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RECUERDOS SUELTOS

Cómo conocí a Paul Diel

No un conocimiento personal, claro, solo literario. Según conté en otro de estos recuerdos sueltos, "Un hombre de mundo", a finales de diciembre de 1966 salí de París y un profesor francés que iba a pasar unos días en Andalucía nos recogió en su coche a mí y a un par de canadienses.

Fue un viaje entretenido, y, como yo iba casi sin dinero, a veces me pagaron alguna cena o el albergue, aunque en Toledo y algún otro lugar pude sacar algunas pesetas pintando en el pavimento la sirenita de Copenhague. Dentro de España paramos en Pamplona, Toledo y Córdoba. Buscando un restaurante típico y barato, en el que fue barrio judío de Córdoba vimos uno que exponía a la puerta la carta en inglés y francés. Eso no era frecuente todavía, y uno de los canadienses comentó: "Right away I feel suspicious", suponiendo que en el lugar clavarían a los turistas. Los retretes de los baños solían ser de esos cuadrados a ras del suelo con un agujero en el centro, lo que les sorprendía mucho. "Son más sanos", les informé, "se hace fuerza con más naturalidad". Pero no estaban convencidos: "Too fucking healthy. A mí me gusta sentarme, leer el periódico, ver la televisión...".

Pasamos unos días en una Marbella ya muy turística, aunque se parecía poco, salvo en el casco viejo, a la actual. Los canadienses pensaban visitar Marruecos, y por un momento se me ocurrió hacerlo también, pero la realidad de mi precariedad financiera se impuso: en tal circunstancia, uno siempre se apaña mejor en su propio país.

En el albergue juvenil de Marbella, donde nos hospedábamos, había otros franceses, y a veces, en alguna taberna, se formaban discusiones ruidosas sobre cualquier asunto. Un francés alto, corpulento e hirsuto, de cabeza grande y aire bohemio, hablaba con mucha pasión. "¿Qué es el arte?", rugía. Y daba en su idioma rápidas y complicadas explicaciones que yo entendía a medias. Otros le contradecían y se armaba un ameno guirigay, mientras los camareros miraban con desconfianza al grupo.

Los canadienses eran seguidores de Ayn Rand. Yo conocía el nombre de una novela de la colección Reno, creo, Los que vivimos, que me había gustado sin entusiasmarme. Pero Rand tenía también, me dijeron, una teoría filosófica más general.
–¿Y qué dice?
–En resumen, que el individuo es lo que cuenta, y cada uno ha de valerse por sí mismo. Si yo lograse conquistar el mundo, o todo el dinero del mundo, no tendría por qué ceder un ápice ni un dólar en función de un falso interés general.
Lógicamente, no son estas las palabras exactas, pero viene a ser lo que me pareció comprender entonces. Por otra parte, los muchachos resultaron algo inconsecuentes, pues me habían dado alguna ayuda a lo largo del viaje. La filosofía de Ayn Rand no me convenció. Además, yo creía que se trataba de un hombre, pero, me aclararon, era una mujer.
–¡Raro que una mujer diga esas cosas!
–Sí, no te lo esperas, realmente, pero desde luego tiene razón.
Una noche el francés hirsuto y apasionado volvió al albergue, olvidando un libro sobre la mesa de la tasca: Le symbolisme dans la mythologie grecque, editado en la Petite Bibliothèque Payot. Diel era un psicoanalista austríaco que había trabajado sobre todo en Francia y escrito en francés. Guardé el libro, pensando devolvérselo al día siguiente, pero no lo hice, no recuerdo ahora por qué. Quizá se fue del albergue por la mañana temprano y yo desperté tarde, cuando ya se había ido, o cosa por el estilo. Por tanto, me lo quedé y empecé a leerlo.

Yo no tenía ni idea del psicoanálisis, y los rollos que nos había soltado el argentino del local parisino de la Rue de la Pompe, de quien ya hablé, no me habían aclarado ni interesado mayormente. Pero el libro de Diel sí me llamó la atención enseguida. Su ex propietario había escrito a mano en él algunas reflexiones, que no me parece que hilaran mucho con el contenido de la obra. Esta consistía en interpretaciones de diversos mitos griegos y de la naturaleza del mito en general, y aunque exageraría bastante si dijera que la entendí bien, me pareció enormemente sugestiva, uno de esos libros que me reservaba para leer y estudiar con detenimiento... lo que nunca cumplía luego. Por mala suerte, terminé perdiéndolo.

También yo me fui pronto de Marbella. Los canadienses habían marchado antes, y me despedí del amable profesor de Lila. Como dije, yo tenía un gran abrigo de excelente paño, donativo de la Rue de la Pompe con motivo de la Nochebuena, y él me sugirió que, si se lo cedía por poco dinero, le vendría muy bien, arreglándolo para que correspondiese a su estatura, que era como la mía. Vacilé, pero, aparte de su peso sobre la mochila, no lo necesitaba en las tierras más cálidas de la península, y el profesor me había traído en su automóvil cuando yo esperaba pasar una noche arrebujado en la prenda bajo la nieve, en el norte de Francia. De modo que se lo regalé, y con las mismas me puse en la carretera a hacer dedo, camino de Sevilla y de Lisboa.

Freud.Olvidé en buena medida a Paul Diel, y más tarde leí bastante a Freud, cuya coherencia intelectual me atraía mucho; podría decir de él, entonces, lo mismo que Stefan Zweig: "Fanático de la verdad, pero también consciente de la limitación de toda verdad". "Firme, moralmente imperturbable (...) En él se me ofrecía, por fin, un hombre de ciencia tal cual un joven podía imaginar como modelo". Zweig era demasiado entusiasta o ingenuo, y más tarde Freud sería acusado de inconsecuencias y falsificaciones, injustamente, me parece. Él descubrió un territorio de la psique poco explorado hasta entonces, aunque supongo que lo cartografió mal. Podríamos decir que encontró en el sexo lo que Marx había hallado en el estómago, en "el ávido y funesto vientre" causante de la inquietud humana, como decía Homero: la clave de la actividad del hombre, del sentido de su vida, en definitiva, hasta entonces disimulado o encubierto por la ideología, según Marx, por las convenciones del super-yo neurotizante, según Freud.

Ambas versiones centran la explicación del hombre en el elemento animal, del cual serían, en definitiva, reflejos peculiares y distorsionados los rasgos característicos de lo humano, como la moral, el arte, la ciencia, la religión, etc. Con otras formas y teorías, esa explicación, con su apariencia científica, sigue predominando hoy.

Freud se puso muy de moda por aquellos años, precisamente en combinación con el marxismo, pero recuerdo cómo una chica comunista confesaba: "Cuanto más leía a Freud, más neura me ponía. Dejé de leerle y me siento mucho mejor". Era una experiencia bastante generalizada aunque menos reconocida.

Paul Diel, cuando volví a leerlo, me pareció mucho más real y profundo; su análisis del deseo y sus contradicciones, mucho más amplio y comprensivo. El superyó es concebido como supraconsciente y, lejos de ser un elemento neurotizante y convencional, encargado de reprimir los deseos, resulta lo más específicamente humano, la inspiración misteriosa –religiosa en gran medida– que permite al hombre moverse en la selva de la realidad y de sus deseos sin ser desgarrado por ellos: por la neurosis o nerviosidad, pero también por su contraria, la trivialización, la bajeza de la vida, otra deformación psíquica no vislumbrada por Freud.

La trivialización resulta, en definitiva, la desembocadura de las teorías de Marx y Freud, al identificar la ideología o el superyó como obstáculos a la realización de los deseos elementales del ser humano. Freud creía ese obstáculo necesario para no convertir la vida social en una pelea de todos contra todos, pero, gracias a Marx, esa interpretación conservadora o burguesa podía ser superada revolucionariamente.

No puedo presumir de haber asimilado del todo a Diel, pero creo que proporciona unos elementos muy interesantes para entender la realidad. Algún día lo estudiaré a fondo, posiblemente. Teniendo en cuenta lo desconocido que en general sigue siendo, solo puedo alegrarme del azar que me permitió descubrirlo. La vida está llena de esos azares, no siempre buenos, desde luego.


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