realizar una película sobre la vulgaridad sin ser vulgar? Leni Riefensthal mostró, en su documental sobre un congreso nazi, que es posible ser ideológicamente repugnante y soberbia cinematográficamente. La ecuación mexicana sólo iguala una de las partes de la realizadora alemana. Moralmente oportunista, en la explotación de la buena conciencia a través de una falsa complicidad con los sufrientes del mundo, se zambulle de cabeza en las arritmias de una puesta en escena visualmente complaciente y narrativamente desastrosa. Se puede rodar una película sobre el parloteo universal sin caer en el parloteo cinematográfico. Pero no es el caso.
 
Melodrama demagógico de anécdotas elevadas a categorías, González y Arriaga consiguen dar a sus historietas maximalistas un toque estruendoso y de cine de auteur, con pretensiones políticas y sociológicas, que les valió la Palma de Oro al mejor director y el premio del Jurado Ecuménico en el Festival de Cannes. Es una de las grandes candidatas a los Globos de Oro y a los Óscar.
 
 
BABEL (EEUU, 146 minutos). Dirección: Alejandro González Iñárritu. Guión: Guillermo Arriaga. Música. Gustavo Santaolalla. Fotografía: Rodrigo Prieto. Intérpretes: Brad Pitt, Cate Blanchett, Gael García Bernal, Koji Yakusho, Elle Fanning, Rinko Kikuchi, Adriana Barraza, Said Tarchani, Boubker Ait El Caid. Calificación: Demagógica (5/10).
 
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