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PANORÁMICAS

Carlos, el terrorista chacal

Sus padres le pusieron Íich en loor de Lenin. Hay amores que matan y honores que resultan una maldición. Él se renominó Carlos para su actividad terrorista, en homenaje a su compatriota Carlos Andrés Pérez, por las nacionalizaciones que emprendió y por su política de amistad con la Cuba castrista y de enemistad con el bloque imperialista (las democracias liberales, especialmente EEUU). Posteriormente, la prensa lo rebautizó como Chacal, por un paralelismo casual con la novela de Frederick Forsyth.

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En el Festival de Cannes de este año, el director francés Oliver Assayas presentó el biopic que ha realizado sobre el terrorista más mediático –hasta la aparición de Osama Bin Laden– en su versión para televisión, de cinco horas. Se hará una versión más corta para las salas cinematográficas, que intuyo será más llevadera; y no porque la producción no esté bien relatada y no tenga brío y fuerza, sino porque los terroristas, hipertrofiados de ideología barata y alcohol caro, suelen ser planos y aburridos, de grandes palabras e ideas cortas.

Miembro del FPLP (Frente Popular para la Liberación de Palestina), Carlos intentó asesinar al dueño de Marks & Spencer. A continuación, empezó a trepar en la jerarquía terrorista y lideró una toma de rehenes del Ejército Rojo Japonés en La Haya, proporcionó armas a las Células Revolucionarias Alemanas y se escabulló de una detención en París matando a tres policías. Llegó a lo más alto perpetrando un espectacular secuestro de los ministros de la OPEP en Viena, a finales de diciembre de 1975. Bloqueado en Argel en el avión que utilizó para huir de la capital austriaca, prefirió el dinero que le ofrecía Arabia Saudí porque se consideraba un soldado y no un mártir, aunque sus compañeros lo vieron más bien como un mercenario y, en consecuencia, lo expulsaron del FPLP.

Su carrera de estrella mediática del terror va de Berlín Este a Siria, pasando –no sólo– por Bagdad, Budapest, Bucarest o Libia y terminando en Sudán, donde es detenido... y juzgado en Francia: su defensa correrá a cargo de un viejo conocido, el abogado de pobres diablos y demás rebeldes sin causa Jacques Vergès.

Assayas se ha situado a una distancia intermedia entre el ensayo político del Munich de Steven Spielberg –la cuestión de la violencia política, el sionismo y el antisemitismo, la relación entre el individuo y la comunidad, los derechos individuales y los derechos colectivos– y la recreación fiel que en la serie de la BBC Life on Mars hicieron de los años setenta en Gran Bretaña. El problema reside –como también le sucediera a Uli Edel con RAF. Facción del Ejército Rojo (2008)– en que el material de partida: los terroristas habituales, ese hatajo de analfabetos políticos que se creen una mezcla de Maquiavelo y Raskolnikov, no da para mucho, y a la quinta vez que les oyes pontificar sobre el imperialismo yanqui o las costumbres pequeñoburguesas te dan ganas de irte al Corte Inglés a comprarte un pijama de Calvin Klein, al Burger King a zamparte una XXL y a misa de doce en Los Jerónimos, y si es que oficia Rouco Valera.

Olivier Assayas.En la película de Edel, el jefe de los servicios secretos alemanes, interpretado por Bruno Ganz, se pregunta retóricamente qué lleva a alguien a convertirse en terrorista, en un criminal político. Y se responde, enfáticamente: "El mito". Sin duda, se da en el terrorista habitual una inflación ideológica,que le hace vivir en una burbuja mitológica, siendo así que la mistificación de una causa le hace inmune a cualquier enfrentamiento con los hechos. Assayas va más allá y nos muestra con rigor pero sin innecesarios subrayados la banalidad del mal de un tipo que, si no fuera trágico, por el reguero de víctimas que ha dejado (aunque era tan inútil que fueron muchos más sus fracasos que sus triunfos), parecería salido del caletre de Ibáñez, el de Mortadelo y Filemón.

Carlos, terrorista arquetípico, se declara neomarxista, propalestino y defensor de los oprimidos. Lector escaso y fanático como Don Quijote, Carlos no es, en el fondo, más que una marioneta de Los condenados de la tierra de Franz Fanon, el teórico de la violencia tercermundista. Como sus correligionarios de la Baader Meinhof, resulta ser un resultadista de la política: lo más importante sería la acción en detrimento de las ideas y las palabras. El terrorista ama a la Humanidad (su mente minúscula adora las mayúsculas), aunque es implacable con los humanos, con los seres de carne y hueso. Y ya sabemos que estos personajes, tan superficiales como burbujeantes, atraen a los intelectuales y a los medios de comunicación de masas. Lo reveló, ay, Antonio Machado en su "Oda a Líster":

Si mi pluma valiera tu pistola.

Afortunadamente, Assayas no ha puesto su cámara al servicio de las pistolas de Carlos, y su retrato del terrorista estrellado causa entre indiferencia y repulsión: machista y codicioso, putero y violento borrachín, tenía la frialdad del psicópata y atraía como un rockero, siempre rodeado de una serie de groupies adictas a las emociones fuertes y el sexo fácil, a la adrenalina mezclada con testosterona. Entre atentando en Berlín y estancia con todos los gastos pagados en Siria, Trípoli o Bagdad (desde El honor de los Prizzi no veía tantos planos de aviones yendo y viniendo), su vida refleja a la perfección lo que Ignacio Vidal-Foch retrató en Turistas del ideal. En este caso, Asesinos del Ideal.

A pesar de que el actor Edgar Ramírez es mucho más atractivo que el gordito y feúcho original, a Carlos no le ha hecho gracia esta película, basada en sus acciones terroristas, y ha interpuesto una demanda por unos millocenjos de euros. El camarada querrá seguir financiando a Hamás...

Ílich-Carlos-Chacal fue un Don Quijote contemporáneo. Del mismo modo que Cervantes, Assayas se muestra implacablemente escéptico y, tras la máscara de Carlos, caballero andante, guerrillero romántico, terrorista sanguinario, nos muestra a Ílich Ramírez Sánchez, un pobre diablo que hizo del asesinato una forma de vida y fue convertido en leyenda por obra y gracia de unos medios de comunicación instalados en la vedetofilia más patética.

Ahora mismo, Ílich se está pudriendo en una cárcel francesa, donde purga una condena a cadena perpetua. Enseguida, el mito de Carlos empezará a descomponerse en las pantallas de LCD y en las de cine.

 

CARLOS (Francia-Alemania, 2010, 333 minutos). Dirección y guión: Oliver Assayas.Calificación: 7 y Potente.

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